''Ser viajero me ayudó a desafiar a Einstein''

Secciones Especiales

Viajar me ayuda a resetear la mente, a ponerme a pensar desde cero, a replantearme teorías. Por ejemplo, ahora mientras camino por Buenos Aires no dejo de pensar ni de escribir sobre los agujeros negros», explica Joao Magueijo aún con la bata que se puso al salir del jacuzzi al aire libre del coqueto hotel boutique Five de Palermo Soho.
Nada en este consagrado cosmólogo y físico teórico doctorado en la Universidad de Cambridge, profesor del Imperial College de Londres, y empedernido turista, responde a la imagen convencional del científico. Si se lo viera en un laboratorio se pensaría que es un alumno avanzado. Nadie le daría los 40 años que tiene ni por su apariencia ni por su descontraída espontaneidad y su permanente sentido del humor.
«La imagen del científico en los últimos 50 años ha cambiado. Pero no tanto como debiera. Hay gente que parece proteger el cliché, la imagen estereotipada. Podríamos preguntar a los otros huéspedes si alguno piensa que soy un tipo que desafía los planteos de Albert Einstein», propone riendo, y agrega: «El científico, como el escritor profesional, no deja un minuto de serlo. Ni siendo turista ni siendo viajero. Una cosa es el rigor y otra la solemnidad».
Magueijo explica que su libro «Más rápido que la velocidad de la luz. Historia de una especulación científica» lo fue componiendo «en veinte o treinta lugares distintos. Escribir en cualquier lugar aumentó mis inclinaciones nómades. Comencé a trabajarlo en Londres. Después, por dar algunos casos, en Berkeley y en Princeton. Recorriendo sus capítulos podría reconocer en dónde escribí cada parte, y sentir crecer en mí el agradecimiento hacia quienes con enorme hospitalidad me albergaron en esos lugares. En el fondo 'Más rápido que la velocidad de la luz' es para mí un libro de viajes», parece divertirse con esa idea. Con su libro en la mano, hojeándolo, da datos concretos: «La última parte, 'El mal de las alturas', la escribí en Africa, en Gambia. El capítulo 'La mañana siguiente', en Italia, en Toscana, mientras iba del inevitable museo de los Uffizi en Florencia a un pequeño museo de un pueblito que ni figuraba en mi mapa. Andar me ayudaba a pensar en los problemas científicos sobre los que estaba trabajando. En las Islas Canarias se me ocurrió algo que me hizo revisar el capítulo 'Una orgía de anfetaminas'. Viajar en primera me dio la comodidad para repasar el capítulo 'Einstein sueña con vacas'. Otra cosa fue en Cuba, ahí me tomé un recreo. Me encantó andar por la isla que si bien tienen esas playas, ese mar, a mí me emocionó la gente: instintiva y culta, abierta y plena de musicalidad».
El cosmólogo británico-portugués sostiene que «viajar permite tener nuevas ideas. Ese viaje fue para mí como comenzar a pensar de nuevo, como hacer un reseteo. Hay algo que no podría contarle a un diario sensacionalista de Londres: siempre busqué integrar viajar por trabajo y por placer. Dictaba los cursos por los que estaba contratado, pero (ríe) en la clase estaba mi novia, y después nos íbamos a disfrutar de la ciudad o del confort del hotel, que siempre elegí con vistas impagables».
Magueijo, que realizó una breve visita a Buenos Aires para presentar su libro, si bien considera que «el único motivo por el que vale hacer ciencia es por la aventura de perderse en la jungla», en sus viajes comienza descartando cualquier selva. Declara haber tenido momentos inolvidables en las islas griegas, y que uno de sus mayores placeres fue «caer como en paracaídas en un pueblito desconocido que parece estar en medio de la nada, uno está en un mundo distinto que llevaba mi mente a otros lugares».

«No se pierda conocer Evora"

De todos los lugares a los que lo llevó su pasión de viajero, para Magueijo el de su corazón «es, y no puede ser de otro modo, donde nací: Evora, un pueblo del sur de Portugal. Siempre voy a estar unido a esa ciudad Patrimonio de la Humanidad. Siempre estoy buscando excusas para visitarlo. Me gusta ir a recargar las raíces, algo poco científico esto, demasiado poético ¿no?», se divierte.
Evora, en la provincia de Alentejo, es una mezcla de culturas: romanas, judías, musulmanas, cristianas, que lo han dotado de una gran herencia. «Andar por Evora -explica Magueijo- es como recibir un baño de cultura. Sus calles serpenteantes y estrechas, legado de los árabes, siempre están desembocando en restos históricos. Fue 80 años antes de Cristo el extremo de esa avanzada militar romana que dejó magníficas murallas, en el 400 se hizo obispado con sus monumentos religiosos, y en el 700 fue invadida por los musulmanes que la decoraron con sus casas y en el 1100 retomada por los cristianos. Esas invasiones y conquistas nos dejaron un patrimonio extraordinario. Las construcciones árabes. Las huellas de la terrible Inquisición, que persiguió entre otros al padre de Spinoza. Y también el antiguo palacio del arzobispo, que fue convertido en museo regional con una enorme colección de arte flamenco-portugués; la Antigua Universidad renacentista que fue destruida por la Inquisición. La catedral hecha a fines del siglo XII en estilo románico y reconstruida con estilo gótico en el 1400. Hay tanto para ver, por caso esa iglesia de comienzos del 1500 que mezcla estilos árabe y gótico.»
«A los cinco años me fui a estudiar a Lisboa, pero nunca dejé de recordar esa ciudad que sabiéndola recorrer además de muy bella es un museo de la cultura, de la ciencia, del desarrollo humano. Recomiendo vivamente conocerla. Además, la comida es muy buena. Si acá hay una obsesión por la carne de vaca, allá es por la de cerdo, con el que se hacen unos platos muy sabrosos. Al recordarlo se me hace agua la boca»
, sonríe.

Testimonios recogidos por Máximo Soto

Dejá tu comentario