Qué vinos compran los turistas en la Argentina

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Escribe Rodrigo Quiroga Schmit

Si bien últimamente escuchamos decir bastante que la Argentina está de moda en el mundo, ello no implica que el viajero que visita nuestro suelo por primera vez esté siempre bien informado de nuestras costumbres. Tanto es así que hace unas semanas un nutrido grupo de alemanes que visitaba San Telmo, nos comentaba con asombro que, en el casco colonial antiguo de Buenos Aires no se baila tango en todas las esquinas a cualquier hora, como les habían informado en su agencia de turismo de Hamburgo. También estaban impresionados por la profusión de pizzerías de nuestra ciudad, y por la escasez de porteños con dominio acabado de la lengua del Dante, al parecer otra información de origen errónea. Evidentemente algo similar ocurre a la hora de las decisiones culinarias y su correspondiente contrapartida enológica por la sorpresa que provoca la calidad y cantidad de pizzerías en el feudo del vacuno, y porque después de una breve visita a cualquier vinoteca parecen descubrir que hay vida más allá del Malbec.
Tal vez sea por ello que José Molteno, enólogo mendocino dueño de la Cava de Vittorio, joven vinoteca especializada en bodegas boutique de una zona de Recoleta poblada de extranjeros, nos confirma que éstos vienen con la idea preconcebida del Malbec no ya como ícono, sino como única opción, focalizando además su interés en aquellas marcas en particular que no consiguen en sus respectivas ciudades. La llamada «exportación hormiga», vale decir lo que compran para llevar en el avión lamentablemente ha quedado reducido -luego del intento de atentado del año pasado, en botellas de gaseosas- a solamente dos litros por pasajero, y como forzosamente debe despacharse, es importante proveerlos de un packaging adecuado que por lo general consiste en estuches de cartón o cajas de madera, a fin de evitar roturas.

preferencias

Molteno destaca como sus principales clientes a los norteamericanos, latinoamericanos y europeos, en ese orden, siendo estos últimos también consumidores habituales de blends, y los que más se interesan por la zona de origen, cosecha, o método de vinificación. Molteno clasifica sus visitantes en tres categorías: primero, el que ha pasado por alguna provincia vitivinícola, y compra de vuelta en Buenos Aires, antes de subirse al avión, sobre la base de una idea bastante acabada de lo que quiere. Segundo, el que ha visitado la Patagonia sur, la Pampa, o las Cataratas, quien llega con un escaso conocimiento previo de lo que quiere, y por último están aquellos que permanecen en nuestro país por varias semanas o incluso meses, quienes ya se van interesando por probar varietales como Cabernet Sauvignon, Syrah o Bonarda.
Por su parte Alejandro Audisio, socio gerente de Terroir, sofisticada vinoteca de Palermo Nuevo, ratifica la preeminencia del Malbec en las preferencias del turista, subrayando la ignorancia que por lo general el visitante posee sobre otras zonas productoras alternativas a la provincia de Mendoza, al punto que cuando se le ofrecen vinos patagónicos o salteños, suele quedar perplejo. Felizmente luego de probarlos, muchos se convierten en fans de esos terroirs. Asimismo destaca que como el visitante hace su economía en dólares, piensa en un vino de consumo diario a partir de los 45 pesos para arriba. Naturalmente que los vinos que se llevan suelen ser de colección, vale decir del segmento ultrapremium, que es el más alto. En ese sentido lamenta la falta de envases mágnum (1,5 litro) y doble mágnum que padecen los caldos de alta gama de la mayoría de las bodegas nacionales, un tipo de botella de alta demanda en este segmento compuesto a menudo por coleccionistas, del que aún no existe casi oferta. Como puntos fuertes de nuestro portafolio a ofrecer pone énfasis en los vinos de postre, los espumantes, y los blends -en particular el clásico corte argentino de Malbec-Cabernet-Merlot. Entre los varietales, destaca como vinos con potencial para el extranjero al Syrah, y especialmente al Torrontés salteño.
Gustavo Domínguez, gerente de wine bars y restoranes de Winery, asegura que para los comercios de esa cadena ubicados en Puerto Madero, Alem, y La Recova de Libertador y 9 de Julio, la incidencia del turismo en la facturación es enorme, ya que en esos locales, próximos a varios de los hoteles más caros del país, los vinos que el turista proveniente del Primer Mundo que más demanda son curiosamente los más caros del país, es decir, los que van de 150 pesos hacia arriba, llegando a superar en ocasiones los 300 pesos. En este caso, el interés del visitante proviene de los premios y altas puntuaciones obtenidas por los Malbec vernáculos en publicaciones como «Wine Spectator» o «Decanter». Naturalmente que dicha elección queda acotada a no más de 20 o 25 etiquetas, entre las cuales incluso se les ofrecen los escasísimos blancos que existen en ese segmento, los que a menudo terminan siendo parte de su equipaje de regreso.

