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¿Será próspero el año nuevo?

Todo indica que no están dadas las condiciones para repetir el rebote de 2017. La construcción no tendrá efecto reactivador con la obra pública paralizada, la mejora del agro será acotada, la recuperación se la industria será insuficiente y no hay muchas posibilidades de recuperación del salario real.

Todos los datos y el estado de ánimo, fácil de palpar, confirman que para un gran segmento de la población no fueron felices las recientes fiestas. Desde el Gobierno se admite, quizás para no parecer completamente desubicado, que son tiempos duros y que no se puede recuperar en tres años “70 años de fiesta”.

Más complicado y polémico es saber si 2019 será un año próspero. El Gobierno habla de marzo como el arranque de la recuperación. Los economistas más optimistas lo proyectan generalmente para el segundo o tercer trimestre. La mayoría de quienes afirman que no habrá reacción en todo 2019, lo hacen sobre todo con argumentos de tipo estructural.

Sin embargo, hay razones estrictamente coyunturales que hacen muy difícil una reactivación. Viendo el ciclo anterior se advierte que 2016 -devaluación y tarifazos mediante- arrancó con una fuerte recesión, cuya salida llegó a fines de 2016 y en el primer trimestre de 2017. El principal motor fue el crecimiento de la obra pública. En el primer semestre de 2016 se había producido una completa paralización de las obras, pero la profunda caída de la actividad preocupaba al Gobierno a medida que se acercaban los tiempos electorales. De forma que las licitaciones comenzaron a moverse en el segundo semestre del año y el segundo trimestre de 2017 mostraba ya un gran número de obras iniciadas.

La cosecha 2016/2017 fue récord y también hubo una leve mejora del salario real. Esta fue posible por la baja de la inflación, que se produjo gracias a la postergación de aumentos tarifarios y el atraso del tipo de cambio.

¿Qué pasa hoy?

1- En este año la construcción no está llamada a tener un efecto reactivante, sino, por el contrario, pronunciadamente recesivo. El Presupuesto nacional 2019 dispone la virtual paralización de nuevas obras para poder cumplir con las metas fiscales pautadas con el FMI. Tampoco se podrá contar con la dinamización del mercado inmobiliario que permitían los créditos UVA, hoy paralizados. Ya se sabe que por las altas tasas de interés han quedado truncos los Programas de Participación Público Privada que deberían reemplazar a la obra pública. Tampoco puede pensarse que el FMI y mucho menos los mercados toleren que el gasto público exceda las pautas comprometidas con el FMI. Una política “keynesiana” como la aplicada en 2017 no es viable en una economía totalmente abierta para el movimiento de capitales y cuando ya se ha quebrado la confianza. Los datos disponibles confirman el derrumbe de la construcción. Los dramáticos indicadores del sector de los últimos meses elaborados por el INDEC incluyen, a futuro, la drástica disminución de la superficie autorizada de los permisos de edificación de 60 municipios y la encuesta de expectativas empresarias, que muestra proyecciones negativas en materia de demanda y empleo en la obra pública y privada. La culminación progresiva de la obra en marcha que todavía anima hoy al sector no puede sino agravar el escenario.

2- El aporte del agro no será tan significativo. La importante cosecha de trigo no provocará un fuerte ingreso de divisas, porque es claro en el actual contexto que la consigna del productor es “cosechar, vender y guardar las divisas”. Tampoco está teniendo un impacto significativo sobre la demanda global. Ahora todas las apuestas apuntan a “la cosecha gruesa récord” que garantizaría el despegue de la economía. Afortunadamente cabe esperar también una buena cosecha, obviamente muy superior a la del ciclo anterior afectado por la sequía. Pero según lo indican la mayoría de los pronósticos, será bastante inferior a la de 2017, porque las condiciones meteorológicas no son las óptimas. Las pérdidas de la sequía del año pasado determinaron una menor inversión del sector, mucho más teniendo en cuenta las altas tasas de interés. Ello explicaría, por ejemplo, los graves problemas por los que transitan las fábricas de maquinaria agrícola. Por último, y esta vez obviamente a escala ampliada, también rige el principio de “vender y guardar los dólares” para la agroindustria. Todos los pronósticos coinciden en que este año caerán las inversiones en la industria y obviamente en el campo. Sin dudas, las estadísticas de PBI reflejarán el aumento de la producción agroindustrial y habrá un derrame, porque los productores deberán cubrir sus costos. Habrá también un mayor tráfico de camiones. Pero ese efecto será acotado. El tan mencionado impacto sobre el sector externo será pequeño, de forma que los dólares del FMI se consumirán rápidamente cuando vayamos acercándonos a fines de año. Si el sector agropecuario y agroindustrial no liquida las divisas, lo más probable en el segundo semestre es una fuerte suba del dólar.

3- No hay muchas posibilidades de una recuperación del salario real, aun cuando los optimistas lo esperan, al calor de una disminución del ritmo de inflación. En principio, el Gobierno parte de una pauta inflacionaria de 23% para acomodar el incremento salarial, pero la mayor parte de los pronósticos apuntan a un aumento de los precios entre 30% y 35%. Además, el índice de costo de vida subestima ampliamente la caída del poder adquisitivo provocada por los incrementos tarifarios al darles a los servicios públicos una baja ponderación en la canasta familiar. Debe tenerse en cuenta, además, que las paritarias se desarrollaran en un escenario de alto desempleo y temor a quedarse sin trabajo. Por la otra parte, encuentran al empresario ahogado por la recesión y el costo del crédito. No cabe esperar ningún” exceso”, ni del lado de la demanda, ni de la oferta.

4- Es muy difícil en el actual contexto que se produzca la recuperación de la industria que se observó durante 2017. Las últimas cifras confirman hoy un derrumbe del sector, que mostró en noviembre un pico interanual de caída de 13,3. Las expectativas empresariales según la encuesta del INDEC marcan para el trimestre diciembre-febrero un retroceso de la demanda interna de 55% y 35 % no proyecta variación. Sólo el 10 % muestra optimismo en la materia. El 39% de las empresas recortaría el empleo, un 52 % adicional no contribuiría en nada para reducirlo. Escasamente un 9 podría aportar a una mejora. La utilización de la capacidad instalada seguiría -siempre según las expectativas empresariales-un comportamiento similar. Se advierte que la mejora en las exportaciones del sector no mueve la aguja -al menos por ahora- en cuanto empleo y la capacidad ociosa del sector. Enfrentado por un lado a restricciones de oferta, por el elevado costo de insumos importados o dolarizados, el incremento de tarifas y el costo del crédito, junto a una demanda deprimida, la industria no parece en condiciones de reaccionar como lo hizo en 2017. El impulso que en 2017 venía de la construcción -productos minerales no metalíferos, electrodomésticos, hierro redondo, y la industria automotriz-, no se repetirá este año.

5- Por último, el efecto positivo de la actividad turística no puede compararse con el impacto de la caída de la inversión –construcción, vehículos, maquinarias - en todos los sectores de la economía.

Todo indica que no están dadas la condiciones para repetir el rebote de 2017 y mucho menos, dar paso a un genuino proceso de crecimiento.

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