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Sobre cines que hoy son sólo buenos recuerdos

«Cine, dioses y billetes» (Argentina, 2009, habl. en español). Guión y dir.: L. BruDocumental.

La gente pasa con indiferencia y sólo alguna ocasional nostalgia frente a los viejos templos del cine. Sus frentes apenas lucen restos del relieve de las letras, y aunque a veces esté el nombre completo, ya casi nadie se fija. Todo ha sido refaccionado para otros fines, o está tapiado, sucio. ¿Quién recuerda hoy los grandes murales del San Martín de Avellaneda, esa catedral que albergaba más de 2.000 fieles? La mayoría ni sabe que existió. La familia de su fundador conserva sin embargo, como un tesoro, el cuaderno de bitácora donde él iba anotando gastos diarios y programaciones. En la página más hermosa no hay registro de gastos ni títulos de películas. Simplemente dice, con letra de alguien que se hizo desde abajo, «¡Hoy nació mi hijo! Tres kilos cien».

Historias como ésta hay a montones. Historias de gente común, que ayudó a pasar momentos fuera de lo común. Basta con buscarlas. Lucas Brunetto recopila algunas de ellas, aprovechando la oportunidad de charlar con cuatro veteranos de los cines del sur. Se trata de José Olguín, proyeccionista de aquel mítico y enorme San Martin de Avellaneda, Pedro Strelec, casi nonagenario, toda su vida acomodador del Colonial («de chico soñaba con ser actor», recuerda ya sin pena), Oscar Ursi, motoquero de los viejos tiempos, que hacía «las combinaciones» entre sala y sala llevando los sucesivos rollos de las películas, y, particularmente, Damiano Berlingieri, proyeccionista del Maipú y otras salas de Zona Sur y también de Capital, tan apreciado por distribuidores y periodistas que hoy hasta existe un microcine con su nombre, y ha escrito su propio libro de memorias.

Lo miran con orgullo cuando relata su primera aparición como actor, junto a Hugo Ley en «¡Despabilate, amor!» ( también aparece en «El poder de la censura», «Carne sobre carne», y otras). Y hablan con orgullo de sus propias experiencias, de las multitudes que disfrutaban un espectáculo bien proyectado, de las máquinas que trataban como amigas (como Steve McQueen en «El cañonero del Yang-Tsé», cuando mira el motor y lo saluda como a un compañero de trabajo que merece respeto, «Hola, máquina»). Uno también cuenta de qué forma conoció a su futura esposa en el cine, mientras ella, para quien también pasaron los años, lo mira con ternura desde la puerta de la cocina. Y otro refiere la paulatina muerte de las salas como consecuencia natural de otra muerte, la de tantas fábricas que hoy también están cerradas y abandonadas, viejos templos del trabajo y el progreso. Uno recuerda cuando pasaba «Cinema Paradiso» y se preguntaba cuánto faltaría para que también cerraran y demolieran la sala donde estaba trabajando.

En fin, historias pequeñas, de gente verdadera que ayudó a soñar, cuando las películas eran más grandes que uno, y las familias iban al cine de barrio. No es «Cinema Paradiso», ni pretende serlo, pero igual trae lindos recuerdos, y es un testimonio más que apreciable. Ojalá inspire otros registros similares.

P.S.

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