Ir a Colima es entrar en ''el puro México''

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Escribe Javier Mazmorra de El Mundo

A medio camino entre Puerto Vallarta y Acapulco, el estado de Colima aparece como una cápsula del tiempo donde el desarrollo turístico permanece en suspenso gracias a una varita mágica que hubiera estado impidiendo con el tiempo cualquiera de los desatinos que se han producido en tantos otros rincones del Pacífico mexicano. Se puede llegar por carretera, desde Jalisco o Michoacán, pero lo más recomendable es subirse a un avión de hélices de la compañía Aeromar desde México DF y atravesar las últimas estribaciones de Sierra Madre para aterrizar 90 minutos más tarde frente a una playa de arena infinita y rodeado de un paisaje de marismas que parece inalterado desde hace miles de años.
El aeropuerto es minúsculo, como el estado, que apenas alcanza los cinco mil kilómetros cuadrados. Sin embargo, Colima podría ser definido como un México en miniatura y, de alguna forma, representa su esencia. No es casualidad que el novelista Juan Rulfo ambientara su «Pedro Páramo» en esta tierra que hay que recorrer escuchando corridos de José Alfredo Jiménez.
Se puede sentir la tentación de seguir hacia al Norte, por esa Playa de Oro que parece no tener fin, pero que se acaba 40 kilómetros más adelante, en la isla Navidad, en los límites con el estado de Jalisco. Dicen que es la última frontera, que allí se encuentra el hotel más lujoso del Pacífico mexicano, que algunos han hallado el nirvana en pequeñas comunidades como La Culebra o San Francisco, que están muy lejos del mundanal ruido, pero que quizás hay que reservar para El Ultimo Trago. Si es la primera vez, es mejor dirigirse hacia el Sur, hacia Manzanillo. Las marismas no tardan en dar paso a inmensos cocotales que protegen otros múltiples cultivos: plataneras, mangos, papayas, piñas y otras muchas frutas tropicales. Nos advierten: «Estamos en la misma latitud que Hawaii y producimos lo mismo que en esas islas, pero con mayor abundancia. Una cosecha de plátanos cada 28 días».
De repente, aparece una hermosa bahía. En realidad, son dos, divididas por la península de Santiago, donde se concentra la media docena de hoteles de cinco estrellas con que cuenta el resto del estado. El más antiguo es el Hotel de las Hadas, un proyecto de Antenor Patiño, un magnate boliviano que en 1960 decidió convertir este rincón del Pacífico en su pequeño paraíso, un lugar exclusivo donde reunir a sus amigos. Tuvo la suerte de encontrarse con el arquitecto José Luis Ezquerra, quien compartiría de inmediato su sueño. En muy poco tiempo, la península se llenaría de una arquitectura salida de un cuento de «Las Mil y una Noches»; torres en espiral que se dirigen al cielo, cúpulas moriscas y un zigzag de formas inmaculadamente blancas.
Su salto a la fama le llega cuando Blake Edwards decide ambientar a finales de los años 70 su película «10, La mujer perfecta» en el Hotel Las Hadas. Todo parecía preparado para que Manzanillo se convirtiera en la nueva Puerto Vallarta que surge a raíz de la película «La noche de la iguana», de John Huston quince años antes; pero las hadas debieron proteger el lugar a pesar de la enorme seducción de Bo Derek paseándose por la playa de la Audiencia frente a Dudley Moore, y nada cambió de forma dramática en la península de Santiago. Sólo algunos famosos compraron casa en la Punta, y 25 años más tarde, sigue atrayendo a un puñado de grandes estrellas y más de uno ha visto a Julia Roberts dirigirse a una de las casas oníricas de la Atalaya e incluso bañarse en esa playa de arena blanca donde, según cuentan las crónicas, Hernán Cortés hace casi 500 años reunió a sus capitanes para planear la exploración de las Californias.
Hay aquí miles de historias y leyendas. La más reciente es la del Hotel Karmina. Robert Wooley, conocido por haber creado los Embassy Suites, descubrió esta costa a principios de los 90 y se enamoró de inmediato no sólo del entorno, sino también de Carmen, una mujer de Colima con quien termina casándose en uno de los lugares más emblemáticos de la península. Como regalo de boda le encarga a Ezquerra que construya, en ese mismo sitio, un gran hotel palacio dedicado a su esposa que llevaría su nombre. Como el Taj Mahal, el camino no tardó en llenarse de espinas, pero al final vio realizado su proyecto. El hotel ya no le pertenece, pero tiene derecho a perpetuidad para utilizar la suite presidencial y poder tararear a su adorada Carmen tantas veces como quiera «Amanecí en tus brazos».
La bahía de Manzanillo es México en estado puro. Los cocoteros llegan hasta una costa donde apenas se han construido algunos apartamentos y lo que todavía abundan son los chiringuitos donde comer pescado fresco. La Playa de las Hadas desemboca en la de Salagua y ésta en la Azul y en las Brisas. Dicen que Manzanillo es la capital del pez vela, pero aquí también se pesca mucho atún, marlín y un excelente marisco con el que se hace el sabroso ceviche local, acompañado, en lo posible, de una cerveza Corona o Modelo para luego pasar al tequila, quizá mezclado con agua de coco. Y sin dejar de mirar hacia un mar intensamente azul por donde llegan docenas de enormes barcos cada día, cargados de contenedores, procedentes de todo el Pacífico, pero, sobre todo, de China.
