Objetivo: Bin Laden

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Soldados de la Fuerza Delta, una unidad ultrasecreta de élite estadounidense compuesta por 800 soldados, merodeaban por las montañas con sus cascos con visión nocturna, armados con granadas aturdidoras y tubos de aerosol explosivo capaz de achicharrar a todo ser viviente parapetado en una cueva. Grupos de guerrilleros afganos colaboraban en la cacería, bien con la intención de librar a su país de Osama Bin Laden, o bien para quedarse con la suculenta recompensa de 25 millones de dólares que Estados Unidos ha ofrecido por su captura. Tenían órdenes de tirar a matar. "No pensamos preguntarle si quiere rendirse", comentó a TIME un oficial del Ejército de EE.UU.

Nadie cree que lo vaya a hacer. Desde que comenzó la intensa búsqueda en Afganistán para dar con su paradero, el Ejército de EE.UU. asumió que Bin Laden, al igual que los sicarios suicidas que envió a cumplir sus misiones terroristas, no es un tipo dispuesto a rendirse ante los infieles sin luchar hasta el fin. Al parecer, Bin Laden ha dado órdenes concretas a sus más estrechos cola-boradores (entre ellos su propio hijo) para que, en el caso que las fuerzas de EE.UU. se acerquen demasiado, lo envíen de un balazo directamente al cielo de los mártires.

La pasada semana la Alianza del Norte arrebató gran parte del país a los talibán. Tras la rápida y sorprendente transformación que ha experimentado el mapa de Afganistán, todo hace pensar que Bin Laden tiene sus horas contadas, a pesar de que el Pentágono no sepa su exacto paradero. Mientras miles de guerrilleros talibán deponían las armas y se pasaban al bando contrario, los comandos especiales estadounidenses estuvieron toda la semana pasada husmeando como sabuesos el rastro de Bin Laden. Los reductos talibán del sur del país estaban al borde de una derrota estrepitosa, disminuyendo así la franja de acción de Bin Laden. Los agentes pastunes se apresuraron a revelar a la inteligencia de EE.UU. y Pakistán abundantes datos sobre los escondrijos del fugitivo. A raíz de ciertos informes obtenidos de sus confidentes talibán, agentes paquistaníes informaron a TIME que los estadounidenses han centrado su atención ahora en las montañas de Tora Bora próximas a Jalalabad, donde Bin Laden podría haber buscado refugio entre un grupo de 1.500 guerrilleros árabes que dejaron abandonados las tropas talibán al replegarse. Debido a la proximidad de sus perseguidores, parece ser que Bin Laden vive ahora de cueva en cueva desplazándose siempre de noche por el entramado de cavernas y túneles que salpican la cordillera que va desde Jalalabad hasta la zona norte de la provincia de Uruzgan. Los cazas F-15, los aviones teledirigidos Predator y las fuerzas de élite norteamericanas han matado a un gran número de milicianos y jefes tanto de Al Qaeda como del Ejército talibán, entre ellos a Mohammed Atef, principal organizador de los atentados del 11 de septiembre y responsable de la seguridad personal del propio Bin Laden. La exitosa campaña en contra de los talibán ha dejado al país en una situación que fuentes militares han definido como de "máximo caos", un momento propicio para que las fuerzas de EE.UU. hagan salir de su guarida a Bin Laden y lo aprehendan.

Con Kabul en manos de la oposición, y con Kandahar, centro espiritual del régimen talibán, sitiada por los pastunes, pare-ce que el gobierno del mulá Omar, el jefe supremo talibán, ha tocado su fin. Sin embargo, en el Pentágono el júbilo se vive de una manera más cautelosa, pues saben del peligro que corren los soldados estadounidenses que participan en la opera-ción. La rapidez con que se batieron en retirada tantos guerrilleros talibán la semana pasada dejó a las tropas de élite norteamericanas desperdigadas por un terreno desolado y anárquico. Docenas de caudillos reivindicaban diferentes territorios, y en varias ciudades las fricciones étnicas amenazaban con desatar nuevos brotes de violencia. El mulá Omar trató de dejar a otro gobernador al mando de Kandahar y huyó a las montañas, tras lo cual juró que sus soldados santos entablarían una guerra de guerrillas contra los norteamericanos hasta la muerte.

Desde que dio comienzo la campaña, la Administración Bush ha venido advirtiendo de que la guerra contra el terrorismo no va a tener un final obvio. Sin embargo, liquidar a Bin Laden y a sus esbirros de Al Qaeda es ciertamente uno de los objetivos fundamentales de la intervención de EE.UU. La persona encargada de vender la guerra a la opinión pública, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, reiteró el viernes que EE.UU. no tiene intención de apoderarse de territorio alguno en Afganistán; no en vano estas tierras han sido ya testigo del fracaso de dos grandes imperios. Según Rumsfeld, en cuanto decapiten a Al Qaeda, la mayor parte del contingente militar estadounidense se marchará. "Lo único que necesitamos ahora es que alguien nos indique hacia dónde apuntar las armas", declaró a TIME un coronel del Ejército el pasado jueves.

