Una travesía en busca del afamado ''tigre de los ríos''

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Una travesía en busca del afamado ''tigre de los ríos''

Hacía tiempo que en mi cabeza rondaba la idea de ir a pescar. Me sentía cansado, abrumado por esta gran urbe que es la Capital Federal. Tenía ganas de respirar aire fresco y sobre todo de cambiar el caos de Tribunales por la paz de la naturaleza que nos regala el norte argentino. Así fue que nos propusimos -con mi padre Enrique y mi cuñado Alejandro- salir en búsqueda de una de las especies más codiciadas por los pescadores de todo el mundo: el dorado. Teníamos el circuito aceitado: cabañas reservadas, equipos preparados, anzuelos afilados. El destino elegido fue Esquina.
Fueron 650 km de viaje en auto. Ocho horas cargadas de anécdotas de travesías anteriores. De norte a sur del país, los recuerdos nos invaden. «Inevitable contratar un guía para navegar las aguas del Paraná en la entrerriana La Paz, o en Itaibaté, en Corrientes», opina mi padre. Y no se equivoca. Diferente es lanzarse en lancha en los riachuelos de San Nicolás o Ramallo (en la provincia de Buenos Aires) en busca de alguna corredera, o en el peor de los casos, si el estado del tiempo no lo permite, cruzar a la isla para pescar desde la costa alguna especie de menor porte.
La idea era siempre ir tras los pasos de los «grandes»: el dorado y el surubí, pero si las horas pasaban y la suerte no acompañaba, cambiábamos los equipos por otros más livianos y probábamos con anzuelos para variada: morena para el patí, lombriz para el armado o algún bagre, mojarra o carnada blanca para las taruchas (pero sólo en verano), salamín picado fino, masa o maíz para las bogas y las carpas. También recordamos aquellas excursiones mar adentro en busca de la captura de tiburones en Bahía San Blas, en el sur. La pesca de pejerreyes en lagunas vecinas a la Capital Federal (alguna vez en Córdoba) o simplemente reír contando anécdotas de mi niñez, cuando me juntaba con amigos a despuntar el vicio en el arroyo de mi ciudad natal, Pergamino. Algún bagre salía. De lo contrario, la caña mojarrera estaba siempre a mano para salvar el honor y llegar a casa con algún trofeo que tenía destino de sartén.

Mate dulce y "el verdadero"

Entre mates dulces (pido perdón a mis amigos correntinos, que tan bien me recibieron) y carcajadas, llegamos al lugar indicado. La hospitalidad de la gente de Esquina es inmensa. Apenas llegados, fuimos recibidos por la familia Tognola, dueños de Bunga-lows Los Quinchos, ubicado a la vera de la Ruta Nacional N° 12, acceso norte de la ciudad. Cambiamos nuestro mate por unos buenos amargos, bebida casi sagrada para los habitantes de estas tierras, y una vez presentados, nos dispusimos a bajar el equipaje. De repente interrumpe un hombre de pocas palabras, mirada penetrante y edad indescifrable. Era nuestro guía de pesca. Luego del saludo de rigor, combinamos salir al otro día antes del amanecer.
Descansar se hizo imposible, entonces decidimos salir a recorrer la ciudad. Luce detenida en el tiempo. Nadie está apurado, no hay embotellamientos. No sabe de bocinas impacientes ni de luces destellantes. Nada parece existir más que la tranquilidad absoluta. Por la tarde la ciudad duerme su siesta, todo para nosotros parece extraño, o por lo menos muy lejano.
Su paisaje, cautivante, no deja de sorprendernos.
Es inevitable ir al majestuoso santuario de Santa Rita de Casia (santa de lo imposible), patrona de la ciudad, la cual era llamada por los habitantes Santa Rita de la Esquina del Río Corrientes. La construcción es imponente y el estilo, particular. Mientras contemplábamos su arquitectura, se acerca don Facundo, un vecino de la ciudad, y una vez que entró en confianza se animó a contarnos la intrigante historia de su patrona. «Nació en mayo de 1381 a unas 40 millas de Asís, en la Umbría, región del centro de Italia. Recorrió el camino de la fe como pocos. En el año 1457, la muerte fue su gran triunfo, la herida del estigma desapareció y en su lugar apareció una mancha roja como la de un rubí, que tenía una delicada fragancia.»
«Fue velada en la iglesia por largos días, dada la gran cantidad de gente que concurrió a su despedida. Aquella fragancia nunca desapareció, y por ese motivo nunca fue enterrada. Su ataúd de madera fue reemplazado por uno de cristal y permanece expuesta para veneración de sus fieles desde entonces. En 1900, León XIII la canonizó», concluye. Luego del relato, nos quedamos en silencio observando el templo, sin cruzar palabra.
De regreso en las cabañas fuimos agasajados con milanesas de surubí. Tras la cena, ahora sí intentamos dormir y así pasar esas interminables horas que nos separaban del «gran momento». Casi sin querer, a las cinco y media de la madrugada me sorprende el despertador. Un completo desayuno (al que no le faltó nada) esperaba servido en la mesa del comedor. Al terminar, fuimos a orillas del río en donde «el Iguana», apodo de nuestro guía, esperaba ya en la lancha para conducirnos por las aguas del Paraná.
Partimos por los laberínticos afluentes del río. La ansiada búsqueda había comenzado. El día está despejado, la temperatura es agradable, están dadas todas las condiciones para una buena pesca. Luego de treinta minutos de lancha, el gran momento había llegado. Nuestro guía, sin perder de vista el horizonte con su mirada y atento a toda señal que la naturaleza pueda llegar a darle (obviamente imperceptible para nosotros), decidió parar y probar suerte en ese lugar, un arroyo de gran corriente. Con las cañas en nuestras manos y los anzuelos encarnados con morena, hicimos los primeros «tiros».

