Está de moda complicar la apreciación del vino

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Escribe Rodrigo Quiroga Schmit

El Diccionario de la Lengua Española define el verbo catar como la acción de «probar, gustar algo para examinar su sabor o sazón». Descripción tan simple como la del gran maestro Emile Peynaud, considerado el enólogo más destacado del siglo XX, quien escribió en su tratado «El gusto del vino», obra fundamental en la materia, que catar un vino «consiste en probar con atención un producto cuya calidad queremos apreciar; se trata de someterlo a nuestros sentidos y conocerlo buscando sus diferentes defectos y cualidades, con el fin de expresarlos; la cata es estudiar, describir, definir, juzgar y clasificar».
Sin embargo, la noble y tradicional cultura del vino y su cata, en particular, como forma de experimentación, son actualmente víctimas de un difundido afán del catador por describir sensaciones desconocidas, indescriptibles o incluso inexistentes, y se llega a situaciones tan ridículas como pretender explicar con palabras a un ciego de nacimiento lo que es el color amarillo.
Sucede que todavía el vino -Dios quiera que no perezca ahogado en la catarata de adjetivos que se le adjudican- está de moda y, por lo tanto, para aquellos que pretenden nutrir su alma únicamente de lo efímero, resulta indispensable hacerse pasar por conocedores en la materia, para quedar «comme il faut». Este tragicómico «guitarreo verbal» a menudo proviene en esta margen del Plata, de parte de esa amplia gama de público gourmet vernáculo -que va desde el bo-bo (bohemian & bourgeois) palermohollywoodense, hasta el tan mentado «winner pseudoyuppie» de Puerto Madero, (decimos pseudo ya que a menudo resultan «falsos
yuppies» por carecer de un pasado yuppie real).
El vino, o tal vez deberíamos decir la parte de él que aún se vinifica al estilo preglobalización, al igual que la gastronomía, constituye uno de los elementos propios que con mayor nitidez reflejan la identidad cultural de un pueblo y, por lo tanto, es sin duda muy saludable que, aun como consecuencia de la moda, miles de personas se vayan adentrando en su fascinante mundo y aprendan las características diferenciales de las distintas zonas, variedades, añadas, métodos de vinificación, o que se empiece a comprender ese atractivo cambio llamado comúnmente añejamiento, que consiste en la evolución con el correr del tiempo de la materia orgánica viviente dentro de la botella. El problema comienza cuando la exageración, o ya «el verso» propiamente dicho, producen confusión y posteriormente apagan la incipiente llama del magnífico interés por aprender los fundamentos elementales de la degustación de parte de los neófitos en la materia. El tema toma ribetes lamentables cuando gente ya curtida en el tema se ve obligada a escuchar en una reunión programada ad hoc a «enogurúes» hablar, por ejemplo, de aromas a «sotobosque» -como si todos los sotobosques tuvieran el mismo aroma-, o de «complejidades tan complejas» -valga la redundancia, que ni ellos mismos pueden describir, o que las propiedades sensoriales del vino se pueden disfrutar con los cinco sentidos, como si, por dar un ejemplo, al llenar tres copas con diferentes varietales se produjera alguna diferencia de sonido entre ellas, algo que seguramente no podría detectar ni el oído de la mujer biónica, ni la sensibilidad auditiva de Mozart.
Es decir, la antítesis de la expresión latina «in vino veritas». Un engaño que podría servir, por ejemplo, a un imaginativo charlatán para intentar seducir a una atractiva e ingenua veinteañera que observa durante la cena el descorche de una botella, cuyo contenido será objeto de una catarata de calificativos inventados de parte de nuestro enogalán, manifestados con convicción cuasi científica con el fin de -copas varias y deslumbramiento mediante- predisponer el ánimo de su interlocutora a mantener posteriormente una sesión de tono más íntimo.
A menudo se ven locuaces personajes que dan la impresión de usar aquel cotorreo descriptivo como una máscara de sofisticación a fin de ocultar el auténtico vacío cultural y mental provocado por miles de horas de dosis del denominado primetime televisivo, flagelo que, según los indicadores del todopoderoso rating, nos autoinfligimos un porcentaje aterrador de argentinos.
En definitiva, para lograr que la cultura enraizada en el encantador producto de la vid se siga difundiendo y prolongando a lo largo del tiempo en nuestra sociedad sería importante que se reduzca a su mínima expresión la agobiante verborragia con que nos bombardean algunos opinólogos.

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