Entretanto, en Afganistán cada vez más altos jerarcas militares talibán se ofrecieron ahora para entregar a Bin Laden. "Los afganos nos están revelando dónde están los escondrijos de Al Qaeda", comentaba un embajador árabe en Pakistán. "Están siendo aniquilados sistemáticamente". En declaraciones a TIME, un alto jefe militar paquistaní ha declarado que los centros de comando militares y de inteligencia cuentan ahora con la ayuda de ex combatientes talibán para atrapar a Bin Laden. "Sabemos que está en Afganistán", dijo esta misma fuente el pasado jueves. Pero llegado el sábado pasado habían comenzado a surgir ya diversos informes contradictorios sobre el estado de la operación.

Mientras tanto, los aviones de EE.UU. vigilaban intensamente las fronteras; Pakistán advirtió a sus caciques tribales que castigaría a todo aquel que diera santuario al fugitivo, y el Gobierno incrementó la vigilancia de los refugiados que salían de Afganistán. El sábado, la guardia fronteriza paquistaní detuvo en Chaman a tres mujeres árabes y a sus dos hijos cuando intentaban cruzar a Pakistán. Un corresponsal de TIME informó que las mujeres llevaban burkas negras de aspecto suntuoso y con motivos sauditas, y que se las interrogó sobre su posible relación con Al Qaeda y Bin Laden.

Las declaraciones de desertores y prisioneros talibán en manos de la Alianza del Norte permitieron a los agentes de EE.UU. confirmar ciertas sospechas sobre la ubicación de Bin Laden y de Omar quien, al parecer, estaba en compañía de Bin Laden a principios de la semana última. Oficiales del Ejército sospechan que se han separado, y que siguen en contacto a través de teléfonos satelitales, mensajeros y walkie-talkies. La implosión que ha experimentado el territorio talibán ha mermado considerablemente las opciones de movimiento para ambos fugitivos, que ahora se encuentran confinados al sudeste de Afganistán. Fuentes de la inteligencia de EE.UU. declararon a TIME que confían en que las sospechadas desavenencias entre Bin Laden y Omar podrían dar lugar a que uno de ellos cometiera alguna imprudencia que revelara su ubicación exacta. "Las perspectivas son bastante optimistas", comentaba a TIME un alto funcionario estadounidense. "Tenemos una buena idea aproximada de dónde se encuentra [Bin Laden]", añadió.

Pero para los soldados de EE.UU. y sus aliados desplegados sobre el terreno, el peligro está a la vuelta de cada esquina. El viernes pasado Rumsfeld confirmó por vez primera que las fuerzas especiales de EE.UU., cuyo papel hasta el momento había consistido fundamentalmente en coordinar las ofensivas de la Alianza del Norte y guiar a los bombarderos hacia sus objetivos, habían intercambiado fuego con guerrillas talibán y efectivos de Al Qaeda. "Han acu-dido a ciertos sitios, les han opuesto resistencia, y han acabado con ella", dijo. El número de efectivos de las fuerzas especiales que han entrado en combate en Afganistán ha aumentado a 300, y hay varios cientos listos para cazar a los cabecillas de Al Qaeda que aún queden.

Todo esto no quiere decir que los talibán hayan desaparecido por completo; resta todavía un puñado de secuaces de Omar dispuestos a continuar con la guerra de guerrillas aunque mueran en tal empeño. Por este motivo, la campaña norteamericana contra Al Qaeda y los talibán seguirá desarrollándose fundamentalmente desde el aire. Estados Unidos piensa enviar entre 50 y 70 bombarderos más a una base en Tayikistán. Asimismo, ha aumentado de seis a nueve la cantidad de aeronaves AC-130, capaces de sobrevolar objetivos a baja altura para luego pulverizarlos.

Ahora que la Alianza del Norte se ha hecho ya con la mayor parte del territorio del país, los bombarderos de EE.UU. se están quedando sin objetivos sobre los cuales descargar sus bombas. La semana pasada, las únicas líneas talibán aún por arrasar eran las de Kunduz, último bastión del régimen en el norte, y las de Kandahar. Hace sólo unos días, los talibán estuvieron a punto de entregar ambas ciudades, pero un pequeño grupo de guerrilleros decidió resistirse. En el norte, los 6.000 soldados talibán que se habían replegado hasta Kunduz procedentes de los maltrechos frentes de Mazar-i-Sharif y de Taloqan vieron cómo les cortaban las rutas de abastecimiento y de huida. Les quedaban dos opciones: o rendirse a los rebel-des uzbekos y tayikos, o morir. Cuando los soldados talibán discutían sobre si negociar o luchar - el elemento árabe se volcaba por esto último-, los B-52 norteamericanos los pulverizaron.