Latinoamérica «best buys»

Por el contrario, los visitantes provenientes de Latinoamérica a la hora de «atacar» la estantería, se inclinan más por los «best buys», o sea por las mejores relaciones precio calidad entre lo más granado de la oferta local, destacándose por conocimiento los colombianos, y, lógicamente los chilenos. La estrategia elegida por Winery para incentivar el conocimiento de cepas alternativas al as de espadas autóctono, consiste en hacer una selección mensual o semanal y ofrecerlos en copa a precios razonables. Así, copa de assemblage, o de Cabernet mediante, se enteran que nuestro mundo no se agota en el Malbec. El negocio de la cadena para este nicho es invertir en cosechas especiales, como la 99, la 02, o la 03 y venderlas varios años después cuando su fama ha trascendido nuestras fronteras.
En definitiva si las oleadas de extranjeros que nos visitan por estos días, no nos sorprenden para nada a la hora de expresar sus ideas preconcebidas en materia varietal -como no sorprendería a un comerciante australiano que primeramente se interesen por sus Syrah, o a un neocelandés que le pidan Sauvignon Blanc. Sí podemos decir que por lo menos resulta llamativa la particularidad de elegir vinos que a menudo cuestan varias veces lo que están acostumbrados a consumir en sus países de origen. Esta última afirmación se basa en que más allá del notable avance de la marca argentina dentro de las góndolas enológicas de las principales cadenas de supermercado de Occidente, todavía en muchos aspectos somos un jugador incipiente, bastante menos conocido que los mencionados de Oceanía, Chile o incluso Sudáfrica, al punto que todavía no hemos llegado a la estantería de gran cantidad de cadenas o vinerías americanas o europeas, en las que los mencionados países exhiben varias marcas diferentes, o en algunos casos se nos considera dentro de la denominación genérica de vinos sudamericanos.
«Una imagen vale más que mil palabras», decía Jancis Robinson -la winewriter más renombrada del mundo, en su última visita a Mendoza durante febrero pasado-, haciendo hincapié en el inigualable efecto que provoca sobre el visitante una experiencia sensorial placentera vivida in situ, que incluso se torna inolvidable cuando se visita una glamorosa región de tradición culinaria o vitivinícola cuyo nombre trascienda las propias fronteras. Frecuentemente estos remansos, suman a los placeres disponibles para paladares sofisticados, el encanto de sus paisajes, su arquitectura, su historia o la cultura propias del lugar.
En nuestro país, sin exagerar podemos añadirle a este agradable conjunto, el calor propio de la gente de cualquiera de las principales provincias dedicadas al cultivo de la vid. No hay otra razón para presuponer que un enófilo promedio de un país de alto poder adquisitivo, pague más por un producto cuyano o salteño, de lo que pagaría en ocasiones por sus pares norteamericanos, italianos o españoles.
Los dos aspectos más importantes del descubrimiento o de la revalorización de nuestros vinos, son en primer lugar la difusión que no nos circunscribimos únicamente a la reconocida versión criolla del «vin noir de Cahors», sino que además poseemos un atractivo estilo propio de imbatible relación precio-calidad en lo que atañe a otros varietales tintos. «Last but not least», que somos capaces de jugar en primera, elaborando cortes -los caldos más caros y a la vez más difíciles de lograr-, de excepcional calidad incluso comparados con los de países que ya son marcas registradas tanto en el nuevo mundo enológico, cuanto en Europa, y que para el gusto de las cada vez mayores legiones de consumidores que se integran al mundo de la más noble de las bebidas, nuestros assemblage, puedan resultar, a un mismo nivel de precio, superiores a algunos de aquellos monstruos sagrados.

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