Una complicada visita a Rusia

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Al recordar mi viaje a Rusia, se me hace inevitable una sucesión de imágenes que surgen como en una antigua película en blanco y negro. Sabía lo que encontraría en un país que recién abría sus puertas al turismo. Respeté siempre de esa república su historia, cultura, religión y costumbres. Me entusiasmó la idea de poderla transitar y comprender un poco más a ese pueblo que aportó al mundo destacadas personalidades y que yo, acostumbrado y agradecido de vivir en un país de puertas abiertas a todo aquel que quisiera transponerlas, me sorprendía y alegraba cuando algunos de esos genios lograba saltar las vallas, escapar de sus custodios y, pidiendo asilo, recuperar la libertad anhelada que el sistema no les permitía tener. La apertura democrática se acercaba y traería grandes cambios. El tiempo así lo demostró.

Un galpOn volador
Cuando decidí emprender el viaje, faltaba muy poco para llegar a la década de los noventa. Una promoción ofrecía visitar en quince días tres ciudades importantes de Rusia. El paquete incluía vuelos, excursiones y comidas, con la extensión de un punto a punto a cualquier ciudad europea, que aprovecharía para pasar otras dos semanas en París y en Londres.
Sonreí al pensar que un tiempo atrás se habían exhibido las joyas del Kremlin en Buenos Aires, y que, excusándome por no haber podido concurrir, respondí socarronamente que las vería directamente en Rusia. De pronto, tenía esa oportunidad.
El viaje de ida fue pesado, para decirlo de alguna forma y no ser muy cruel, además de poco serio. En el vuelo todo fue muy doméstico. Tenía la sensación de estar en un galpón que volaba. A la sorpresa del reparto de naranjas después de la cena se sumaron las reprimendas y los manotazos de las azafatas a los curtidos marineros que retornaban a su país, a los cuales ellas proveían de gran cantidad de licores, pero éstos no lograban hacer el efecto deseado. Fueron dos las escalas para provisión de combustible en aeropuertos oscuros y vacíos.
A poco de llegar a Moscú, nos avisaron que, por un gran temporal de nieve, no podríamos aterrizar en el aeropuerto internacional y lo haríamos en uno militar. Olvidé comentar que era pleno invierno. Antes de bajar en una pista totalmente congelada, nos retuvieron los pasaportes y nos ubicaron en una reducida sala. Las primeras horas, en las que hubo mucha paciencia pese a que no recibimos ni un vaso de agua, fueron amenizadas por un muy famoso cantautor de la época que, sentado en el piso y guitarra en mano, desplegó todo su repertorio y nos llevó de «paseo en un auto feo».
Poco a poco, los ánimos se fueron caldeando. Nadie nos daba una explicación y se pedía la presencia de algún diplomático. Era la madrugada en Moscú, y ya llevábamos casi seis horas allí adentro. Finalmente, nos devolvieron los pasaportes y fuimos conducidos a unos ómnibus apenas iluminados. A un costado se erguía una enorme montaña de equipaje totalmente cubierto de nieve. Eran nuestras valijas. En la oscuridad de la noche, por las ventanillas sólo se distinguía vegetación muy nevada y en ambas puertas se recortaban las siluetas de los soldados armados que nos acompañaban. Sabíamos que estábamos en Rusia, pero no dónde nos llevaban. El silencio era total; solamente se escuchaba el roncar de un viejo motor.
De pronto, aparecieron las luces del aeropuerto y también un gran alivio. Teníamos para esa noche una reserva de hotel que, por supuesto, nunca apareció. Canjeamos el ticket que nos dieron para lo que sería nuestra cena: un café con leche y unas galletas. Buscamos un rincón donde pasar el resto de la noche, tapados con nuestros abrigos y usando nuestros bolsos de almohadas. La ilusión de que mañana estaría paseando por París borró todas mis sombras.
Ya de regreso a Moscú y dispuesto a comenzar la anhelada visita, mi tropiezo con un vista de aduana volvió a complicar mi entrada. Veía mucho equipaje, mucha ropa. Claro que entendí su requisitoria, pero no iba con mis principios. Me confiscó tres casetes vírgenes porque yo no llevaba filmadora.

Herencia protegida
La magnificencia y belleza del Kremlin de Moscú y la Plaza Roja pronto me hicieron olvidar aquellos desagradables momentos. Me impactó el Gran Palacio del Kremlin y todo el completo conjunto arquitectónico de edificios eclesiásticos junto a la catedral de San Basilio, con sus muy famosas cúpulas doradas, una joya de la arquitectura rusa. Sorprendían el esplendor de las estaciones del subterráneo y las colecciones de porcelanas, vestimenta, carruajes y joyas realizadas por exquisitos orfebres rusos y de otros países que pertenecieron a zares y zarinas.
El cambio de guardia junto al Mausoleo de Lenin, ejecutado por los soldados con su marcial paso de ganso mientras caía una fina nevada, no lo olvidaré jamás. Disfruté de la colección de pintura de los impresionistas en el Museo Ermitage de San Petersburgo y muchas cosas más. En ese momento valoré, pero lo valoré más aún cuando pasaron los años, el cuidado y la protección brindados a toda esa herencia cultural, con siglos de antigüedad.
Está claro que las cenizas no son buenos cimientos. Sólo un pueblo que respeta su pasado crea basamentos firmes para poder erguirse y crecer con orgullo. Lo mismo pasa con los individuos, para poder lograr algo que particularmente valoro: la dignidad de ser.

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