Las tropas de la Alianza del Norte mataron a un gran número de combatientes talibán no afganos en Kunduz. Eran los tan odiados sudaneses, egipcios, saudíes y chechenos entrenados en los campos de Al Qaeda. Y todavía quedan muchos más a merced de los rebeldes y de los desertores talibán. Voluntarios paquistaníes, algunos de los cuales habían sido evacuados de Kunduz la pasada semana, denunciaron que sus antiguos camaradas les habían pegado y robado. Mashud Khan, de 25 años, declaró a TIME que unos guerrilleros talibán le habían robado a punta de rifle cuando se batían en retirada huyendo del avance de la Alianza del Norte. "Un rato antes habíamos compartido la misma trinchera", dijo. "Vinimos a pelear por ellos, y ahora nos roban".

El sitio de Kandahar fue el síntoma más evidente de que los talibán estaban perdiendo el control en el conflicto. La rapidez con que huyeron del norte llevó a ciertos altos jefes militares de la Alianza a advertir que los talibán no estaban sino rejuntando fuerzas y armamento para defender sus ciudadelas del sur con uñas y dientes. Pero después de tantas derrotas del régimen, los pastunes antitalibán comenzaron a convencerse de que podían eliminar a los talibán más recalcitrantes del sur y convencer a los demás de que desertaran a su bando. La perspectiva de que los guerrilleros tayikos, uzbekos y hazeríes entraran a sus anchas en las ciudades pastún era mucho más terrible para los soldados talibán que simplemente entregarse a sus hermanos pastunes.

En las afueras de Kandahar se movilizaron algunos efectivos antitalibán bajo las órdenes de Hamed Karzai, un comandante simpatizante de Zahir Shah, el exiliado ex rey de Afganistán. Karzai estuvo varias semanas en Afganistán de incógnito tratando de reclutar a varios caciques para su causa gracias a sus viejos contactos de las diversas tribus de la zona. Su estrategia era rodear

por todas partes a las fuerzas talibán y obligarlas a capitular. Los hombres de Karzai avanzaron desde Uruzgan, al norte de Kandahar; desde el otro extremo de la ciudad miles de hombres armados procedentes de los pueblos de la frontera sur fieles a otro cacique llamado Ghul Agha Sherzai tomaron posición en las montañas del este.

Desde un escondrijo secreto el mulá Omar transmitió por radio mensajes vaticinando su propia muerte en combate y nombrando como su sucesor a al mulá Ba-radar, el antiguo gobernador de Herat que había comandado las tropas talibán en Kabul. Esa misma semana había declarado en una entrevista concedida al noticiero pastún de la BBC que "Estados Unidos será destruido. Con la ayuda de Alá, sucederá pronto".

Pero pocos afganos le prestaron atención. "Omar ya no tiene el mismo poder que antes", dice Haqiq, un comandante pastún. "Dicen que piensa luchar hasta la muerte, pero no le creemos". Los partidarios del régimen talibán han ido desertando en forma masiva desde el primer momento en que comenzaron a perder la contienda. "Han demostrado que lo único que saben hacer bien es obligar a la población a llevar la barba larga, pero no mucho más", comentaba un diplomático occidental. La primera derrota importante de los Talibán se produjo en la ciudad norteña de Mazar-i-Sharif gracias, en parte, a los pastunes que estaban hartos de acatar órdenes de aquellos "pueblerinos idiotas del sur". Los soldados pastunes pactaron en secreto con Rashid Dostum, un comandante de la Alianza del Norte, y se comprometieron a dejar pasar a la caballería de Dostum para que penetrara así la línea del frente talibán. A partir de ahí, la Alianza del Norte fue acumulando victorias al más puro estilo afgano: a base de sobornar a los comandantes talibán para que desertaran.

Con desertores entregando las armas por doquier, y después de varias semanas de bombardeos estadounidenses, la valentía de los talibán comenzó a desvanecerse. Los guerrilleros del régimen que aún resistían la semana pasada estaban ya luchando por su cuenta. "En cuanto a su organización como fuerza de combate, están prácticamente acabados", comenta un oficial de la inteligencia estadounidense. Fuentes de la inteligencia paquistaní han declarado a TIME que los soldados rasos talibán ya han perdido el apetito por la guerra santa. Algunos de ellos han regresado a sus aldeas a pedir clemencia, y otros han intentado cruzar la frontera hacia Pakistán de incógnito. "Es muy fácil", dice Khair Ullah, que vive en el pueblo fronterizo de Bajaur. "Te quitas el turbante negro, te cortas un poco la barba, y ya nadie piensa que eres talibán".

