''Esas chicas atrajeron más que príncipes y estrellas''

Secciones Especiales

Escribe Máximo Soto

Una mañana, el orfebre Juan Carlos Pallarols, al llegar a su taller-museo del barrio de San Telmo, se vio acosado por las cámaras y los micrófonos de una veintena de periodistas de televisión y radio. Sonrió. A media noche lo habían despertado por el mismo tema, así que se acercó diciendo:
-No sé nada. No sé nada. Ni siquiera sabía que habían estado conmigo.
Tres meses después se divierte recordando aquel suceso.
-No tuve una movilización periodística semejante cuando vinieron a mi casa la princesa Máxima con el príncipe Guillermo Alejandro de Orange, o el rey Juan Carlos I con la reina Sofía, o Antonio Banderas buscando una rosa para Melanie Griffith, o Jane Fonda con Ted Turner, o Joan Manuel Serrat, mi amigo de siempre. Yo creo que lo que pasó tiene que ver con que ya ni sabemos quiénes vienen como turistas de tantos que llegan.
Y mientras Pallarols muestra la bandera de Cataluña que le regaló Serrat, y se la autografió reiteradamente, recuerda:
«Un sábado me llama una guía turística que trabaja para un hotel cinco estrellas, a la que conozco de nombre: '¿Puedo hacer una visita a su taller museo mañana?'. 'Yo los domingos no atiendo, me voy al campo', le expliqué. Insistió: 'Es una familia de petroleros de Houston'. 'Está bien, si vienen a la mañana voy a estar'. La comitiva era de unas diez personas, entre las que había dos chicas que se presentaron como Barbara y Jenna. Jenna era la más preguntona. Los llevé a recorrer toda mi exposición y se fueron contentos, charlando entre ellos. Esa noche me llama un periodista desde Londres, y me pregunta: '¿Qué pasó con las hijas de Bush?'. '¿Qué dice?'. 'Hoy estuvieron en su casa y después a una le robaron la cartera y el celular'. Fui al libro de visitas y encontré: 'Sos muy simpático, Pallarols; Jenna Bush'. Ahí empecé a pensar que algunas de las mujeres y de los hombres que las acompañaban eran gente medio rara, que debían ser la custodia».

En el circuito mAs exclusivo
El renombre internacional de Juan Carlos Pallarols, considerado el orfebre de reyes y príncipes, y uno de los mejores del mundo, ha hecho que su museo-taller haya entrado en los más jerarquizados y exclusivos «circuitos turísticos». La visita al taller del «master silversmith» Pallarols permite observar bastones de mando presidenciales, obras religiosas, las famosas rosas de plata creadas especialmente para iconos de belleza y feminidad como Lady Di o la princesa Máxima Zorreguieta. Allí se realiza platería criolla, colonial, gauchesca, civil, religiosa y las artesanías más diversas. Se ha dicho que sus obras captan las formas y los diseños de distintas escuelas, pero manteniendo las cualidades esenciales de una artesanía ancestral. La duración estimada del tour es de 3 horas, con traslado en vehículo privado.
Una conversación con Pallarols puede pasar fácilmente de sus charlas sobre cuchilleros con Borges, al espejo que usaba el papa Juan Pablo II para afeitarse; de los cruces de Ernesto Sabato con Manuel Mujica Lainez en su local-taller de la Galería del Este, a los pedidos de Bill Clinton o Felipe González; del cáliz para el papa Benedicto XVI, a la simbología que esconde el bastón de mando de nuestros presidentes, desde el primero «que fue para reinaugurar la democracia, para Alfonsín».
Pallarols explica que es orfebre y platero tanto por placer, por gusto, como por tradición familiar. «Son 250 años de hacer esto. Si bien la historia de los Pallarols viene de Barcelona, la relación con la Argentina es directa y, a pesar de las idas y venidas, está muy ligada a nuestra historia. Mi tatarabuelo llegó por primera vez en 1804, y realizó sucesivos viajes. La tradición familiar era volver a Cataluña para casarse o tener los hijos allá. Pero en 1908, cuando viene mi abuelo, se arraiga y se queda para siempre. Cuando papá -que nació en Barcelona- se casa, en 1936, tiene la intención de volver a Barcelona, pero en España comienza la Guerra Civil, y para cuando concluye la Segunda Guerra Mundial, ya era un hombre casado, con ocho hijos argentinos y una situación económica cómoda y exitosa.»
«Lo importante de nuestra familia
-agrega de inmediato- no son las siete generaciones de hacer lo mismo, sino que no nos convertimos, como dice Serrat, en una factoría. Seguimos trabajando con las mismas herramientas. En algún momento nos tentaron para producir más y no mejor. Lo milagroso es que hemos permanecido 250 años en esta actividad pensando en la calidad, no en la cantidad, buscando mantener la poesía en nuestras obras. Acaso es eso lo que atrae aquí y en el mundo. Lo que haya hecho que turistas que me visitan se hayan convertido en coleccionistas de lo nuestro.»

Dejá tu comentario