''Sólo siento pendiente callejear por Alemania''

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Un lugar del corazón fuera de la Argentina, que es donde tengo mi corazón? Torre del Lago, en la comuna de Viareggio, en la Toscana, en Italia, allí donde Giacomo Puccini creó sus inmortales melodías», confiesa impetuosamente el maestro Mario Perusso, director musical de la Orquesta Sinfónica de Bahía Blanca, director musical de escenario y director artístico del Teatro Colón y del Teatro Argentino de La Plata y «el mejor director de orquesta y compositor argentino» según la Asociación de Críticos de la Argentina.
En enero, Mario Perusso dirigió la Orquesta Sinfónica de Mar del Plata, en las escalinatas de Playa Grande con el mar como escenario. Hizo que más de 18 mil personas disfrutaran de arias de las óperas famosas en las voces de la soprano María Pía Piscitelli y el tenor Guillermo López Manzitti. Fue allí que Ambito del Placer inició este diálogo que se continuó, ya ampliamente, al día siguiente en el surrealista café Magritte de la calle Güemes.
Periodista: ¿Qué significa para usted dirigir en Mar del Plata una gala al aire libre?
Mario Perusso: Mar del Plata es muy especial para mí. Hace 40 años que vengo. Vine en mi luna de miel y, a partir de allí, todos los años, en verano, en otoño o en invierno, y siempre me gusta. A veces vengo más de tres o cuatro veces en el mismo año. Ahora estoy descansando cerca del faro, pero como saben que estoy aquí, siempre me llaman para que dirija. Y qué voy a decir, si es hacer lo que me gusta en donde me gusta.
P.: ¿Es cierto que se acercó a la música por casualidad?
M.P.: Un hermano mayor estaba en un coro. Un día, yo pasaba y él me dijo que entrara. Así comencé a cantar y a conocer el maravilloso mundo de la música. Canté hasta los 14 años, cuando al crecer me cambió la voz. Comencé a estudiar. Y mientras estudiaba trabajé de colectivero, de ferretero, de bancario, hice de todo un poco. Sólo quien tiene dinero o suerte puede elegir. Un día tuve suerte: entré al teatro y fui ascendiendo hasta llegar a director del Colón. Mis aspiraciones de niño -soñaba con estar en un escenario como estuvo Puccini- se vieron superadas ampliamente.
P.: ¿Cuál es su compositor favorito?
M.P.: En música sinfónica Beethoven; en ópera, Verdi, aunque soy muy pucciniano, porque Puccini por la época está más cerca nuestro. Pero Verdi fue el padre de todo. Es como querer decidir entre San Martín o Belgrano, ¿no?
P.: ¿Su profesión le ha hecho conocer muchos lugares?
M.P.: Sí. No digo «todo el mundo», pero sí muchísimos lugares: Italia, España, Suiza, Austria, Chile, Brasil y Bolivia, entre muchos otros.
P.: ¿Qué lugar fue el que más le impactó?
M.P.: El que más me sorprendió fue, sin dudas, Torre del Lago, muy cerca de Viareggio y de Lucca. Allí está la casa de Puccini, donde también está enterrado, justo al frente de donde se hace el festival. Es un lugar muy tranquilo, con un marco natural hermoso: por sobre el azul del lago se ven las verdes lomas de la otra orilla y hacia el norte el contraste del blanco, rojo y azul de las casas de Quissa y de los otros poblados que se extienden más allá. Allí Puccini escribió sus mejores óperas. Estar allí fue fantástico.
P.: En su extenso recorrido por el mundo, ¿qué otros lugares de los que visitó profesionalmente le gustaron?
M.P.: Todos, pero acaso algún teatro más que otro. Praga es sorprendente. Estar en el teatro donde Mozart en 1787 estrenó «Don Giovanni» es emocionante. El edificio, que debe ser de 1600, se salvó casi por milagro. Durante la Segunda Guerra la ciudad estuvo ocupada por los alemanes casi desde el comienzo y fue la última capital europea en ser liberada, y el gran milagro es que nunca fue bombardeada. Sorprende ver cómo están preservadas las butacas. Cerca de allí, en la parte vieja de la ciudad, hay una manzana medieval muy antigua, creo que data de 900 o de 1100.
P.: ¿Hay algún país que desearía conocer?
M.P.: Sí, Alemania, la cuna de grandes compositores. Estuve en Austria, en la República Checa, pero nunca en Alemania. Espero que algún día conozca esas tierras. A mí me fascinan las ciudades con mucha historia, me gusta recorrerlas y verlas. Siento pendiente callejear por Berlín.
