Edición Impresa

Tute: "Toda autobiografía es ficcional en algún punto"

El dibujante presenta "Diario de un hijo", un libro en el que repasa la relación con Caloi, su padre y mentor, a través de la historieta.

“Sacar belleza de este caos es virtud”, cantaba Gustavo Cerati en el tema “Deja Vú”. La frase sirve como síntesis de “Diario de un hijo” (Sudamericana, 2019), el nuevo libro del dibujante y artista gráfico Juan Matías Loiseau, alias “Tute”, en el que repasa su vida junto su padre y maestro del oficio, el entrañable “Caloi”.

A través de la historieta, Tute da vida a un relato sensible al que define como un “ejercicio de memoria”, que tiene como génesis la muerte del creador de Clemente en 2012. Allí, a partir de la elaboración del duelo, comenzó un proceso de retrospección en el que el autor volcó en el papel sus experiencias, angustias y vivencias junto con uno de los grandes maestros argentinos del dibujo, desde una óptica propia de un hijo. Los días en José Mármol, la transmisión del oficio, y la partida del maestro, entre otros tópicos, forman parte de una obra que conjuga emotividad y calidad en tres registros de escritura distintos.

En diálogo con Estilo Á, el humorista repasa los entretelones de su reciente obra: el trabajo en soledad, la lucha contra los fantasmas, y la oportunidad de resignificar escenas del pasado a través del arte, en una obra a la que califica como “una suerte de exorcismo”.

¿Cómo surgió la idea de retratar la relación con tu padre?

Tute: Fue en 2012, el mismo año en que murió mi viejo. Yo estaba de viaje en Chile y se me ocurrió en un bar. Después me traje las servilletas de allá con algunos de los dibujos que había hecho, y con el orden que yo le quería dar a la trama. Lo que hice fue armar la estructura como si fuera una novela, con todas las cosas que yo quería retratar. El proceso duró unos cinco años, recién lo terminé en 2017. Cuando empecé sentí que no eran aguas en las que yo me pudiera meter en ese momento, no estaba preparado. Hubo que hacer todo un proceso en el medio, plantearme cómo encarar el tema, y todo eso, lo que pasó en esos años, quedó incorporado de manera formal al libro.

¿De qué modo?

T.: El libro tiene tres registros. En el primero es donde aparecen mi viejo y mi familia con rasgos reconocibles. Es una suerte de autorretrato, acá está la relación con él; el segundo es el personaje que yo hago en la revista La Nación, que es un personaje más anodino, acompañado de su inconsciente. El tercer registro es el analítico, que está encarado desde el psicoanálisis, en el que se habla desde las marchas y contramarchas que tuvo el proceso. En este último quedaron plasmados los distintos estados que fui atravesando desde el duelo. Es decir, son tres registros distintos pero que están conectados. El libro terminó siendo la conjunción de todo eso, de contar una historia y recordar, un ejercicio de memoria.

Hablás de elaborar desde el duelo, un proceso bastante complejo, ¿te sirvió para resignificar aspectos de la relación con tu padre?

T.: Eso me fue pasando a lo largo de la vida, no con el libro particularmente. En la obra plasmo todas estas impresiones que pasaron a lo largo del tiempo. Igual, siempre cuando terminás un libro sentís que algo nuevo tenés que contar. Yo pude avanzar gracias a que tenía el duelo bastante masticado, lo tenía procesado; creo que pude encarar este libro gracias a eso. Eso fue clave para avanzar con esta obra. De todos modos, no fue del todo fácil. Haberlo dibujado a mi padre, hacer las líneas, los trazos, que configuraban su cara, su cuerpo, ir poniéndole palabras, en algún punto era ir reviviéndolo. Además, trabajé mucho de noche y eso también tenía su carga. Me gustó honrar a mi viejo, de algún modo fue cerrar un ciclo.

Más allá de las experiencias personales, ¿le diste lugar a la imaginación en el proceso creativo o te abocaste solo al plano de lo real?

T.: Creo que toda autobiografía es ficcional en algún punto. El recuerdo es ficcional, hay una parte de verdad, pero también hay sustituciones, selecciones, modificaciones. Desde ese aspecto, si le di lugar a la imaginación. Siempre es un hecho clave a la hora de crear. De hecho, la aparición del inconsciente como uno de los personajes es parte de ello.

“Diario de un hijo” es un libro con una cuota importante de emotividad, ¿tuvieron una relación abierta desde el plano emocional con tu padre?

T.: Siempre fuimos bastante pudorosos, él lo era y yo también. Tal vez no muy demostrativos, pero hoy yo estoy tranquilo. Estoy en paz. Creo que es buen libro, y que fue reconfortante haberlo hecho. Hoy en día, para mí, la historia está contada con un nivel de exposición soportable. Es un libro interesante para mi hija menor, por ejemplo, que no llegó a conocer a su abuelo, y me parece que le puede servir para saber quién fue. Me pasó que una vez que me llegó impreso, lo leí y encontré que el libro estaba bien, que me gustaba. Sentí que de algún modo fue una especie de exorcismo.

¿Y desde el punto de vista artístico qué balance hacés?

T.: También estoy conforme desde ese aspecto. Creo que hay un equilibrio entre la historia y el nivel artístico, desde el punto de vista formal, que redondean un buen trabajo.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Temas

Dejá tu comentario