El paraíso es costoso

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«La Polinesia francesa, donde nací, es uno de los lugares más bellos del mundo. Son 118 suntuosas islas repartidas en 5 archipiélagos cuya superficie es tan grande como Europa. Son islas de arena blanca y aguas turquesa. Es un paraíso, como lo han mostrado novelas, crónicas, cuadros, películas y series de televisión que la mostraron como las islas del amor, pero tiene su precio. El nivel de vida es semejante al de Japón y de Alemania. Recomiendo mi tierra por su clima, por su gente, pero desde aquí es lejos y visitarla es costoso. Para la economía de los sudamericanos, salvo los que tienen un muy buen pasar, es una visita realmente onerosa. Todo tiene allí, si se busca un buen nivel, un lujo muy selectivo.
Tahití es la isla más grande y su capital es Papeete, mi ciudad, una ciudad activa, que recuerda el glamour de Córcega o de las ciudades de la Costa Azul. Y Bora Bora es la más bella del Pacífico. Sus arrecifes de coral, sus lagos con rayas manta y peces juguetones, la generosidad y liberalidad de su gente, son inolvidables. El Paraguay es apacible, pero Polinesia lo es muchísimo más. Yo cuando me retire voy a volver a vivir en la Polinesia», explica la tahitiana Jenny Sue.
Hay quienes sostienen que la moda de los tatuajes comenzó en quienes se los hacían grabar en su piel para mostrar que habían estado en la Polinesia; la verdad es que eso resulta por lo menos más barato que otros souvenirs, como las joyas de jade o las perlas negras cultivadas en las granjas de las Tamotu. Claro, siempre quedan los pareos, los collares de caracoles y las artesanías en madera. «Lo mejor que se puede traer son buenos recuerdos, el de los paisajes, el de una danza que sigue los ritmos de los ukeleles, el de haber estado en la casa donde vivió Gauguin», sostiene Jenny Sue.

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