POESIA Y HORROR EN LOS MONSTRUOS DE BERNI

Secciones Especiales

Escribe Atila Karlovich

Cuando Romero Brest presenta la muestra de Berni en el Di Tella en 1965, se le nota el desconcierto. Habla de cambios no sólo en el "estilo" sino también en la "actitud" en un artista ya maduro. Y es cierto que pareciera haber un "abismo" entre las grandes telas neorrealistas, los famosos retratos, los apuntes santiagueños y el ciclo que se inicia con Juanito Laguna y culmina en los "Monstruos". Teniendo en cuenta el aspecto fantástico de las composiciones polimatéricas, uno podría aventurar otra hipótesis e interpretar el "abismo" como una vuelta de Berni al surrealismo que cultivó hasta los primeros años treinta.

Sin duda hay ruptura y hay regreso. Pero también y sobre todo hay continuidad, intensificación de todas las vetas que impulsan su obra desde siempre. Un óleo de la exposición bien puede ser visto como bisagra entre el Nuevo Realismo en su acepción más ortodoxa y la obra de los años sesenta. Se trata de "Bombardeo", una pintura de 1953 que se origina en el contexto de la Guerra de Corea y muestra una escena de pánico ante el horror bélico de un bombardeo aéreo. Hay neorrealismo manifiesto pero hay también irrupción de lo fantástico: el avión bombardero es un monstruo flamígero que prefigura los apocalípticos engendros del arte de ciencia ficción. Es que el realismo tiene sus límites. Berni siempre lo supo y por lo tanto se opuso consecuentemente al dogmatismo del Realismo Socialista. Esos límites están dados por el horror y la poesía inherentes a la realidad, por las mismas raíces profundas de lo real.

Cuando Berni comienza a exacerbar sus recur-sos realistas y utiliza chapas y desechos para reconstruir el mundo de Juanito, descubre que hay más: en el fango de las villas, donde se mezclan aguas cloacales y aceites industriales, anidan monstruos policromáticos, torpes, simpáticos y espantosos a la vez.

El mundo de Juanito es miseria, pero a la vez es horror y poesía. Y cuando con Ramona crea un personaje mítico hecho de lo más trivial y de lo más universal humano, la propia dinámica del personaje lo obliga a recurrir a otra veta que siempre estuvo presente en su obra, pero que hasta ese momento no había aflorado: el barroquismo. No había sido curiosidad o interés académico lo que lo había llevado en los años '40 a los países andinos a estudiar el barroco indiano de los cuzque-ños, quiteños y santafereños. Había una profunda coincidencia espiritual entre la forma de integrar lo sobrenatural de los pintores barrocos y sus propias necesidades de ir más abajo de lo visible, de integrar lo infranatural, lo que subyace a la realidad y la alimenta. Más que de surrealismo tendríamos que hablar entonces de subrealismo, de realismo del subconsciente. Las ilusiones y los espantajos que brotan de la conciencia ultrajada y culpable de Ramona reflejan la monstruosidad de la enajenación a la cual una sociedad culpable de culpa real condena a la prostituta.

La mitogramática personal de las pesadillas de la meretriz crea las alegorías de la explotación categórica a la que se ve sometida: la "Sordidez" que la acompaña como un grotesco perrito faldero, la "Voracidad" que la engulle con frialdad rutinaria, y el más tremendo de los monstruos, la "Hipocresía" altanera que nace como el Fénix de un féretro tachonado, el ave de los bienpensantes que la pisotea, la desintegra y le niega su condición humana.

Romero Brest hablaba de un "cambio de estilo". Concedamos que puede haber cambiado el estilo, pero de ninguna manera la "actitud": aquí lo fantástico, la poesía visual y la alegoría barroca están al servicio de una visión crítica e intransigentemente realista de la sociedad.

Dejá tu comentario