Tokio: la ciudad donde nada parece demasiado

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Escribe Florencia Arbeleche Enviada especial

En Tokio, ningún extremo parece suficiente. Los japoneses tienen un enorme sentido de la belleza y una predisposición única para dejar atrás lo convencional y mutarlo en sentido estético. Aquí, en el antiguo Imperio del Sol Naciente, las apariencias y los detalles superficiales contrastan a diario con la esencia de una cultura anclada en una indómita y profunda espiritualidad.
Llegar a la capital de este país implica atravesar medio planeta para descender en el ultramoderno aeropuerto de Narita, una de las terminales aéreas más pobladas del mundo.
No alcanza con adelantar doce horas el reloj para comprender, al menos en parte, el rápido desarrollo que experimentó Japón después de la Segunda Guerra Mundial. Apenas sesenta y dos años pasaron desde que el emperador Hirohito Showa renunció a su condición de Hijo del Sol y se rindió ante el general norteamericano Douglas Mac Arthur, decidido a terminar con la pesadilla que había hecho explosión en Hiroshima y Nagasaki. «No pude evitar la guerra», se lamentaba Hirohito asomado a las ventanas que miraban a una Tokio en ruinas, devastada por los bombardeos y el avance de las tropas aliadas.
Es la bisagra que marcó a fuego la historia de Japón, que pasó de su milenaria heterodoxia a la vertiginosa ráfaga de desarrollo que ostenta hoy.
Pero lo llamativo es que entre tanto modernismo y occidentalismo, la sustancia del espiritualismo oriental persiste en conflicto constante con el materialismo. Aunque los japoneses parecen ajenos a esa idea: reverencian y se inclinan ante los monjes zen de la misma manera en que lo hacen por las formas extremas del consumismo.
Ese anclaje en lo espiritual añade sustancia a los extremos culturales que asoman por doquier. Y adquiere especial significado en contrastes como la cercanía entre el santuario Meiji Jingu -el más grande del rito sintoísta, que funda su fe en la devoción por la naturaleza y ofrenda toneles de cerveza a los dioses- y el boulevard Omotesando, considerado el corazón del lujo de Tokio, famoso por sus tiendas de alta moda como Gucci, Louis Vuitton, Prada y Dolce & Gabbana.
Esta misma antagonía late cerca de Ginza -hermana gemela de Omotesando-, que aglutina en una gran cruz que forma con su intersección con la Calle 4, marcas como Christian Dior, Hermès, Chanel, Sony y Apple.
Como ciudad de compras, Tokio hace que Nueva York, Londres o cualquier otro centro cosmopolita parezcan puritanas. Por ejemplo, pueden encontrarse exóticos veladores vestidos eróticamente junto a un moderno lavarropas que recorre los distintos ciclos al compás de la música incorporada. O intoxicantes vidrieras y marquesinas en las que se amontonan cientos de modelos de celulares que hasta saludan con un simpático «¡Moyi moyi!». Sobre estas grandes avenidas, infinidad de pantallas de leds blancos y negros del tamaño de la mitad de los edificios que los portan se suman al ajetreo constante del tránsito y de los peatones, apenas un puñado de esos 12 millones de habitantes que tiene Tokio.
Desde allí, a pie -o en los pintorescos colectivos de estilo inglés- se puede llegar al otro centro de fe dominante: el templo budista Senso-Ji, en el Tokio Antiguo, que desemboca en una larga peatonal en la que se adquiere todo tipo de souvenirs como yukatas (kimono de algodón), abanicos plegables, manekinekos (gatitos que llaman a la buena fortuna) muñecas kokeshi, los «siete dioses de la buena fortuna», instrumentos musicales y un sinnúmero de snacks japoneses a base de arroz, caramelo y hasta frijoles endulzados. Al entrar por Kaminarimon, ahí mismo, a unos pasos encontramos una calle de tiendas llamada Nakamise, famosa por su show de réplicas de platos hechos en cera con tenedores suspendidos en el aire que enrollan un puñado de espaguetis.
El materialismo y la tecnología adquieren furor en el distrito de Akihabara, más conocido como Ciudad Eléctrica, donde conviven cientos de comercios especializados en la venta de electrónica como todo aquí, los precios también son exhorbitantes.

