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"Todo escritor tiene su valija. Hoy en la mía están Borges, Faulkner y Conrad"

Lleva publicados más de veinte libros donde se mezclan novelas, cuentos y ensayos. "La literatura argentina no tiene tantos personajes; los de Arlt, Puig, Piglia, Saer, Cortázar, Borges y no muchos más", sostiene.

“No sólo en mis libros se establecen coincidencias, también en mi vida se dan de manera alucinante...”, señala Luis Gusmán, del que se acaba de publicar “La valija de Frankenstein” (Edhasa), y reparte obras a pequeñas editoriales por caso en tirada artesanal “Esas imbéciles moscas” (Godot), y “La literatura amotinada: Ricardo Piglia, Héctor Libertella, Leónidas Lamborghini” (Tenemos las máquinas) sobre “la literatura que plantea un motín a la literatura establecida y regulada”. Gusmán, uno de los nombres de la literatura porteña de los años setenta, ha ganado el premio Konex de Oro, es psicoanalista y lleva publicados más de veinte libros donde se mezclan novelas (“El frasquito”, “Brillos”, “El corazón de junio”, “El peletero”, entre otros), libros de cuentos y de ensayos. Su novela “Tennessee” fue llevada al cine como “Sottovoce”. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Se inició en la narrativa y ahora se dedica al ensayo?

Luis Gusman: Hace un tiempo dije que cuando no pudiera escribir más ficción iba a escribir ensayos, iba a escribir sobre otros. No sólo salen esos tres libros de ensayos, salió la reedición de “Epitafios” (17 grises), y se suma “Flechazo” (Emecé), sobre los encuentros y las despedidas en literatura, por caso el primer encuentro de Emma Rouault, futura Madame Bovary, y Charles Bovary, que es una mirada doble, en espejo. O cuando en “El corazón de las tinieblas” Charlie Marlow ve a Kurtz e invierte el largavista para alejarlo. Y sale también “Avellaneda, tangos gemelos” (Ampersand) una autobiografía sobre Avellaneda y sobre el tango. Y tengo “Yo avanzo enmascarado” una colección de artículos. Y, claro, un par de novelas...

P.: Su primera novela, “El frasquito”, provocadora, desarticulada, barroca, obscena, le valió una prohibición que lo hizo conocido, después pasó a novelas más formales.

  • G.: Hice el camino inverso al de Libertella. Héctor arranca con el Premio Primera Plana, gana el Paidós, gana el Rulfo, y después se pasa a textos más de vanguardia. “El frasquito” se tomó por una novela vanguardista, yo la escribí como podía. La prohibición salió en enero de 1977, el día de mi cumpleaños. Siempre digo que es un libro dictado por mi madre espiritista. Tiene una ortografía alucinada. Es un libro incorregible. Junto a “Villa” son los únicos que no toqué, los demás los corregía a todos. Con “El corazón de junio”, una novela ética sobre qué le pasa a una persona que recibe el corazón de otro, fui a algo más tradicional pero, como soy yo, me dispersé nuevamente y me metí con el corazón en la obra de Conrad, de Flaubert, de Dostoievski, con el bombardeo del 16 de junio en Buenos Aires y la muerte del hermano de Joyce en Trieste, justo ese día en que comienza el “Ulises”, y al argentino J. R. Wilcock -traductor de “Finnegan wake”- que muere en Roma de un ataque cardíaco, según me contó Piglia, rodeado de libros sobre el corazón.

P.: ¿Cree que su narrativa cambió con su novela “Villa”?

L.G.: Hasta “Villa” no lograba un argumento lineal y lo que para mí es un personaje. La literatura argentina, convengamos, no tiene tantos personajes. Todos los de Arlt, Molina en Puig, Renzi en Piglia, Tomatis de Saer, Oliveira de Cortázar, Funes en Borges, no muchos más. Con el doctor Villa, ese médico que trabaja en el Ministerio de Bienestar Social que dirige López Rega, consigo un personaje, y que importa más la historia que el lenguaje. En eso sigo en “El peletero”, en “Hasta que te conocí”. Para contar una historia, para el suspenso, me sirvió mucho la lectura de Graham Greene. Otro desafío fue contar una mujer. La Maga, en Cortázar, en una versión femenina de Oliveira. Puig supo hacerlo como nadie. Pero la trama me ha hecho perder escritura. Antes como hablaban los personajes ni me preocupaba, desde “Villa” ya no. Antes las novelas era como que me eran dictadas, y después, elaboradas desde la historia.

P.: En sus primeros libros lo criticaban por no saber contar historias...

  • G.: Me lo tomé en serio, y empecé a escribir cuento, lo que me imponía contar historias. Ahora la trama manda en mí, y es decisiva. Los ensayos son una pausa en la búsqueda, en la elaboración. Aunque a veces la lengua habla sola, tiene el don de la ironía y la precisión. Piglia va a ver a Borges a la Facultad. Quiero hablar con usted. Venga después de la clase. Termina la clase. Piglia se acerca. Vengo ha hablar con usted. No puedo, estoy esperando al señor Piglia. Yo soy Piglia, Borges. Qué suerte que los dos sean uno.

P.: ¿Por qué en “La valija de Frankenstein” mezcla tantos libros y autores?

L.G.: La criatura, el monstruo, le pide al doctor Frankenstein que le haga una igual porque se siente muy solo. Un modo de encontrar otros es la lectura. Él aprende a leer escuchando leer “Las ruinas de Palmira”, de Volney (que dicen que Sarmiento lo plagió en el “Facundo”). Luego llevara con él una valija de libros, y se volverá crítico de sus lecturas. Todo escritor tiene su valija, que va cambiando. En la mía, a los 18 años, estaban Arlt, Dostoievski, Celine. Hoy no sé qué estaría ahí... Bueno, Borges, Faulkner, Greene, Conrad, siempre. La literatura se produce a partir de valijas personales que se van mezclando. Son incontables los que guardan, protegen, pierden o le roban valijas llenas de libros que son sus ventanas al mundo.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

L.G.: “Dos extraños”, sobre un famoso cantor de tango, Adrián Ventura, una especie de Goyeneche, que porque tiene acúfenos ha decidido dejar de cantar. Hay un concurso en Mar del Pata donde se presentan los que lo imitan. Se corta el pelo, se lo tiñe, y entra diciendo que se llama Omar Mortesi. Va como imitador de sí mismo. El que es, va a competir con el que fue. Y ahí escucha lo que dicen de él. Y no todo es lo que quisiera oír. A veces se divierte con las cosas que le inventan, otras se amarga. Y estoy con un ensayo, “Sueñan los detectives”, donde reúno sueños que aparecen en novelas policiales.

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