EL MUNDO ES ESCASO Y AJENO

Secciones Especiales

Escribe Pedro Domínguez
La mente humana desde siempre indagó las fronteras y los espacios comunes, los márgenes que unen y separan lo divino, lo humano y lo animal. Mientras los dioses descansan impertérritos en sus Olimpos y los animales se bastan sin resto dentro de su animalidad, el hombre, inquieto e inseguro, no ha dejado de construir puentes y estrategias que permiten el tránsito libre y multidireccional dentro del universo que comparte con ellos. Abundan los ejemplos desde las cavernas hasta nuestros días: los dioses zoomorfos que asoman en la plástica más primigenia, el zorro y sus compadres de la fábula esópica, los inquilinos de los bestiarios medievales, el cordero de Dios y Lassie, el hombre lobo y Zeus que se convierte en toro para raptar a Europa, el mono de Darwin y las vacas sagradas de Calcuta... La imaginación del hombre necesita todo este travestismo -y mucho más- para asegurarse, aunque sea precariamente, su vacilante lugar dentro de la creación y aun dentro de su propio orden, la sociedad humana.
Cada época histórica ha encontrado sus metáforas ajustadas. En las bases de la modernidad se sitúa como un pilar fundamental la obra de Thomas Hobbes. El filósofo inglés reflexiona sobre un antiguo adagio romano que condensa aquella condición humana intermedia y precaria a la que nos referimos: «homo homini aut deus aut lupus», «el hombre es al hombre o dios o lobo». Como su pesimismo racionalista niega la posibilidad de los dioses, para el hombre hobbesiano no queda más remedio que ser el lobo del hombre. Esta metáfora de competidores egoistas y carniceros es la base de la antropología de la modernidad. Para evitar la consecuente autodestrucción de la sociedad humana, concluye Hobbes, es necesario un monstruo más poderoso al que llama Leviathan, para que mantenga los lobos a raya y los obligue a actuar con racionalidad social. La necesidad racional del superpoder ha brindado su justificación a todos los totalitarismos que han asolado los tiempos modernos. En la Argentina del incipiente milenio, Pablo Suárez es un artista que ha retomado el antiquísimo tema de la condición humana tan precaria y ha esculpido nuevas metáforas para una sociedad marginal y manoseada por tantos Leviathanes, de adentro y de afuera, que le han querido imponer cordura y racionalidad y no han hecho más que estrechar sus cada vez más pobres márgenes de futuro. De los feroces lobos competidores que imaginaba Hobbes, en esta sociedad cada vez van quedando menos. Domesticados y prisioneros yacen en sus jaulas mordisqueando huesos pelados que sus amos les tiran, como de burla. Y aun los privilegiados que preservan la cínica ilusión de seguir siendo venenosos depredadores, deben conformar su voracidad con espectaculares sucedáneos virtuales de presas, como las serpientes que modela el artista. Sin embargo las más de las veces los argentinos metafóricos de Suárez conservan su semblante humano. Pero lejísimos de acercarse a lo divino, estos menesterosos hombrecitos -víctimas, trofeos, presas de la mano invisible- patalean a diario para no deslizarse a la animalidad y se desloman para no caerse del mundo que se les desbarranca.
Hay escasísimo margen para conservar la dignidad en un escenario cada vez más estrecho y ajeno. La víctima trata de salvarse exhibiendo patéticos números circenses. Despojada, desnutrida y desnuda, hace de hombre pájaro volando parado en una pata, hace de funambulista sobre el escasísimo filo de una guillotina que lo mutila inexorablemente, hace de monumento a su propia humillación, hace que escapa por donde sabe y se sabe que no hay escapatoria, hace de ingrediente para colmar la voracidad de quién sabe quién, hace de cucaracha, y no porque sea cucaracha, sino porque desesperadamente se arrastra hasta por las paredes para evitar la degradación postrera, el destino zoomorfótico del desdichado Samsa en el cuento de Kafka, el de convertirse realmente en alimaña.
Más allá del humor, negro y melancólico, que impregna la obra, resta la desnudez de los cuerpos que no resignan en ningún momento la condición humana, aun en las circunstancias más humillantes, restan esos ojos abiertos que suplican compasión, que esperan con obstinación y a pesar de todo, el turno de la esperanza (no sólo en «Cabeza dura»).
En el medio de este escenario tremendo de carnes masculinas expuestas, hay una figura femenina ensimismada, recoleta, en tránsito al fitomorfismo, color verde esperanza («Retrato topiario de Malenka en el parque»). Debe significar algo bueno, algo así como un escaso margen de fe.

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