La vendimia de lujo es un ''viaje a la semilla''

Secciones Especiales

Escribe Máximo Soto

Es demasiado linda como para necesitar ser inteligente», pensó el tipo, en un arranque de vetusto machismo, mirando a la muchacha que a su lado, en el apacible vuelo de LAN de Salta a Buenos Aires, leía «El amor en los tiempos del cólera».
«¿Qué tal la novela; mejor que la película?», lanzó mirándola. La chica lo observó sorprendida: «¿Usted cree que es fácil llevar al cine alguna de las genialidades de García Márquez? No es la primera vez que cometen ese error». El tipo esperaba que esa mujer con indiscutible figura de modelo, se pusiera a hablar de Javier Bardem entre irreprimibles suspiritos, y explicara: «La peli me llevó al libro».
Apabullado, el tipo se decidió a sacar un conejo de la galera para salvar la ropa: «¿Conoce el libro 'Viaje a la semilla'?» «¿Cuál: la biografía de Gabo o el extraordinario relato del cubano Alejo Carpentier?». «¿Profesora de Literatura?» «No -rió la bellísima-, simplemente lectora.» «¿Puedo confesarle algo? Yo vengo de hacer un viaje a la semilla. ¿Me deja que le cuente? Por ahí elige hacerlo la próxima vez que viene a Salta. Salvo que usted sea una de esas salteñas casi tan hermosas como su tierra». La muchacha, que una tarjeta en su maleta de mano nombraba Virginia, cerró el libro decidida, concesivamente, a escuchar.
¿Sabe que en Salta hay un lugar llamado «Sepultura de las penas» y «Pueblo que lo tiene todo»? Algunos dicen que eso dice la palabra Cafayate, y tiene que ser la traducción correcta porque expresa perfectamente ese hermosísimo corazón de los Valles Calchaquíes, que el turismo ha puesto de moda, y que antes ya había ganado fama internacional por sus vinos de alta gama. Y el sabroso y perfumado torrontés fue el primer varietal que consagró mundialmente a Cafayate, hace ya muchas décadas. Fue con un trago de ese glorioso varietal salteño, ese blanco de sabor afrutado, donde comenzó mi viaje a la semilla. Un viaje que, reitero, se lo recomiendo.

Agitando recuerdos

Zarandeaba una copa de torrontés, para hacer florecer los aromas y sabores del vino, en un almuerzo en un restorán cercano al Golf de Palermo, cuando mi amigo Ricardo, que se jacta de sommelier, me dijo: «Bien, Gastón, así se hace, lo primero es oler la copa, sumergirse en un mundo de aromas para después pasar a los sabores, y hacer un viaje hacia el origen, a la vid, a las uvas. Eso lleva a entender por qué paganos y cristianos han sacralizado esa sangre de la tierra».
Y después nos empezó a contar de sus experiencias en una «vendimia de lujo en los Valles Calchaquíes», con tantos detalles, distribuyendo constantemente epítetos como relajante, estupendo, sofisticado, exclusivo, selectivo, que no hubo uno de los presentes que no se sintiera motivado de hacer ese, como él denominó con su gracia de abogado e historiador, «epicúreo viaje a la simiente». Salvo Adolfo, ingeniero de eternas muecas despectivas, que entre resoplidos murmuró: otra de «turismo enológico». Para qué, Ricardo se puso como loco. Contó cómo había vivenciado las etapas del cultivo y la elaboración, viendo cómo el vino iba del viñedo a la botella. Señaló cómo la centenaria Bodega El Esteco había abierto sus puertas para que los turistas visitantes vivieran la experiencia de una «vendimia de lujo», aprendiendo cómo se hacían sus vinos premium -Altimus, Ciclos, Don David, Elementos- que son elogiados en veintitantos países, en Estados Unidos como en Rusia.
«Así que estuviste en la bodega que fue de Michel Torino, luego del Grupo Pulenta, aquel de Peñaflor, y ahora pertenece al estadounidense fondo Donaldson, Lufkin and Jenrette», señaló Adolfo con inocultable y presuntuosa pedantería, y agregó: «No veo la novedad de andar por otra Ruta del Vino».
Ricardo se exaltó: «¿La novedad? La eterna de Salta. La de un precioso hotel boutique 5 estrellas, Patios de Cafayate, pegado a la bodega de
la vendimia, perteneciente a The Luxury Collection Latin America, al Grupo Starwood. Un hotelito, de sólo treinta habitaciones, que abrió hace tres años y recrea las coloniales casonas salteñas del patriciado, con sus amplias galerías, sus jardines, sus glorietas y sus habitaciones enormes, sin dejar de contar con el confort que precisa hoy un directivo de empresa como vos». ¿Querés otra novedad? Ese hotel tiene un spa único en el país que ofrece rejuvenecedoras y relajantes terapias a base de las frescas uvas. Gracias a la revalorización de antiguos ritos griegos y romanos, hemos comprobado que el vino es un extraordinario promotor del relax corporal, un estimulante de la salud y la vitalidad. Aquella gente de los tiempos de Pericles, aquellos romanos de la época de Claudio, sabían de qué se trata la calidad de vida. Y, por si todo esto fuera poco, en el camino tenés la escenografía que han creado esos grandes artistas llamados tiempo, viento, agua, erosión, tallando en los murallones de los Valles Calchaquíes, en el espectacular cañón de la Quebrada de Cafayate, inconcebibles estatuas a un monje, un sapo, un pato, han construido fantasmales castillos, un anfiteatro donde todos los que lo visitan pueden jugar a escuchar sus más disparatados ecos, y hasta buscaron mostrar cómo es con sus fauces abiertas la Garganta del Diablo.
Creo que Adolfo se sintió derrotado: por lo menos no lanzó réplica alguna. A todos nos quedaron las ganas de comprobar hasta dónde Ricardo era un mitómano.
Virginia, la chica de la butaca de al lado, como cordial vecina momentánea, quiso demostrarle a Gastón que había puesto atención en su irrefrenable monólogo, y susurró: «¿Y... descubrió que ese amigo suyo miente? Digo, porque usted dice que viene de hacer lo que denomina su viaje a la semilla, aunque yo diría acaso haya sido un viaje a las pepitas de las uvas y a sus frutos en reiteradas copas», su rostro se cubrió de una pícara sonrisa.
«Mintió. O se quedó corto, que es casi lo mismo. Para mí, andar por la Ruta del Vino de Salta fue un cúmulo de impresiones diversas. El viaje. Nuestro pequeñísimo Cañón del Colorado, al ir pasando ocre, rosa, rojo, naranja, carmín y pardo, custodiado por esos cardones con brazos que imploran al cielo. Fueron los bien diseñados carteles que indican las distintas bodegas de la Ruta del Vino. Fueron torrentes de Torrontés, pero también de excelentes Malbec, Bonarda, Tannat, Syrah, Cabernet Sauvignon y Tempranillo. Fue esa corona de cerros que rodea Cafayate. Fueron cabalgatas, quesillos de cabra, humitas y tamales. Fueron siestas y fiestas revoleando pañuelos. Fue la plaza del pueblo nutrida de artesanos, donde me compré un poncho escarlata. Fueron las tinajas de Cristofani, y la suerte de haber presenciado como uno más del pueblo la selección previa a la Serenata a Cafayate», Gastón se quedó entre recuerdos.
«Si no nos avisan que llegamos al aeropuerto Jorge Newbery, me parece que usted sigue andando por Cafayate. Y... ¿le gustó o no?», ironizó Virginia mientras metía su García Márquez dentro del bolso preparándose para el descenso.

Dejá tu comentario