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''Se necesita apertura mental para descubrir sabores''
Técnico mecánico, médico, finalmente, chef. Esas fueron todas las instancias educativas de Ariel Pérez, quien obtuvo gran parte de su experiencia gastronómica embarcado en los cruceros.
Su experiencia se acrecentó al trabajar con una empresa de cruceros de lujo, en los que la tripulación es casi igual al número de pasajeros. Fue donde lo ascendieron a «subchef». Con los cruceros anduvo por Brasil, la costa oeste de Estados Unidos, Alaska, Caribe, Hawaii y algunos países de Asia. También vivió varios meses en la ciudad brasileña de Curitiba.
«En el barco pasan cosas raras. Había gente de todo el mundo y uno tenía que estar averiguando sobre la gastronomía de todas partes, buscando recetas. Siempre hay personas que quieren cosas distintas a las que están en el menú. Por suerte, los barcos estaban muy bien equipados, había toda clase de productos, muchos de Estados Unidos, de Alemania, de Italia. Y, además, aprovechábamos los elementos frescos de cada zona. En Alaska y el Caribe siempre teníamos langosta fresca».
Según Pérez, el gusto de los comensales en los cruceros cambia por zona. «En el Caribe, la mayoría eran norteamericanos; increíble la cantidad de carne que comían y cómo la comían. Para 900 pasajeros, un día tenía que cocinar 30 lomos que 20, seguro, me los iban a pedir jugosos. Y en Japón tenía 10 pasados, bien cocidos».
«Conozco gente que ha estado en la India y no sabía qué comer porque decían que los platos tenían todos el mismo sabor. Y después me encontré con personas que decían que habían probado cosas fabulosas. Hay que tener en cuenta los sabores que tiene cada cultura. Es necesario contar con una 'apertura mental' para poder experimentar nuevos gustos. A uno le pueden dar la mejor comida, pero si no se está abierto a probar distintas cosas, se puede perder una buena oportunidad».
Trabajar en los cruceros le dio la posibilidad a Pérez de probar tanto el sushi como la comida hindú. «Y después, al experimentar las hechas por indios y por japoneses, me di cuenta que mi parámetro era bueno. Tuve la suerte de viajar e irme con una base de cada lugar».
Fue así que, junto con un holandés y dos neocelandeses con los que estaba tomando cerveza, probó en China unos cartílagos de gallina cocidos. Aunque la experiencia no haya sido muy grata, Pérez asegura que «le gusta probar comida de todo tipo. Iba a Hong Kong y pedía sopas que no sabía qué ingredientes tenía. Muchas veces no supe qué comí, pero recuerdo que era muy bueno. Lo más sorprendente es que con un mismo producto en diferentes países hacen comidas totalmente distintas. Las combinaciones que se pueden hacer son infinitas, el límite es lo que uno se puede imaginar».
Ariel partía siempre con una mochila vacía y cuando volvía su equipaje se había incrementado en dos valijas. «Estaba en Italia y compraba cuchillos. Al trabajar con alemanes, indios y filipinos incorporaba cosas de todas partes. No es lo mismo aprender con un brasileño a hacer la feijoada que hacerlo a través de un libro. Hay cosas que no caben en una valija, sino que se llevan en el alma».
Andrea Fernández


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