Una ciudad que posee la desmesura de los sueños

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Escribe Martín Garrido Desde las Vegas

La desmesura de Las Vegas es su estilo de vida y uno lo siente antes de llegar a un aeropuerto McCarran último modelo (el 14o más ocupado del mundo) que brota en medio de la nada. Prefiero el pasillo del avión y por eso me perdí la vista desde la ventanilla al desierto surcado de montañas, incluyendo el Gran Cañón, una maravilla natural igualmente exagerada.
Antes de retirar los equipajes algunos pasajeros ya se entregan frenéticamente a los tragamonedas y el ruido de las maquinitas parece la música funcional de la etiqueta que habíamos imaginado. Claro, es el paraíso del azar.
Eso era cierto antes, pero ahora es un ingrediente importante porque es una capital del entretenimiento. A ese temario básico tenemos que agregarle mucho más, como aprendemos enseguida a través del mejor maestro que es nuestra propia experiencia. No me gusta el juego y me encanta Las Vegas.
Es un show en continuado a la hora de divertirse con su diversidad humana, comer atendido por los mejores chefs, mimarse en un spa, ratonearse con todo tipo de fantasías porque también hay sexo, ir de comprar con las mejores marcas, elegir una boda al paso para lunas de miel legales y fugaces o pasarla bien a secas, ya que el clima es muy seco, caluroso y sólo refresca por la noche.
Incluso hasta se puede trabajar porque es un lugar de negocios y su gigantesco centro de convenciones está ampliándose, lo mismo que ocurre en los grandes hoteles que además de casinos tienen espacio para reu-niones multitudinarias.

Los redondeles de Don Howard

La imaginación práctica no descansa, Igual que en los tiempos del pionero de la aviación y la tecnología, Howard Hughes. Ese hombre que parecía un aviso del antiguo jabón Lux: nueve de cada diez estrellas lo frecuentaban. Se enamoró reiteradamente, una vez de Jane Russell y produjo la película «El proscripto». Por razones obvias se le ocurrió publicitarla con una avioneta que dibujaba con humo dos grandes círculos en el cielo. Redondeles que la censura prohibió sin que por eso uno dejara de pensar en ello. Faltaban años para el Mayo francés de 1968 que promovió la Imaginación al Poder. Ahora el consejo parece obvio. Uno de los grandes hoteles inaugurados este año, el Wynn, tiene un local para vender autos Ferrari. Y al lado a Donald Trump se le ocurrió hacer otro que tiene forma de lingote de oro, aunque sean bronces dorados a la hoja todo lo que reluce con un sol que encandila. Es una propiedad sin casino, sólo de suites y condominios para viviendas. Todo en la ciudad está en expansión y a nadie se le pasa por la cabeza hablar de recesión porque están rodeados de grúas para obras de condominio ya que se ha transformado en un lugar de residentes estables al estilo de Florida.

Broadway en el desierto

Después de usar el trencito del aeropuerto hasta el carrusel de las maletas, estamos rodeados de carteles inmensos, como afiches tipo Broadway, para tentarnos con todos los espectáculos. Basta un ejemplo: el Cirque du Soleil tiene cinco elencos y aunque la entrada, cueste y valga, 150 dólares, es difícil de conseguir. Y la pasarela de coristas, mujeres bellas, bellísimas, de piernas larguísimas para lucir medias caladas, pechos abundantes que el corpiño o las siliconas ayudan a resaltar, mallas breves ajustadas y casquetes de lentejuelas con boas de plumas. Es el identikit de Las Vegas porque están en todas partes como los ángeles sobrevivientes de Elvis Presley y no importa que sean las 10 de la mañana están producidas para una noche continua, porque dura 25 horas.