El repentino repliegue de las fuerzas del régimen ha reivindicado la confianza del Pentágono en el poderío aéreo. Hace tan solo unas semanas, con los rebeldes batallando en el norte y los talibán retando altaneramente a EE.UU., los estrategas estadounidenses habían previsto un conflicto largo, y advirtieron que todavía quedaba un alto porcentaje de objetivos talibán por bombardear. A pesar de la opinión de quienes creían que esta guerra no podría ganarse sólo desde el aire, como sucediera en Kosovo, los altos mandos militares de EE.UU. han visto una vez más confirmada la importancia vital que tienen los ataques aéreos. Los bombardeos selectivos con que se inició la campaña tenían como finalidad aniquilar la retaguardia de los talibán, que era la que abastecía al frente de refuerzos, alimentos, municiones y combustible. Cuando más tarde, Estados Unidos comenzó a castigar a las tropas del frente, y éstas empezaron a pedir refuerzos sin respuesta, empezó a cundir el pánico.

La pasada semana los aviones de EE.UU. bombardearon diversos regimientos de soldados talibán que huían, pero ahora incluso ese tipo de objetivos ha ido desapareciendo. De esta manera, los pilotos de combate pudieron "concentrarse más en los caimanes", que es como el jefe del comando central de EE.UU., Tommy Franks, llama a los altos mandos de los talibán y de Al Qaeda. Gracias a nuevos informes de inteligencia, el martes pasado el Pentágono comenzó a atacar diversos edificios en Kabul y en Kandahar en los que sospechaba que se escondían los cabecillas enemigos. Se sabe que al menos uno de estos ataques dio en el clavo: el viernes Rumsfeld anunció que EE.UU. había eliminado a Atef, principal responsable del aparato militar de Al Qaeda. Atef estaba estrechamente ligado a Bin Laden-su hija está casada con el hijo de éste- y se lo consideraba un inescrupuloso estratega encargado de poner en práctica los criminales planes de Bin Laden. Como cerebro de los ataques a las embajadas estadounidenses en Africa y los atentados del 11 de septiembre, Atef era responsable de más de 5.000 muertes.

Con la eliminación de Atef se acabó con dos pájaros de un sólo tiro, puesto que también sirvió para lanzar una clara advertencia a su jefe. Durante toda la semana las fuerzas de EE.UU. han colocado puestos de control por las carreteras del antiguo territorio talibán con el fin de obtener pistas sobre el paradero de Bin Laden. Las fuerzas especiales norteamericanas sobornaron a varios lugartenientes de Al Qaeda para averiguar dónde se encontraban sus líderes. Aunque los informantes no sabían las direcciones exactas, sí les dijeron en qué zonas buscar. Pese a que Bin Laden continuaba suelto, los altos jefes militares de EE.UU. daban por segura su captura. "Si se mueve, ya es nuestro", comentaba un oficial del Pentágono. "Y si se queda donde está, iremos estrechando el cerco cueva por cueva, hasta que demos con él".

De todas formas, los aliados tienen claro que la eliminación de Bin Laden no va a suponer el final de Al Qaeda ni del terrorismo global, y que la desintegración del régimen talibán no extinguirá las llamas del odio en Afganistán. A pesar de esto, de las cenizas del régimen talibán surgirá un mundo nuevo, y esto sí provoca un cierto optimismo. El país está lleno de caciques que ahora tratan por todos los medios de retener el control de sus territorios, pero el ciclo de venganzas no está siendo tan atroz como en otros tiempos. Si bien es cierto que EE.UU. no ha terminado de derrotar al terrorismo, el castigo que ha infligido en Afganistán con sus aliados le ha arrebatado de las manos un arma importante a cualquier posible Bin Laden futuro: la capacidad para convencer a la gente de que es posible emprender una guerra santa contra una superpotencia pusilánime. "Los talibán pensaban que esto iba a ser como en los años ochenta contra los soviéticos", comentaba a TIME un jefe de la inteligencia de EE.UU. "No eran conscientes de que iban a pagar muy caro lo que hizo Al Qaeda el 11 de septiembre". Pues ahora sí lo saben. -

Informes de Hannah Bloch/Islamabad, Kamal Haider/Kandahar, Ghulam Hasnain/Peshawar, Tim McGirk/Kabul y Mark Thompson y Douglas Waller/Washington.

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