Adaptada a la liturgia occidental

Inalterable y ajena a tanto cambio parece la devoción por la comida, aunque aquí también la tradición se adaptó, por fuerza, a la liturgia occidental.
La cocina japonesa, como en toda Asia, debe su base al arroz. Hoy las vedettes son, sin duda, el sushi, y el tempura y el tepanyaki. El primero se puede conseguir en la mayoría de los restoranes en sus más diversos sabores; incluso algunos ofrecen niguiris de anguila, que son un verdadero manjar. El segundo, el más exótico, combina el arte de cocinar a la plancha langostas vivas, vieiras y todo tipo de verduras, con los brincos entre malabares del cocinero que dejan a más de un comensal boquiabierto.
Para el goce pleno del paladar, la máxima emoción llega con la carne de la región de Kobe, única por su textura lograda a base de masajes descontracturantes que se aplican al buey mientras éste bebe cerveza sin alcohol y escucha música de Beethoven para lograr la mayor relajación muscular posible. Esto que parece increíble constituye la base de calidad de un producto por el que llegan a pagarse hasta 500 dólares el kilo.

El placer por el buen comer

Una cena en un exclusivo restorán como Mon Cher Ton Ton o Fukuzushi puede costar unos 200 dólares (cerca de 220 yenes), aunque es posible comer el mejor sushi en el magnífico mercado de pescado, una parada obligada en la recorrida por esta ciudad. Allí, ocho piezas de makis y rolls se venden a poco más de 20 dólares.
Una vez superado el trance del cambio de hora, lo mejor es animarse a la noche de Tokio.
Hacia el exclusivo barrio de Roppongi se puede ver en las esquinas a grupos de jóvenes nipones tan occidentalizados en su aspecto que por un momento la imagen remite a las calles neoyorquinas o al exótico Soho londinense. Estos fabulosos contrastes entre la superficie y la sustancia están presentes a lo largo y a lo ancho de esta extendida megalópolis, capital de la segunda economía del mundo.

Palacios, príncipes y buenos hoteles

Entre sombrillas y rascacielos imponentes asoman el Palacio Imperial y el Puente Nijubashi, imperdibles pulmones verdes rodeados por fosas que permiten imaginar los tiempos de los samuráis.
En la residencia imperial -que no está abierta al turista- habita el príncipe heredero de lo que hoy es la figura decorativa de un imperio devenido en sistema democrático. Su esposa, quien hasta el momento no ha podido concebir un hijo, recibió el apodo de «la princesa triste».
Dicen que a ella se la suele ver recorriendo, a bordo de un pequeño y lujoso automóvil, en monótonos circuitos, los jardines del palacio mascullando su tristeza.
La extendida zona de hoteles es abrumadora. Desde el Tokyo Park Hyatt, estrella de la película «Perdidos en Tokio», hasta el enorme New Otani, en el que hay que andar con un mapa para no perderse, la oferta de alojamiento es realmente impresionante en servicio, calidad y confort. Tan elocuente como la perfección de la estética y la limpieza extrema de las calles que los rodean o el riguroso ordenamiento del tránsito que ha logrado reducir al mínimo los índices de accidentes.
Resulta imposible recorrer la ciudad en lapsos de turismo conservador. Es indispensable concentrarse en pocas áreas y en pocos negocios y dejar para una próxima visita puntos como la zona de la bahía, el Tokio Disneyland, la torre de televisión de 333 metros de alto y hasta los reductos de luchadores de sumo.
Así es Tokio, ciudad de contrastes extremos y profundos placeres. De sorpresas y obviedades, de abrumador desarrollo sin pausa y un horizonte sin límite, como el propio Sol que alguna vez salió y marcó el inicio de esta civilización de rasgos milenarios que siempre va por más.

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