14 de diciembre 2007 - 00:00

Las ballenas enseñan a amar la naturaleza

Las ballenas enseñan a amar la naturaleza
Escribe Máximo Soto

Hasta la vista, muchachas. Hasta la vista, chicos», grita riendo el Capitán Pinino prendido al timón de su catamarán, despidiendo a las ballenas, para así regresar a Puerto Madryn con las 70 personas que llevó de avistaje. El Capitán Pinino tiene la estampa de un viejo lobo de mar y por eso se le puede perdonar que animice a las ballenas, que les dé un alma, que les hable como a personas, y acaso tenga razón. Pinino explica que con ese ronquido la mamá ballena le había dicho a su ballenato: «Nene, vení para acá y dejate de jugar con ese barquito», o que «el resoplido que acaba de lanzar aquella ballena, sí, aquella de allá, es como diciendo: 'No me vengan con caricias que estoy por emprender un largo viaje y no estoy para perder fuerza en emociones'».
El Capitán Pinino tiene algo de aquel Capitán Ahab que perseguía a la ballena Moby Dick para matarla, salvo que Pinino se acerca para enseñar a salvarlas, para hacer que la gente las conozca, y por tanto las quiera y las defienda. El Capitán Pinino es, entonces, como el negativo argentino del mítico Capitán Ahab, y si a Ahab lo representó en el cine Gregory Peck, en la versión de la novela de Herman Melville adaptada por Ray Bradbury y dirigida por John Huston, al Capitán Pinino tendría que encarnarlo alguien que fuera una mezcla de Nick Nolte con Ernest Hemingway. Aunque con su «Hasta la vista, baby», dirigido a las ballenas, Pinino lleve a pensar en el Arnold Schwarzenegger de «Terminator» o en un tema de U2 que canta Bono.

LA BARCA DE BABEL

Acaso el recuerdo del Capitán Ahab se precipita al recordar que la gente que iba en su barco, el Pequod, provenía de Francia, Holanda, Italia, China, España, Dinamarca, Portugal, la India, Inglaterra, Islandia, Malta, Rusia, y siempre se pensó que era una representación de la humanidad. Del mismo modo, en el catamarán del Capitán Pinino se puede escuchar cualquier idioma menos el castellano, y cuando se oye hablar en español es el de Pamplona o el de Segovia, salvo que Pinino grite en gutural porteño a una ballena que, como a otras, ya conoce por su nombre: «Dale, Antonia, mandate un tanguito pa' los turistas».
Ricardo «Pinino» Orri nació en el barrio de Caballito, estudió en el Hipólito Vieytes y tenía como propuesta familiar seguir Derecho, pero su pasión por el mar lo llevó, en 1974, con 17 años, a practicar buceo y caza submarina en Chubut. Allí se dio cuenta de que no quería ser «otro abogado porteño». A los 20 años se instaló en Madryn y se hizo pescador marisquero en el Golfo de San José. Fue sumando experiencias que considera títulos de nobleza: capitán ballenero, perito naval de salvamento y buceo, explorador de naufragios y antiguas factorías balleneras. «De pronto, allá por 1978, comenzamos a ver que había gente que quería ver de cerca las ballenas, mirarlas, ni siquiera tocarlas. Recuerdo que esa primavera llevé en dos meses a 60 personas y cada una me pagó 10 dólares. Fue una fiesta. Hoy, cuando está lindo, es fácil que lleve por hora a 60 personas a un avistaje. Los que estamos en esto, entre el 1 de junio y el 15 de diciembre llevamos más de 120 mil turistas.»
«Pinino» Orri tiene en Puerto Madryn la más prestigiosa y moderna compañía de buceo y avistaje de ballenas: Whales Argentina («tengo un staff de 14 personas trabajando en relación de dependencia, que hablan por lo menos dos idiomas», se enorgullece); lidera el proyecto Aquavida, que se propone construir una estación submarina; ofrece su logística a los investigadores científicos; colabora en la fotoidentificación de ballenas, entre otros muchos aportes a su región, a su provincia y al país.

WHALES WATCHING

«La atracción por el Whales Watching, el avistaje de ballenas, tiene décadas en países pioneros como Estados Unidos, y no paró de crecer de forma exponencial. Para nosotros, este boom tiene años, desde que el cuidado de la naturaleza se hizo realmente importante para la gente. Y en esto Chubut, Puerto Madryn, la Península, no han dejado de expandirse. Si en 2002 llegaban a Península Valdés 87 mil turistas, el año pasado vinieron más de 210 mil, hubo un crecimiento de 300 por ciento en sólo cuatro años y esto no tiene visos de parar. Es que estamos en un escenario único en el mundo, y hasta hace un tiempo no nos dábamos cuenta de que esto podía interesar tanto a la gente. A advertirlo nos ayudaron más los extranjeros que los criollos. Para los argentinos esto era natural; los extranjeros venían y nos decían: ustedes no saben lo que tienen acá. Y parece que les gustaba porque volvían, y volvían con amigos o los mandaban para acá. Además, tuvimos la suerte del apoyo del gobierno, que no sólo salió a proteger las ballenas, sino que reglamentó su avistaje, y el sector pudo desarrollarse en orden, sin verse arrollado por inversiones. Acá, antes de comenzar la actividad, se reglamentó. Fuimos ejemplo en el mundo.»
El Capitán Pinino, que hoy tiene su día repleto de actividades, tuvo como todo el país una profunda crisis en 2001 y 2002.
«Sentí que me había fundido. Tenía barcos modernos, pero no llevaba a nadie. Después me fui recuperando. Y ahora estamos en una buena etapa. Nos recomiendan de boca en boca. De mayo a diciembre salimos a ver ballenas; en el verano hacemos bajada al mar, buceo, paseo náutico, avistaje de fauna, pingüinos, orcas, lobos de mar, elefantes marinos, toninas, pájaros. Está todo genial, pero en el país tenemos un espantoso cuello de botella con los transportes aéreos, algo que hay que solucionar de algún modo porque si no, nos perdemos de alcanzar las más altas metas turísticas, y eso en el momento de la crisis nos sirvió para valorar al extranjero que nos visita y saber que, además de un bello país, debemos ofrecer la más alta calidad de servicios, algo que aquí la gran mayoría está haciendo.»

Dejá tu comentario