Opiniones

Un G20 con mucho ruido y pocas nueces

La realización del G20 en nuestro país representa un gran desafío, en un contexto internacional complicado, tanto en lo político como en lo económico, y con nuestro país atravesando un complejo cuadro social que no representaba el mejor momento para una cumbre de este tipo.

En el plano internacional, la expectativa estaba mayormente centrada en situaciones particulares o en cuestiones bilaterales -como el encuentro de Donald Trump con el presidente chino, Xi Jinping- que en alguna resolución a nivel global, dado que estamos asistiendo a los últimos efectos de un modelo que pretendió regir a los países luego de la caída del Muro de Berlín y de la desaparición de la URSS, pero aún no se vislumbra otro que pueda reemplazarlo.

El modelo de la ideología de la globalización, basada en los postulados del neoliberalismo, el Acuerdo de Washington y la preponderancia de la OMC (Organización Mundial de Comercio), como señera y disciplinante de las relaciones internacionales, ya forma parte de los libros de historia.

Todo comenzó a desencadenarse en 2008, con la crisis de los subprime (conocida popularmente como la crisis financiera de las hipotecas) en los Estados Unidos, que puso en duda los mismos cimientos teóricos del neoliberalismo predominante. Es conocida la anécdota de la Reina de Inglaterra, que en una amplia reunión de economistas le pregunta a Robert Lucas -creador de la teoría de las Expectativas Racionales y uno de los padres del neoliberalismo moderno- por qué no se había podido predecir la crisis económica mundial, y la respuesta de Lucas fue que esa predicción no le correspondía hacerla a la Economía.

A posteriori, sobrevino la constatación en muchos países centrales que los resultados sociales distaban mucho de lo proclamado, con índices elocuentes de aumento de la marginación y de la pobreza.

El Brexit, las tendencias nacionalistas y proteccionistas en Europa, y las políticas en el mismo sentido llevadas a la práctica por Donald Trump, marcaron un cambio de rumbo que, a esta altura, aparece definitivo.

Y, por último, está la pérdida de gravitación de la OMC, que ya dejó de ser la institución que marcaba el camino y cuya crisis ahora se ve agravada por el hecho de que los Estados Unidos se estaría negando a proponer miembros para su Tribunal de Apelaciones, con lo cual estaría a pasos de ser desactivada, ya que no tendría razón de ser su funcionamiento sin un tribunal que pueda dirimir las diferencias entre sus miembros.

Con este panorama, en el G20 se esperaron algunos anuncios, reuniones bilaterales, fotos de primera plana, y buenas intenciones además declaración final, pero en lo sustantivo y en relación con la creación de un nuevo modelo de relaciones internacionales eminentemente nacionalista y proteccionista, por ahora, nada que se vislumbre.

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