Sensaciones encontradas

El silencio era total y en mi cuerpo sentía una extraña sensación, todo consecuencia de la inquietante espera. No habían pasado quince minutos cuando de repente sentí en mi caña un fuerte pique. El guía, inmutable; esperé unos segundos y decidí «clavar» y tirar fuerte: la batalla había comenzado. En ese mismo momento confluyen la naturaleza, el hombre y el pez, cada uno con su propósito. La presa, afanada por mantener su vida y su libertad; el hombre, en la ardua tarea de conseguir la pieza y disfrutar de ese instante único. La pelea es larga y -aunque parezca mentira- pareja.
A lo lejos, el gran dorado salta por el aire pretendiendo intimidarme; pero no abandona su feroz lucha. Después de treinta minutos, el «tigre de los ríos» comienza a menguar en su pelea y sus movimientos ya no son tan enérgicos, para finalmente dejarse vencer. La sensación en ese momento es confusa, inmensa alegría y tímida melancolía por haber sacado a ese majestuoso animal de su hábitat natural, haberle quitado su libertad, que no regala ni resigna fácilmente, sino que batalla de modo ejemplar.
Ya con el pez en la lancha y luego de la foto de rigor, decidimos devolverlo al agua, cosa que recomiendo a todos los pescadores. Es la única manera de mantener una fauna sustentable y disfrutar de esta maravilla tanto nosotros como las generaciones que vendrán.
El día avanza; el sol comienza a calentar el agua y los piques y las capturas no cesan. Fue entonces cuando el guía decidió bajar en una isla y agasajarnos con un dorado frito recién pescado. Ver cocinar un pescado a la llama, en una olla de fundición de hierro colgada en las ramas de un árbol, es una experiencia que recomiendo. El final del día se acerca y los piques disminuyen, entonces decidimos levantar nuestros anzuelos y preparar el regreso.
Al atardecer, y convencidos de haber disfrutado no sólo de la pesca, sino también de una paz especial, del silencio absoluto, de esos momentos que uno espera durante tanto tiempo y al terminar tienen la sensación de haber durado tan poco, emprendimos el regreso hacia las cabañas. El sol amenaza con desaparecer y nuestros cuerpos sienten ya el cansancio. Hora de regresar a tierra firme. Llegamos con una mezcla de alegría y angustia, sólo entendible por los amantes de la pesca. Juramos regresar.

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