Ya falta menos

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Por ROMESH RATNESAR

(TIME) -- En el frente de batalla el mejor indicio de cuál es la estrategia estadounidense lo da el humo. La semana pasada, líneas largas e irregulares de humo negro y espeso se erguían sobre los picos y cerros del norte de Afganistán, señales inequívocas de que cada uno de los bombarderos B-52 había arrojado sus 11.000 kilos de bombas sobre las posiciones de los talibán. Para los soldados de la Alianza del Norte que miraban el cielo desde el frente de Taloqan, en el norte, hasta Jabal Saraj, cerca de Kabul, las monumentales nubes de humo y polvo significaban lo mismo: finalmente EE.UU. había decidido llevar la lucha a territorio talibán. "Al fin EE.UU. está haciendo algo útil", dijo Mamor Hassan, un comandante apostado en Taloqan. "Hace mucho que esperábamos algo así. Es nuestro sueño hecho realidad". La Alianza aún está estancada fuera de las ciudades claves de Kabul y Mazar-i-Sharif, y sus líderes llevaban ya varios días decepcionados porque los grandes aviones estadounidenses estaban errando muchos blancos y no acertaban a desarticular las posiciones talibán. Ahora los rebeldes están muy satisfechos, convencidos de que las cosas han cambiado. "Nunca he visto algo así", dice Baryalai, un soldado de 29 años destacado en Jabal Saraj. "Esto fue algo muy distinto".

Los soldados de la Alianza no eran los únicos que esperaban un cambio en la situación. A un mes del comienzo del conflicto bélico, los esfuerzos de EE.UU. son blanco de un coro internacional de críticos -cuyas voces se alzan desde múltiples foros, incluyendo las calles de Quetta y los pasillos del Congreso de Washington- que afirman que la campaña para destruir a los talibán y capturar a Osama Bin Laden se está encaminando rápidamente hacia una derrota humillante o hacia un callejón sin salida; que las bombas estadounidenses están provocando demasiada destrucción, demasiado poca o las dos cosas a la vez; y que EE.UU. debe producir algunos "éxitos" pronto, antes de que comience el Ramadán, el mes sagrado de los musulmanes, y de que la nieve les de a los talibán tiempo para recuperar a la opinión pública y reabastecerse. La conclusión es que EE.UU. no sólo lucha contra un enemigo, sino contra la percepción de que su guerra no conduce a ninguna parte.

Entre los legisladores más conservadores se vislumbra una creciente ansiedad ante lo que consideran una estrategia militar tímida. El número de tropas estadounidenses parece ser escaso, la dependencia de una improvisada Alianza del Norte es excesiva, y las bombas inteligentes demasiado precisas como para asustar a los talibán pero no lo suficiente como para evitar la muerte de civiles. En privado -alejados de los oídos del presidente- algunas de estas quejas se extienden al Gobierno. "La guerra es un asunto miserable", dice John McCain, senador por Arizona. "Dediquémonos a él y listo". Asimismo las fisuras en la coalición internacional se han vuelto más visibles. Los aliados europeos ven que la opinión pública se les está volviendo en contra; en Gran Bretaña, por ejemplo, el apoyo a la guerra ha bajado del 74% al 62% en las dos últimas semanas.

"¿Qué estamos haciendo, por qué lo hacemos, hasta cuándo continuaremos?", preguntó retóricamente el secretario de Defensa Rumsfeld la semana pasada, al repasar una serie de preguntas durante una conferencia de prensa en el Pentágono. "¿Lo estamos haciendo de alguna manera que no nos gusta o que nos decepciona?".

Rumsfeld asegura que para todas estas preguntas hay respuestas positivas. Pero él y sus generales saben que entre los primeros caídos de toda guerra figuran los planes y estrategias previstas. Tras semanas de irritarse ante quienes cuestionaban la campaña por su lentitud, el Pentágono acaso haya concluido que la mejor manera de silenciar las críticas era prestándoles atención. Rumsfeld y sus generales afirman que no se ha producido un cambio abrupto en la estrategia y que la guerra aérea cumple con sus expectativas. "Estamos en el asiento del conductor", dijo el contralmirante John Stufflebeem. Y parece que ahora están pisando el acelerador. La semana pasada el Ejército reveló que hasta 100 "controladores aéreos avanzados" de operaciones especiales ya están en suelo afgano y trabajan en conjunto con los soldados de la Alianza del Norte. lo que permite que los B-52 ataquen sus objetivos sin impactar accidentalmente a las tropas de la Alianza.

