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Try o gol... el mismo sentimiento

Dicen los entendidos que los que son buenos en un deporte, pueden desempeñarse bien en otros. No muchos casos son los que confirman esa regla. Alguna vez Michael Jordan dejó el básquet en el mejor momento de su carrera para ser un regular jugador de baseball. En España, dicen que Rafael Nadal era un excelente delantero, pero que a la hora de elegir se decidió por el tenis, y lo bien que hizo. Ya en Argentina, Víctor Galíndez dejó el boxeo para probar suerte en el automovilismo, pero la mala suerte lo truncó en sus inicios. Como si todos estos ejemplos no fueran pocos, en Tucumán tienen su vernáculo y sorprendente caso. Todos en el Jardín de la República conocen la historia del Martín Terán futbolista, algo que quizás en el resto del país sorprenda a más de uno.

El hombre, a sus 27 años, ya había logrado todo lo que un rugbier tucumano pueda soñar. Había sido campeón 4 veces con Los Naranjas, otras 5 con Tucumán Rugby, jugó mundiales, le hizo dos tries a Australia... En fin, estaba en su mejor momento, pero un nuevo desafío había en su horizonte.

Martín Terán solía (y suele) jugar con sus amigos un infaltable picado de fútbol. Apenas llega un tiempo libre, comienza a pegarle a la redonda. El muchacho se destacaba. Y una tarde de verano, en 1995, le acercaron la propuesta decente. Me sugirieron que vaya a jugar a Atlético Tucumán. Fui, me probé y quedé. Yo siempre fui hincha del club, lo iba a ver en todas las canchas. Era un sueño para mí, le dijo a AlRugby el protagonista de esta historia. Así fue que Martín comenzó a jugar en un club que suele convocar 20 mil personas por partido en su estadio, que hoy tiene 110 años de historia y cuya camiseta vistieron nombres como Julio Ricardo Villa, Rafael Albretch o Pedro Damián Monzón, entre otras grandes glorias. Nada más ni nada menos.

Terán en un primer momento fue visto como un bicho raro. Era el choque de dos mundos diferentes, y muchas veces enfrentados. Pero a esa desidia la fue disipando con goles. Gracias a su velocidad, el wing (sí, el mismo puesto que en el rugby) metió 18 goles en su primera temporada en el equipo que participaba en la Liga Tucu-mana. Esto motivó que lo convocaran al plantel superior de la B Nacional.

Y allí fue. Esperó su turno y le llegó sobre el final de la temporada 1996/97. No fue un buen año, ya que Atlético peleó el descenso.



Justamente, en la anteúltima fecha, se enfrentó a Douglas Haig de Pergamino en Tucumán. El empate lo complicaba, pero Martín entró faltando 10 minutos y cuando el partido se moría, metió un furibundo cabezazo para salvar la categoría de su equipo. Todos me preguntan cuál deporte es más lindo. Yo digo que mi preferido es el fútbol. Pero el rugby es mi vida, expresó.

Después priorizó su familia y terminó dejando la redonda. Aún hoy el hincha de Atlético lo recuerda y le agradece aquel gol. Él cierra los ojos y en sus oídos todavía resuena una ovación. No importa si es en Gales marcándole un try a los Wallabies o si es en el Monumental de Atlético haciendo el gol decisivo para salvarse del descenso. Da igual, la emoción del deporte lo vale.

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