La virtud y la tentación conviven en un pueblito

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Escribe Luis Beldi

La virtud y la tentación conviven a menos de 100 kilómetros de Buenos Aires. El estresado hombre del sector financiero supo del lugar cuando le preguntó a su mejor amigo qué le podía regalar a su esposa para el aniversario de casamiento, previa aclaración de que «ella tiene de todo».
-Regalale juventud. Es un obsequio que ninguna mujer desprecia. Te lo agradecerá toda la vida.
No entendió la propuesta y obligó al amigo a ser más claro. El enigma es parte del diálogo entre gente del ambiente financiero, pero ahora necesitaba precisiones.
-A pocos kilómetros de Buenos Aires hay un spa de medicina ayurveda donde les harán tratamientos que les quitarán años. Les darán masajes, comida sana, horas de meditación y sus caras recuperarán el esplendor que tenían algún tiempo atrás. Volverás con una mujer más joven que la que llevaste y vos tendrás un placer único porque te va a desaparecer esa cara fruncida de operador financiero.
Se entusiasmó con el relato del pueblo, Tomás Jofré, donde está el spa de nombre poético que podía hacer tanto por su vida: «Los cuatro amaneceres». Pero debió escuchar una advertencia:
-Ese centro es la virtud para tratar cuerpo y mente, pero a un kilómetro de allí, en Tomás Jofré, hay un polo gastronómico. Es un lugar de cincuenta casas y catorce restoranes de comidas típicas, donde podés agregar varios kilos a tu cuerpo si te descuidás. El fin de semana siguiente partió con su esposa hacia Tomás Jofré. Fue un viaje de poco más de una hora por el Acceso Oeste primero y la Ruta 5 después.

en bata y pantuflas

Siguieron un kilómetro más allá del pueblo y encontraron el portón de entrada de «Los cuatro amaneceres».
Les costó relajarse porque cuando el encargado les describió la cantidad de masajes y tratamientos que podían hacer les pareció que el fin de semana iba a ser demasiado corto para tanto placer. ¿Cómo iban a conjugar el masaje tailandés, el californiano, las máscaras de chocolate, los baños de aceite, la fangoterapia, el tai chi chuan, el yoga, la natación, el sauna, el baño de vapor, las caminatas por el bosque, las salidas en bicicleta, con sólo dos días de descanso?
Decidieron tomar todos los turnos. No privarse de nada. Se anotaron en la planilla y siguieron al botones hasta la habitación, atravesando una arboleda añosa y después un parque de césped bien cortado. Los sorprendió que en la habitación, que miraba hacia el bosque, no hubiera televisor ni frigobar. Sólo agua, distintos tés y frutas. Unas fotos en blanco y negro de posiciones yoga colgadas de las paredes de ladrillo eran la austera pero agradable decoración. El único control remoto que había era para graduar la temperatura del aire acondicionado.
La mañana era cálida y fueron hasta la piscina climatizada. Los proveyeron de una bata y pantuflas. El se hizo un masaje californiano, donde la mujer empleó hasta los antebrazos y codos para desarmar las contracturas. «Cada movimiento es un gesto de comunicación espiritual», le decía.
Su esposa apostó a la «stone therapy», el masaje de piedras calientes de lava basáltica que estimula la circulación. Sintió el placer de las piedras colocadas en puntos de energía a lo largo de la columna vertebral, el abdomen, la frente, las manos y los dedos de los pies, sin olvidar una piedra pequeña sobre el tercer ojo, en el centro de la frente. Terminada la terapia, ella decidió hacer acquagym en la piscina climatizada y él se refugió en el baño a vapor, porque no soportaba el sauna.
Luego fueron a almorzar y a la tarde se dedicaron a rejuvenecerse y embellecerse. Aprendieron que la medicina ayurveda se hace con esencias naturales porque nació en la India hace cinco mil años. La palabra significa «conocimiento de la vida» en sánscrito. Su principio básico es que cada uno es «lo que digiere», por eso califican a las personas para ver qué es lo que su organismo acepta con más facilidad.
Ambos se hicieron un masaje con aceites. Los cuerpos fueron untados con tres litros de esencias y sésamo para que la piel los absorba y se revitalice. Después llegaron las máscaras y el fango en los pies para remover y ablandar callosidades.
El eligió la máscara de chocolate en base a cacao y ella la de oro.
El cacao, le explicó la terapeuta, es un gran oxigenador de los tejidos, igual que la miel. «Derrota al envejecimiento», le aseguró.
La máscara de oro despierta la epidermis y la protege. Se combina con minerales (zinc, cobre, magnesio) y leche de cabra, miel y vegetales. Ella se asombró al terminar el tratamiento: la piel estaba muy suave y se habían ido unas incómodas arrugas a los costados de la boca y en los ojos.
Pasaron a la sala de relax, donde envueltos en toallas y después de beber un té de hierbas durmieron una breve siesta. Luego, fueron a caminar al bosque que está en medio del spa, para finalizar a la noche con una sana comida de pastas y vegetales. En la sobremesa, tomaron té de carqueja para aligerar la digestión. En «Los cuatro amaneceres» no se come carne.