Hasta ahora el frente talibán no habían sufrido ataques masivos de las bombas estadounidenses, lo que les permitió neutralizar la avanzada de la Alianza, pero la semana pasada EE.UU. dejó caer el 80% de sus bombas sobre las posiciones talibán en Mazar y Kabul. Y les espera aún más. Rumsfeld promete iniciar bombardeos masivos ininterrumpidos y cuadruplicar el número de soldados en suelo afgano. "La única manera de ganar una guerra es derrotando al enemigo", dice un coronel de la Fuerza Aérea. "Por eso ahora les estamos dando más duro que nunca".

Habrá que ver si los talibán se dan por enterados. El régimen parece algo sorprendido -y más desafiante y engreído que nunca- al hallarse aún de pie tras un mes de guerra con Estados Unidos. Los funcionarios estadounidenses creen que los talibán han explotado el poco respaldo de algunos miembros de la alianza para disuadir a posibles desertores y atraer nuevos reclutas. "Sienten que en realidad tienen medios para ganar", dice un diplomático estadounidense en Pakistán. Un periodista de TIME que la semana pasada pasó tres días en Kandahar entrevistando comandantes y oficiales talibán de alto rango --entre ellos a Tayeb Agha, vocero del líder supremo, el mulá Omar- se encontró con un ambiente cargado de arrogancia. Los oficiales aseguraron que ningún comandante de primer nivel había muerto durante los bombardeos. Omar y Bin Laden, dijo Agha, están a salvo. La propaganda talibán, aceptada incluso por los propios líderes fundamentalistas, es que EE.UU. ha hecho todo lo que podía y con todo eso apenas les infligió unos rasguños. Akhtar Muhammed Usmani, jefe militar de la región, advirtió: "Estamos esperando para luchar contra los estadounidenses -si se atreven".

EE.UU. y sus aliados han comenzado a responder a ese desafío con ataques aéreos más devastadores, unidades comando adicionales para trabajar con la Alianza del Norte y una nueva ofensiva de relaciones públicas para acallar las audaces declaraciones de los líderes afganos. El inesperado éxito propagandístico que tuvieron los talibán al acusar a Estados Unidos de haber atacado civiles de forma indiscriminada -subrayado la semana pasada por la visita a varios restos de casas destruidas en Kandahar- de pronto ha dado a la estrategia de propaganda una importancia similar a la de la guerra en sí. Los ejecutivos estadounidense y británico han establecido nuevos Centros de Información de la Coalición, oficinas al estilo de centros de campaña política ubicadas en Washington, Londres y Pakistán. Su propósito es contrarrestar las declaraciones de los talibán en cuanto se producen. Además, esta semana Bush hará su llamamiento a la guerra cuando, tras encontrarse con Tony Blair, Jacques Chirac, y Pervez Musharraf, pronuncie tres discursos sobre la guerra y el terror -incluyendo su primera aparición ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, programada para el sábado-.

Cuando el presidente hable ante el mundo, deberá exhibir pruebas irrefutables de que el componente militar de su campaña contra el terrorismo está produciendo algo más que ruinas. El Gobierno espera impaciente algún tipo de victoria en Afganistán para que Bush pueda mostrarla como trofeo ante las Naciones Unidas. Funcionarios militares dijeron a TIME que están monitoreando varios refugios en las montañas que separan Kabul de Kandahar donde creen que se esconde Bin Laden. La semana pasada aviones de guerra estadounidenses comenzaron a atacar la zona, intentando matar a Bin Laden o al menos provocar el colapso de las galerías de las cuevas en las que se esconde para inmovilizarlo. "Por lo que sabemos", dice un oficial esperanzado, "podría estar muerto".