Manzanillo es, con Veracruz, el puerto más importante de México, pero, salvo en el intenso tráfico marítimo, nada delata su importancia. Su centro urbano sigue siendo chiquito, casi insignificante, si no fuera por los arreglos urbanísticos que el ubicuo Ezquerra está realizando alrededor del Jardín Alvaro Obregón, frente al puerto que hace las funciones de zócalo o plaza mayor. Alrededor de una descomunal escultura de un pez vela, ha diseñado una serie de soportales como antesala de una ciudad que pronto cambiará su aspecto multicolor por un blanco inmaculado. El ambiente sigue y seguirá siendo el de cualquier otro pueblo grande de México, medio adormecido por las rancheras de Juan Gabriel que se escuchan en la voz de Rocío Durcal, a través de potentísimos altavoces por todo el centro urbano. El único sitio con verdadera animación es el mercado, donde se pueden ver todos esos tesoros salidos del mar.
Para conocer las otras Colima, se podría ir directamente por la antigua carretera de montaña, la número 98, que pasa por poblaciones con nombres tan sonoros como Jalapa, Camotlán, Tepehuajes, Platicado o Minatitlán, ya en plena Sierra Perote. Pero sería una pena no conocer la laguna costera de Cuyutlán, rodeada de cocoteros y de una selva tropical que protegen a miles de aves migratorias, entre las que destacan los flamencos, aunque también se pueden encontrar docenas de otras especies.
Al otro lado de la carretera, una playa de arena negra volcánica pone tope, cuando puede, a un océano Pacífico embravecido y que hace las delicias de cientos de surfistas venidos de todo el mundo que saben de la desproporcionada altura de sus olas.
Bajo los volcanes
Nadie esconde que nos encontramos en un territorio intensamente sísmico, y a medida que la carretera va tomando altura, van apareciendo las tenues siluetas de los dos grandes volcanes: el de Fuego, siempre humeante, y el Nevado, con más de cuatro mil trescientos metros. Mucho antes de alcanzarlos, se encuentra Colima, la capital, una ciudad destruida al menos dieciséis veces en los últimos quinientos años, pero que sigue inalterable y con su encanto colonial prácticamente intacto.
Como en tantas otras poblaciones mexicanas, todo gira alrededor del zócalo. Allí están la Catedral, el Palacio de Gobierno, el Gran Hotel (Ceballos) y el Museo, alrededor de un frondoso parque -el Jardín Libertad- presidido por un quiosco de la música. Una antigua casona, edificada en 1848 y que durante décadas sirvió de Hotel Casino, alberga ahora el Museo Regional de Historia, un lugar imprescindible para comprender el pasado y el presente de Colima. Se exhiben los principales restos arqueológicos de la zona, incluidos los ajuares funerarios encontrados en media docena de tumbas que, después de pasar la prueba del carbono 14, se han convertido en los vestigios humanos más antiguos de México, superando incluso a la cultura Olmeca. Después, llegaría el pueblo mesoamericano conocido como nahuatl, del que se pueden ver numerosas piezas de cerámica, entre las que abundan las representaciones de sus curiosos perritos colimotes.
Alcancia de recuerdos
Los alrededores de Colima están llenos de antiguas haciendas, algunas convertidas en hoteles, otras en museos como el que fundó Juan de Nogueras a finales del siglo XVII y que pronto transformaría en uno de los ingenios azucareros más importantes de Nueva España. El conjunto sigue manteniendo, entre buganvillas y palmeras, su aire colonial. Cada uno de los edificios se ha dedicado a una función diferente. En uno se muestran ejemplos de la pintura de Alejandro Rangel Hidalgo, uno de sus últimos propietarios; en otro, su colección arqueológica, mientras que la casa grande forma parte de la Universidad de Colima como centro de investigación de un Parque Ecológico. La Hacienda Nogueras es la perfecta antesala a Comala, uno de los pueblos mágicos de México, denominación muy exclusiva que sólo reciben contadísimas poblaciones del país.
Que nadie espere descubrir «ese pueblo tan triste cerrado al tiempo» que se encuentra Pedro Páramo, el personaje creado por Juan Rulfo, más bien es la población que recuerda Dorotea, otro de sus personajes: «Allá hallarás mi querencia. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron. Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer, la mañana, el mediodía y la noche, siempre los mismos, pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida...».
No tiene grandes monumentos, pero derrocha colores, sabores y música, sobre todo alrededor del zócalo cuajado de mariachis, siempre dispuestos a amenizar la vida de sus habitantes, conocedores de toda la música de José Alfredo, de Juan Gabriel y de tantos otros, bajo la atenta mirada de los volcanes que tan pronto surgen como desaparecen del horizonte, dependiendo del viento y de las nubes. Para verlos con nitidez, hay que subir la montaña y atravesar el pueblo de Suchitlán, ver cómo va cambiando la vegetación a medida que se superan los mil metros y se atraviesan cafetales antes de alcanzar los dos mil en San Antonio, ya en los límites del estado. Desde allí, parece que podría tocárselos; en realidad, no están tan cerca, pero las cenizas del de Fuego caen de forma constante, avisando que sigue siendo peligroso y que nadie se le acerque. Al Nevado se puede subir hasta el cráter, aunque esto es mejor dejarlo para un segundo viaje, porque «a Colima hay que volver», como dice la canción.

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