Espectáculos

Una exposición fotográfica viaja a los años de la felicidad

Fanny Fingermann y Eduardo Joselevich fundieron el pop y el diseño al servicio de la publicidad de una Argentina hoy económicamente quebrada, que por entonces se encontraba en pleno desarrollo.

La creatividad argentina suele deparar sorpresas. “Distancia de una figura” del dúo Fototrama, que en estos días exhibe la Fotogalería del Teatro San Martín, es un caso revelador. El viernes se inaugura la decimoquinta edición de BAphoto, la feria especializada que este año aspira a mostrar la excelencia y complejidad de varios creadores argentinos. La exposición se remonta al año 1963, cuando los diseñadores Eduardo Joselevich y Fanny Fingermann crearon un mecanismo que les permitió llevar el pixelado de los medios gráficos a los carteles publicitarios. Los curadores, Ariel Authier, Bruno Dubner y Lara Marmor, observan: “Fototrama fue un modo de representación y producción de imágenes de punta: sustentable y previo a la creación del pixel digital”. Así potenciaron su poder de choque y, algunos, con la impronta del arte Pop, ocuparon un lugar insoslayable en la historia del diseño.

El mejor ejemplo es el mural de la Peluquería Eros de 1968. Perceptivo, Humberto Rivas fotografió la fachada con el bello rostro de Natalie Wood pixelado, dividido en cuadrados de plástico de cinco centímetros rojos y blancos. Algunos de estos cuadrados ostentan un círculo contrastante en el centro y todos se encastran manualmente con facilidad en una grilla de metal. La imagen tiene el encanto del arte Pop y de las estrellas glamorosas de Hollywood, es visualmente atractiva y ópticamente poderosa. En ese entonces, desde 1968 hasta 1970, Jorge de la Vega pinta su “Rompecabezas”, una serie de cuadrados también ensamblables en blanco y negro que hoy integra la colección del Malba. Resulta inevitable ver los aspectos en común que el emblemático De la Vega tiene con la fachada de la Peluquería Eros.

El Pop conquistaba adhesiones en Londres, Nueva York y también en Buenos Aires. Su espíritu sobrevolaba la calle Florida. Cuando el galerista que puso este movimiento en el candelero, Leo Castelli, llega a la Argentina con una muestra de Andy Warhol, invita a Fingermann y Joselevich a exhibir sus trabajos en Nueva York. Ellos dicen que no. Y ya se habían negado a exponer en el Instituto Torcuato Di Tella cuando fueron invitados por el propio Jorge Romero Brest. En 1964, un año antes de su viaje a Buenos Aires, Leo Castelli había exhibido las pinturas pixeladas e inspiradas en el comic de Roy Lischenstein, artista sin duda emparentado con nuestros diseñadores. “Fingermann y Joselevich se forman en arquitectura durante un momento muy particular de la Argentina; con maestras y maestros que cambian la manera de pensar el diseño y la vida”, observa Bruno Dubner y así destaca la distancia entre dos disciplinas diferentes, el arte y el diseño.

La Argentina de Fototrama era otro país, la pujanza económica se percibe en los carteles que invaden el paisaje urbano. Allí está el inmenso cartel de IKA (Industrias Kaiser Argentina), con el Ambassador 990, el modelo de Rambler que cambió la historia del automovilismo local. Junto a los logos de YPF, se ven las publicidades de Olivetti y Ferrocarriles Argentinos y los bancos Nación, Ciudad y Tornquist. Además, Fototrama diseñó sofisticados interiores donde se observan las sillas Tulop y el mobiliario de Mies Van de Rohe. Todo era decididamente moderno. En las vitrinas hay unas hojas cuadriculadas con dibujos donde queda en evidencia que cada imagen está traducida a una fórmula geométrica que se puede dividir para transportarla al cartel. De este modo se exhibe desde un jamón y un chanchito hasta el inolvidable rostro de Marilyn, ícono irrefutable del Pop.

En la gran sala cuelgan imágenes que registran las intervenciones en el cambiante paisaje urbano. Una breve fotografía en blanco y negro muestra el montaje de un inmenso cartel en la Avenida 9 de Julio, junto al Obelisco. Entretanto, acaso con afán didáctico, se presentan dos fragmentos de carteles; uno representa un rostro dividido en cuadrados naranjas y blancos; el otro es un ojo en blanco y negro. Para ver las figuras hay que alejarse varios metros y observarlas desde un punto de vista sesgado. Como si fuera un gigantesco cuadro puntillista, de cerca no se ve nada. “En Fototrama, Fingermann y Joselevich fundieron el pop y el diseño al servicio del sistema publicitario de una Argentina hoy económicamente quebrada, que por entonces se encontraba en pleno desarrollo industrial”, concluyen los curadores.

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