atraccion
irrefrenable

A la mañana siguiente, después del desayuno, tomaron un par de bicicletas y se fueron a conocer el pueblo.
Al llegar a ese lugar de medio centenar de casas y una inmensa plaza, se dieron cuenta de que allí está la tentación. Se detuvieron frente a puestos callejeros y compraron los duraznos más dulces que pudieron imaginar. En la feria artesanal pusieron en el canasto de las bicicletas mermeladas y miel. Luego compraron embutidos. Mercedes, que está a unos pocos kilómetros de Tomás Jofré, es «la capital del salame».
Mientras recorrían el pueblo el aroma de las carnes asadas que venía de los distintos restoranes los tentó. Pero alguien les dijo que lo mejor de Tomás Jofré eran las pastas de «Silvano», el primer restorán que tuvo el pueblo y que es visitado por personalidades que llegan hasta en helicóptero, como el embajador ruso.
Hacia allí fueron y comieron bajo las parras del patio trasero del restorán, que fue almacén de ramos generales en sus orígenes, cuando el pueblo era una localidad agrícola próspera. Los atendió Silvano, quien abrió camino a los placeres con una picada de salame local, queso amarillo de Santa Fe y jamón crudo, con un pan de campo que cocinan en el horno del restorán. Como el vino que acompañaba el menú no estaba a la altura de las circunstancias, la pareja eligió un Terrazas Reserva Cabernet Sauvignon. «Debemos brindar por nuestro aniversario con algo más importante», le dijo al camarero.
Luego vinieron los famosos raviolones sin salsa y con aceite de oliva. El primer bocado hizo que ella cerrara los ojos en señal de placer absoluto. Esos raviolones los preparaba hace casi cien años la abuela italiana de Silvano. Es una receta que viene de siglos y pasó de familia en familia. El trago de vino, después del bocado, los hizo recordar los días de amor más joven. La tentación no está asociada sólo al pecado, sino también al placer.
La combinación del Cabernet y los raviolones fue perfecta. El festejo del aniversario no podía haber salido mejor, salvo el regreso, cuando la bicicleta parecía tener las ruedas trabadas por el esfuerzo que debieron hacer para pedalear, después de tan calórico menú. Pero como el retorno era al spa, qué mejor relax que un masaje sincronizado donde dos terapeutas recorrieron cada cuerpo a cuatro manos ayudados por aceites ayurvédicos orgánicos.
Después de la siesta con música oriental, fueron a disfrutar el atardecer al parque. Comieron en «Los cuatro amaneceres» un menú menos opulento que el de «Silvano», pero que fue el perfecto cierre para un fin de semana que ella le agradeció como el mejor de los regalos.

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