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Una política antiinflacionaria sin fundamentos

“Las fuerzas económicas que reducen la inflación ya están en marcha” afirmó sin ruborizarse el presidente del Banco Central Guido Sandleris, al difundirse que el incremento del costo de vida en abril fue de “sólo” 3,4 % luego de haber alcanzado a 4,7 % en marzo. Cabe recordar que el Gobierno había afirmado que la inflación estaba en baja partiendo de 2,6% que alcanzó en diciembre, pero luego subió en enero a 2,9%, en febrero a 3,8 % y en marzo a 4,7 %.

Pero es cierto que ahora si hay por lo menos algunas “fuerzas económicas que reducen la inflación”, pero son medidas tramposas, de elevado costo económico y social, que no tiene nada que ver con la teoría de la inflación que ha aplicado sistemáticamente el Gobierno y lo llevó siempre al fracaso.

La posibilidad de que se reduzca el ritmo de aumento de los precios en los próximos meses estriba exclusivamente en que se postergaron hasta fin de año los aumentos de tarifas y que se consiguió un apoyo prácticamente irrestricto del FMI para mantener unos meses congelado el dólar. Son medidas de carácter puramente electoral.

Por un lado, los contratos con las empresas proveedoras de servicios públicos dolarizados e indexados siguen vigentes, incluso se les está dando una compensación monetaria por ver diferidos los aumentos, pero estos indefectiblemente tendrán que ser aplicados después de las elecciones.

En cuanto al congelamiento del dólar se hace al precio de consumir las pocas reservas netas que el país tiene, lo que nos deja totalmente desprotegidos para el año próximo. Sólo se cuenta con el apoyo del gobierno norteamericano, reafirmado en el reciente diálogo telefónico entre Trump y Macri y luego por el embajador de EE.UU. en nuestro país, para evitar un default que de otras formas sería inevitable. Pero para el 2020 no quedarán reservas por liquidar y no habrá tampoco urgencia electoral, de forma que sólo un ajuste aun más brutal que el actual logrará que el apoyo de EE.UU. se sostenga. Y ese ajuste implicará desde luego una fuerte devaluación adicional.

El actual Gobierno cree literalmente que la inflación es de origen puramente monetario. Por eso, aunque arrancó con una fuerte devaluación y grandes tarifazos, se vio sorprendido porque la inflación era muy alta en 2016. El entonces presidente del Banco Central creía que era suficiente para enfrentarla una política de “metas de inflación” basada en subir las tasas de interés cuando el aumento de los precios desbordaba lo previsto. Además, se esteriliza el dinero excedente a través de la colocación de letras del Banco Central, sean Lebac o Leliq. El error de esas estrategia fue reconocido durante la corrida del año pasado y el nuevo presidente del Banco Central decidió no aplicar una política de metas de inflación, sino controlar la evolución del principal agregado monetario, la base monetaria.

El supuesto de que controlando la emisión se controlan los precios tiene que ver con la teoría cuantitativa de la moneda. A más dinero en la economía con igual producción, los precios tienen que subir. Por el contrario, si no hay más dinero los precios tiene que ir desacelerándose. Pero no se contempla en el cálculo la posibilidad de que el congelamiento de la cantidad de dinero sea acompañada con una baja del nivel de actividad económica. Si la cantidad de dinero permanece constante, pero cae la actividad económica el dinero es suficiente para alimentar la suba de los precios. En Argentina, donde hemos conocido tan bien la alta inflación y la hiperinflación, los fabricantes y comerciantes prefieren reducir sus ventas drásticamente antes de correr el riesgo de no poder cubrir el costo de reposición. Sin cubrir el costo de reposición cada venta representa una pérdida. Más vale mantener la mercadería en los estantes que tener que reducir cada mes el volumen de negocios, liquidando el capital de la empresa.

Por otra parte, además de la emisión monetaria cuenta la velocidad de circulación del dinero. Cuando hay expectativas de inflación en alza, los argentinos tratamos de gastar la plata más rápido. Eso implica que aun sin crecimiento de la cantidad de dinero el crecimiento de la velocidad de circulación tenga el mismo efecto que la emisión.

En definitiva, los argentinos sabemos por experiencia que la teoría monetarista de la inflación es insuficiente para contener el alza de los precios. El Gobierno quiere realizar una gigantesca redistribución de ingresos a favor de los exportadores y los productores de energía a costa de los demás sectores de la economía, o sea productores para el mercado interno, comerciantes, trabajadores y jubilados. O sea, una gigantesca redistribución de ingresos en contra de la gran mayoría, con un cierre masivo de empresas y comercios y una dramática disminución del salario real. Está logrando ese objetivo, pero como los precios y salarios no se quedan quietos sino que acompañan todo los posible al dólar y las tarifas la inflación se mantiene muy alta durante mucho tiempo y la recesión se hace muy profunda porque la destrucción del mercado interno para una economía como la argentina arrastra consigo a toda la sociedad.

Quizás, sólo quizás, se produzca una efímera baja de la inflación en los próximos meses, al mantenerse congelado el dólar y las tarifas. Pero una de las causas estructurales de la inflación que nos afecta es el desequilibrio del sector externo, que se ha agudizado en los últimos años por la erróneas políticas de endeudamiento del país. De esa forma, la escasez de dólares se traduce en una fuerte presión alcista sobre la moneda norteamericana. Si bien la disposición del FMI y aun del Tesoro norteamericano de crear mínimas condiciones de estabilidad económica hasta las elecciones puede aliviar esas presiones es muy probable que haya una corrida suficientemente fuerte como para desbordarla. Lo que no cabe duda es que el desbalance absoluto del sector externo argentino lleva con o sin default de la deuda a un alza sustancial del dólar después de las elecciones si no hay un cambio de 180 grados de la política económica.

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