Una breve aventura londinense

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Escribe Florencia Arbeleche Enviada especial

Londres es, sin lugar a dudas, una de las ciudades más importantes del mundo y para conocerla superficialmente hacen falta no menos de diez días. Pero la tentación es grande, y una escala obligada por la aerolínea puede convertirse en una buena oportunidad para echarle un vistazo y prometerle una segunda visita.
Antes de decidirse hay que tener en cuenta algunas cosas, como por ejemplo el manejo correcto de los horarios para evitar complicaciones en el aeropuerto debido a los estrictos controles de seguridad que hoy demandan casi una hora y son realmente muy exhaustivos. El otro dato es asegurarse que la parada en la imponente terminal aérea de Heathrow sea de por lo menos siete horas para garantizar cierta flexibilidad en el paseo. En el mismo aeropuerto se encuentra la terminal del Piccadilly Line o Tube, sistema ferroviario que lleva directo a Piccadilly Circus, el corazón de Londres.
Este trayecto demanda no menos de una hora y en horas pico la cantidad de público que lo utiliza es realmente muy importante.
El costo del pasaje ida y vuelta es de unos veinte dólares, es decir unas diez libras esterlinas. Desde Piccadilly, a pie y a ritmo parejo, se pueden apreciar algunos edificios re-
ferentes de este centro político, bursátil y artístico.
Más adelante sorprenden el Big Ben, que marca la hora de los londinenses desde 1862, y la Torre de Londres, palacio real, prisión, lugar de ejecuciones como la de Ana Bolena (una de las seis esposas de Enrique VIII), Casa de la Moneda y museo de joyería. Custodiada desde hace cinco siglos por «beefeaters» y cuervos, la leyenda dice que el día en que muera la última de estas aves caerá la Corona inglesa.
Sobre la izquierda del gran reloj que enarbola la Casa del Parlamento y que con cinco campanazos marca la referencia universal de la cotidianeidad inglesa está el majestuoso río Támesis, atravesado por un puente desde donde es posible tener una vista inmejorable de la ciudad y del London Eye, una rueda gigantesca que hace seis años construyó la aerolínea British Airways. La vuelta cuesta 6 libras.
Dickens, Westminster, bares
Hay otros detalles que se cuelan en esta aventura, como los taxis antiguos reciclados a nuevo, los emblemáticos colectivos de dos pisos, el sentido inverso del tránsito. También abundan otros vehículos públicos decorados íntegramente con alguna publicidad referente a las comedias musicales que se exhiben en los teatros de Trafalgar Square. Por caso, el «Rey León» o la ópera «Evita» están hoy en las marquesinas.
Volviendo sobre el circuito original se llega a la pretenciosa Abadía de Westminster, que comenzó a construirse bajo el reinado de Enrique III. Lugar de coronación y sepulcro de monarcas británicos, el templo alberga los restos de los escritores Charles Dickens y Rudyard Kipling. Si bien el acceso a la nave es gratuito, para visitar las capillas hay que abonar 12,50 libras.
Para tener en cuenta: todos los centros turísticos de Londres, incluso Westminster, cierran sus puertas a las cinco de la tarde, ni un minuto más ni un minuto menos. Y a esa hora, en la capital del Reino Unido -especialmente en invierno-, ya es noche cerrada.
Precisamente la caída del sol abre un nuevo espacio en este paseo mínimo por Londres con la movida que se inicia en los cientos de bares que obligan a hacer un alto y matizar con una exquisita cerveza negra, la especialidad de estas tierras. Eso sí: los precios son exorbitantes. Por ejemplo, una «pinta» puede llegar a costar como mínimo unos quince dólares.
Tras recuperar fuerzas, el reloj indica que es tiempo de regresar a estación Piccadilly, la misma donde hace exactamente una hora y media atrás arrancó este recorrido que, aunque corto, alcanza para arrimarse a esta majestuosa capital, sinónimo de esplendor y buen gusto.

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