Strip se ha generalizado

No pasaron cuatro años desde mi última visita y, al llegar al centro, a la franja del emblemático Strip, me costó reconocerlo. El panorama se transformó bajo las luces de neón. Varios hoteles tradicionales ya no están o se renovaron totalmente. Frank Sinatra y su clan, el Rap Pack tienen que dejar su lugar a George Clooney para filmar «Once a la medianoche», que ya viene en serie, igual que «Tiburón» o «Rambo» porque lo que rinde se mantiene. El Strip tiene más de seis kilómetros de largo desde el Sur con el nuevo Mandalay Bay con playas de arena junto a sus varias piscinas y al Norte, el elevado Strastophere de los tiempos primitivos porque hablar de hace equis años es prehistoria.
Al pasear, nos creemos en las principales ciudades del planeta, porque hay réplicas de la Estatua de la Libertad, la Tour Eiffel, la piazza de San Marcos con canales y góndolas donde hasta la gente de seguridad se viste de carabiniero. Ni pensar en caminar lo que podríamos calcular en sesenta o setenta cuadras, porque de un resort a otro necesitamos veinte minutos y buen estado físico. Antes había un trencito con ruedas neumáticas que hoy fue reemplazado por un deslumbrante monorriel que va de un extremo a otro del Strip. Es un viaje corto porque no lleva más de quince minutos, y caro, cada viaje cuesta cinco dólares y un abono de tres días sale cuarenta.

Resorts vs caminantes

La gran apuesta en todo el mundo, más con los precios del combustible, es apostar al transporte público para reemplazar los autos privados. El monorrail, lo mismo que hace años se hizo en el downtown de Miami, es una inversión de futuro. Válida para el pasajero aunque tenga un buen servicio de taxis, especialmente en la noche real, cuando afuera oscurece el tránsito se pone pesado y una pequeña distancia lleva más de media hora. Por supuesto es más rápido hacerlo caminando, pero no es simple porque hay que atravesar casinos guiándose por carteles indicadores entre el laberinto de mesas de ruleta, de juegos de cartas y sobre todo, máquinas tragamonedas. Estos senderos, donde es muy fácil perderse, van dibujando espirales caprichosas. Igual que en un shopping que no ofrece el camino directo para el público sino el que lo tienta para jugar o comprar.
Una posibilidad callejera, al uso nuestro que amamos las veredas de Buenos Aires, es Freemont Street que es más amigable para el peatón. En este sentido dentro de la transformación permanente de Las Vegas, se advierte el debate entre los que prefieren el universo cerrado de un resort moderno y los que se sienten mejor en el antiguo diseño de las calles.
Por un lado, hablando en plata, las inversiones se orientan hacia ambos lados. Por uno se amplía la capacidad de algunos hoteles como el MGM que va a sumar dos mil habitaciones a las cinco mil actuales que lo convierten en el mayor del mundo. Lo mismo hace el Venetian que incorporó este año el Palazzo para reunir entre ambas propiedades contiguas siete mil. Entre tanto el Encore abrirá, a fin de año, con otros dos mil que harán un conjunto de casi cinco mil con el Wynn que es quizá el más caro de plaza.

Ineludible show al ir de compras

El mismo desafío se presenta en un rubro tan dominante como es el shopping entre las galerías de tiendas que tienen los principales hoteles y los shopping abiertos.
Un ejemplo es el deslumbrante Fashion Show Mall cercano al Hotel Wynn, un centro de compras abierto, al estilo Alto Palermo o Paseo Alcorta con los famosos Macys o Nordstron. En un gama distinta pero del mismo estilo está el complejo del Miracle Mile Shops at Planeta Hollywood, contiguo al hotel, que tiene un complejo de 170 tiendas, restoranes y entretenimiento en vivo.
Además, el gancho son los nombres exclusivos del lujo que pelean entre franceses e italianos. Y en las afueras los nunca bien ponderados outlets, en especial los calificados Premium, de marcas muy famosas con descuentos atrayentes.
Porque en Las Vegas todo es un show en continuado, que empieza cuando usted llega. Y las estadísticas lo acompañan. En 2007 aumentó doce por ciento de turistas internacionales, casi cinco millones de visitantes. Tienen números que sacuden como los 165 vuelos semanales de 13 aerolíneas mundiales que llegan desde los principales mercados de Canadá, México y Reino Unido, los estables de Japón, Alemania y Australia, más la corriente que llega de China y la India, lo mismo que de Brasil y también, por supuesto, de la Argentina.

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