Pero los oficiales del Gobierno se conformarían, de momento al menos, con mucho menos. La semana pasada los atronadores B-52s animaron a los soldados de la Alianza del Norte que una semana antes se habían sentido frustrados por las inexplicables limitaciones de los ataques estadounidenses. El general Abdul Nasir, un comandante de la Alianza apostado cerca de Kabul, le dijo a TIME que el jueves pasado uno de los ataques destruyó tres tanques talibán, 15 camiones y dos piezas de artillería. "Comparados con los de días anteriores, esos fueron particularmente efectivos", comenta Nasir. "Esta claro que el enemigo sufrió bajas importantes".

Otros comandantes de la Alianza dijeron que los ataques con B-52 en sus zonas fueron bastante menos precisos y letales, en parte porque los soldados talibán están tan bien protegidos en sus cuevas que ni siquiera un bombardeo masivo puede afectar sus posiciones. "Cuando caen las bombas estadounidenses", dice Shahjan, un subcomandante apostado en Farkhar, cerca del frente de Taloqan, "los talibán corren hacia las cuevas de las montañas". Y cuando los bombarderos se alejan vuelven a salir sin haber sufrido ni un rasguño. Eso puede cambiar cuando lleguen más especialistas desde EE.UU. para marcar los blancos. La presencia de tropas de estadounidenses vestidos de civil y con gorras de béisbol en una pista de aterrizaje para helicópteros al norte de Kabul levantó el espíritu de los rebeldes.

Los analistas afirman que 10.000 soldados protalibán pueden unirse para defender a Kabul, lo que significa que más bombarderos estadounidenses precederán al asalto de la Alianza del Norte contra la capital. Por contra, se espera una ofensiva inminente contra la estratégica ciudad de Mazar. Un funcionario del Gobierno aseguró que capturar Mazar "le levantaría la moral a todos los enemigos de los talibán". Kudratullo Hurmat, un asesor del comandante Mohammed Ustud Atta de la Alianza del Norte, dice que "los bombardeos estadounidenses están ayudando mucho -estamos listos para iniciar una gran ofensiva en dos o tres días". Rusia ha provisto a la Alianza con tanques y con municiones, cohetes y nuevos rifles AK-47. Las fuerzas de Atta permanecen estancadas a 15 kilómetros de la ciudad, y sus dos ataques previos fueron repelidos por los soldados talibán allí destacados.

Pero en lo que parece indicar un punto de inflexión, un representante talibán manifestó a TIME la semana pasada que entre sus filas hay nerviosismo sobre un posible ataque a Mazar llevado a cabo por la Alianza con el respaldo de EE.UU. El temor de los talibán y la esperanza de EE.UU. es que Mazar marque el primero de una rápida sucesión de éxitos como efecto dominó. La ciudad se convertiría en base para que la Alianza avance sobre el territorio norte dominado por el enemigo y cree un corredor por el que lleguen provisiones desde Uzbekistán. Pero los talibán advierten que se pueden producir combates salvajes y que las fuerzas especiales estadounidenses pueden terminar atrapadas. "Los mejores soldados talibán están en Mazar" dijo un representante talibán. "Han jurado no abandonar la ciudad con vida".

El Pentágono ha tratado de advertir al público de que la guerra sería así, despiadada y sangrienta. Pero hasta ahora no hemos visto nada de eso. Algunos comandos que se infiltraron en territorio afgano no han logrado su objetivo, un poco por las tormentas de arena y otro por la resistencia talibán. Dadas las circunstancias, no sorprende que el ritmo lento de la operación militar haya complicado el esfuerzo del Pentágono por validar la guerra ante el público y tachado sus previsiones iniciales por ser demasiado optimistas e inocentes. Hasta ahora el apoyo del público estadounidense continúa fuerte, pero la tarea de convencer a la opinión pública se complicará si la campaña se estanca en el invierno o si crece el número de bajas. "Ahora no es difícil convencer al público", dice un importante asesor de Rumsfeld. "Si en EE.UU. se hiciera una votación sobre la guerra, todos estarían a favor de continuar porque las heridas son recientes. Pero en seis meses ya no serán recientes".

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