P.: ¿Cuando viaja, prueba los platos típicos de cada lugar?
M.P.: Ya que no soy bueno para cocinar, me gusta probar las más diversas comidas. Abrir un menú en un país desconocido es una sabrosa aventura. Y, para volver a territorio cercano, y a algo obvio, en Mar del Plata me deleito con pescados y mariscos.
P.: ¿Cómo puede ser un día suyo en Mar del Plata?
M.P.: Siguiendo la costumbre de mi padre, me gusta levantarme y leer el diario. Luego hago las compras con la tranquilidad de un jubilado. Después voy al teatro a hacer un ensayo. No organizo nada con mucha antelación, decido en el momento; tal vez voy a la playa, a lo mejor vienen amigos a cenar.
P.:
Entre sus placeres, ¿están la música, el cine, los libros?
M.P.: Mis principales placeres son mi familia y la música. Hace mucho que no miro películas, tiene que ser muy buena, y hoy en día... Es más, hace años que no voy al cine. no hay más actores. Un famoso autor inglés dijo que «por culpa de esos actores que no saben ni hablar, la gente ya no va al teatro, lo están destruyendo», imagínese entonces los del cine. El cine de Hollywood es pura mentira. Yo soy de la generación del 60, la del cine francés, las películas suecas y polacas. De cuando se descubrió a Bergman, que se hizo famoso acá en la Argentina. Antes el cine era muy bueno, ahora es todo macaneo. Es como la música: una cosa es sentir una orquesta y otra estar con micrófonos y sintetizadores que corrigen todos los defectos. Las cosas de antes eran para toda la vida, y ésa era la idea al componer. Ahora, todo se hace para el momento, y así pasa con los electrodomésticos, automóviles, y un largo etcétera.
P.: ¿Sigue coleccionando libros y partituras?
M.P.: Siempre me gustó comprar libros y música. De adolescente compraba libros en un negocio de la calle Talcahuano. Iba a El Rebusque, un bolichón donde había de todo, desde colecciones de medicina hasta libros de astronomía, ciencia que es uno de mis hobbies. Yo me iba al fondo, donde estaban los libros usados; y hallaba reliquias que ahora no se encuentran en ningún lado. Allí encontré muchas partituras. Hoy tengo muchísimas, pero aún me quedan algunas por encontrar.
P.: ¿Ve diferencias entre el público argentino y el extranjero?
M.P.: Muchas. El público argentino está muy informado, conoce muchísimo, sabe lo que pasa en todo el mundo. En cambio el público europeo sólo sabe lo que pasa en ese lugar, no conoce nada más allá de Europa, no saben qué pasa en América o Canadá, aún hay quienes piensan que Buenos Aires es la capital de Rio de Janeiro. Te pueden decir disparates como ése, y ni hablar de la gente de Estados Unidos que sabe menos todavía. Para ellos sólo existe su país y lo que allí ocurre. Dicen que el Río de la Plata no es un río, que es océano.
P.: ¿Recuerda otros disparates de ese tipo que le hayan dicho?
M.P.: Mis primos en Génova no pueden entender que tengamos una Navidad sin nieve. «No me puedo imaginar cómo es con calor», me dicen. Y para nosotros no es disparatado pensar la Navidad con nieve, es como si fuera nuestra. Es más, mezclamos cosas de invierno y verano en la mesa en que la celebramos. A veces mis primos me preguntan cuándo voy a ir a visitarlos y les contesto que ahora ir a Europa para nosotros es carísimo (con el cambio del euro, un café sale 16 pesos) y les digo que se vengan para acá que es casi gratis para ellos. Y me contestan: «¡Hasta allá!», como si tuvieran que venir en un velero, en una carabela. Para nuestra mentalidad, ir a París es lo mismo que ir a Bariloche, demanda lo mismo, doce horas de viaje. O me subo a un colectivo o me tomo un avión. Pero todavía para algunos europeos viajar a la Argentina es venir al fin del mundo. Cuando les digo que para ver el mar tengo que hacer 400 kilómetros no lo pueden creer, porque ellos tienen mar en ambos lados, y no se les ocurre pensar en las extensiones que tenemos en nuestro país. Y no es porque no tengan estudios, porque estudian. No entienden, son regionales, de su país no salen.
Entrevista de Luis Gervais

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