10 de abril 2001 - 00:00

Reclaman terminar con la decadencia

Señor Director:

El siglo XXI nos encuentra inmersos en una crisis extremadamente aguda. Crisis económica, política, social y moral.

El país más importante de Latinoamérica hasta la década del '40 es hoy la Argentina endeudada, fracturada, sectorizada, sin avizorar su salida de la misma. Partidos políticos con estructuras obsoletas prevalecen, impregnados por ende de discursos e ideologismos obsoletos. Regidos por dirigentes virtualmente dotados sólo de ambiciones personales, en una dinámica carente de creatividad y hasta de objetiva percepción de los vertiginosos cambios que se operan en el mundo (con epicentro hemisférico en los EE.UU.).

Sería un verdadero suicidio seguir proyectando al siglo XXI, la caducidad conceptual del siglo pasado. La Argentina debe inaugurar el presente siglo con un rotundo: basta. Basta a su decadencia.

Decía Einstein: «Es una verdadera locura hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes», concepto que constituye una verdadera ecuación.

Aún de manera indirecta la asocio con la célebre frase de Clemanceau cuando afirmaba: «La guerra es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos sólo de militares», de lo que correlativamente extraigo: la economía es demasiado seria para dejarla en manos sólo de economistas.

No obstante esta aseveración, o más precisamente por ella, nuestro dilema vital y trascendente es eminente y exclusivamente político.

De allí que el devenir de la Argentina del siglo XXI que es de la Nación misma y de las nuevas generaciones es inconmensurablemente sagrado para dejarlo en manos de partidos políticos caducos, inmersos en caducos ideologismos.

Afirmaciones corroboradas por la natural indiferencia que les profesa la sociedad en general y la juventud argentina en particular, ávidos de ver reflejados en la dirigencia sus más íntimos y legítimos anhelos de todo orden.

La hora actual exige el verdadero parto de otra dinámica política. Sin la participación de las nuevas generaciones nuestro futuro se encuentra desdibujado.

Debemos rescatar lo mejor de la Argentina, cuando era una esperanza para millones de inmigrantes. Rescatar, actualizar y perfeccionar conceptualmente esa formidable energía intrínseca y proyectarla al siglo XXI.

A través de la figura que expresa nuestra música popular, este concepto estaría reflejado en la simbiosis y síntesis de lo mejor de nuestro tango histórico -hoy vigente en el mundo-con lo mejor de nuestro rock generacional. Nos falta una nueva tónica, un nuevo clamor, una fuerza motriz en marcha.

El espectro político, económico, social y cultural del presente exige la irrupción del liberalismo popular la nueva fuerza del siglo XXI, dramáticamente ausente. Su eje conceptual central y visceral es: capitalismo para todos. Esa es la gran tarea.

La tarea histórica del presente argentino inmanente del mundo que, aún con los graves problemas que afronta, está frente al desafío más alucinante vivido en la historia de la humanidad, cual es incorporar e integrar inexorablemente a la misma al único sistema económico vigente: el capitalismo, palanca de la genuina libertad y de la trascendente proyección del hombre, inmanencia del ciudadano del mundo globalizado.

Dentro de los graves problemas que hoy afrontamos, regidos por un gobierno en el que cohabitan estatistas y liberales dramáticamente no es mucho lo que podemos avizorar y esperar de esta flagrante dicotomía. (Desde la recuperación de la Democracia, Alfonsín y Menem personificaron de manera excluyente la síntesis de aquélla.)

«Capitalismo para todos» es la resultante conceptual, la fuerza motriz vivificante de la democracia, que «vino a quedarse por los tiempos» en nuestra patria. El pleno empleo es su vital prioridad.

Los objetivos de la libertad, de la igualdad de oportunidades, son comunes de toda acción política. Sin entrar a sopesar su trágico y sangriento tránsito por buena parte del siglo pasado, el marxismo y estatismos de diverso orden pretendieron, aunque contradictoriamente, encarnar esos objetivos. La realidad y la resultante pragmática de la historia demuestra de manera incontrovertible que a la utopía de Marx se llega a la realidad de la libertad y de la igualdad de oportunidades por una genuina economía, sólo y excluyentemente a través de Adam Smith, adalid de la economía de la libertad.

Ningún proyecto económico-social es viable sino a través de una genuina economía. Abstrayéndonos del crecimiento e incremento integral del producto bruto mundial, la creatividad del hombre no logró, hasta ahora, superar al mercado como su síntesis naturalmente ordenadora.

La horizontalidad y democratización del capitalismo exige imperiosamente asimismo la erradicación de todo vestigio de corrupción del sistema. Es otra de nuestras urgentes asignaturas pendientes.

De las reflexiones vertidas -al igual de la filosofía- podrá decirse que no sirven para nada... excepto para cambiar a la Argentina.

Pablo Szerzon

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