Política

Una relación con Fernando de la Rúa en primera persona

Especial para Ámbito Financiero - Conocí a Fernando de la Rúa poco después de la Guerra de Malvinas, en agosto de 1982, en el estudio de Marta Bassi ,en la calle Las Heras y Callao. Una joven radical que empezaba sus estudios en la UBA se encontró con el mito: ¡el senador que en 1973 le había ganado al candidato de Perón! Un año después trabajé en su candidatura presidencial, para la elección interna en la que el alfonsinazo arrasó. En 1989, cuando la alianza entre el justicialismo y María Julia Alsogaray eligió senador a Eduardo Vaca, ignorando el voto mayoritario porteño por De la Rúa, le escribí una carta ofreciendo mi esfuerzo para renovar el partido detrás de su liderazgo. No eran tiempos prolíferos para la militancia femenina y menos si ésta no era de corte alfonsinista, sin embargo pude construir una relación política personal que me permitió conocer la Argentina en toda su magnitud, integrando la comitiva en diferentes giras.

Fernando de la Rúa fue un hombre de Estado: inteligente, estudioso, políglota, tímido, cálido con los más débiles, fueran jubilados, indios o discapacitados, y distante con el resto. También fue un radical clásico que se preparó toda su vida para alcanzar la presidencia de la República, con sacrificio personal y familiar. Le costaba aceptar que el votante radical que lo acompañaba fuera moderado y la estructura del partido dominada por el alfonsinismo lo denostara.

Era defensor de la Constitución histórica y sin embargo la reforma de 1994 lo convirtió en el primer jefe de Gobierno elegido por el voto popular.

Coti
Congreso. El velatorio de Fernando de la Rúa ayer en el Congreso sumó una multipartidaria: Oraldo Britos y Enrique Nosiglia, entre ellos.
Congreso. El velatorio de Fernando de la Rúa ayer en el Congreso sumó una multipartidaria: Oraldo Britos y Enrique Nosiglia, entre ellos.

El resultado de su gestión lo convirtió en el candidato natural a la presidencia, la que obtuvo por amplia mayoría y en primera vuelta. Heredó un altísimo déficit fiscal, un inédito nivel de desempleo y un escenario internacional desfavorable, en el que nuestras exportaciones estaban depreciadas. Respetó a rajatabla la independencia del Poder Judicial y a la Corte Suprema porque habían sido designados conforme a derecho.

La alianza de Gobierno horadaba a su propio presidente en forma permanente, empezando por la irresponsabilidad de su propio vicepresidente Chacho Álvarez. Gobernó con todos y para todos, no era socialdemócrata: era radical y creía en el federalismo de concertación entre gobierno federal y provincias.

El derrocamiento de su Gobierno fue acompañado por una denuncia sobre pago de sobornos para aprobar la ley de flexibilización laboral. Un grupo de radicales heridos por la incorporación de Domingo Cavallo al Gobierno pidieron su expulsión de las filas de la UCR, pretensión rechazada por Hipólito Solari Yrigoyen, presidente del Tribunal de Ética partidario.

En sede judicial fue juzgado y absuelto por el tribunal más probo del país integrado por los jueces Pons, Larrambebere y Gordo, que en razón de las inconsistencias detectadas en la instrucción del sumario, ordenó investigar a los instigadores de la denuncia y al propio juez Rafecas. Ese fallo no mereció comunicado alguno por parte del Comité Nacional de la UCR.

No existe en la Argentina actual político alguno con buena fe que desconozca la verdad sobre los episodios de diciembre de 2001 que pusieron fin a su carrera política. La historia pondrá en perspectiva los hechos y sus consecuencias posteriores que postergaron 20 años la modernización nacional, abriendo las puertas de un período muy aciago.

Desde su retiro político hasta sus últimos días no dejó de comparecer ante los tribunales cada vez que fue requerido y luchó con la dignidad de su personalidad hermética y austera contra la enfermedad que lo aquejaba. Se fue un presidente con sueños para la Argentina: se fue un hombre de bien.

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