Espectáculos

Una visita a la obra de Carlos Gallardo

Durante algunos años le dio también la imagen al San Martín.

En el Espacio de Arte de la Fundación OSDE tiene lugar la exposición-homenaje “Carlos Gallardo-obras 1983-2008”, al cumplirse el décimo aniversario de su fallecimiento. Hay un acrílico de la serie de 1989, “Godot, ¿dónde estás?” año en el que conocimos su obra por primera vez en la Fundación San Telmo, en cuyo catálogo con prólogo del crítico Bengt Oldemburg, escribimos: “como si el color lo acompañara en la gris Bruselas, puede pasar de los tonos sombríos a los brillantes rojos. Grafismos sobre el soporte, profusión de escaleras interminables y sillas, figuras en esquemáticos trazos en un espacio escénico”.

No hay un recorrido lineal ni cronológico, así que aparecen entonces las melancólicas fotografías en blanco y negro del puerto de Amberes pertenecientes a “Errancias” (2008), así como “Theatrum Mundi” (2008), 14 fotografías de escenas portuarias y pequeñas cajas de resina que pertenecieron al Correo Central con inscripciones de números, fechas, días y meses del año en las que ubicó, estratégicamente, mínimas esculturas de personajes compradas en Canadá. Ante la obra de este destacado artista nacido en Argentina en 1944, ascética, con materiales que no son visualmente atractivos, cadenas, cables, partes de buzones, resortes, clips, jeringas, por sólo nombrar algunos, el contemplador no puede dejar de conmoverse: “Me he convertido en un basurero que recoge por las calles del mundo todo vestigio de memoria que le puede ser útil para desarrollar una idea”, dijo.

Gallardo habla del tiempo, de la memoria; hace preguntas que difícilmente puedan contestarse -una constante en su obra-: ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué? En “On & Off” (1988) que después mostró en 1994 en la Galería Der Brücke, hace un crítico análisis del momento que denominaba “espacios reflexivos”. En esa exposición había cartas recibidas, apiladas o entre tablones de madera, sus fotos familiares, sus memorias, que también pueden ser las del espectador. De esa muestra titulada “Con Textos”, está presente una obra excepcional, “Destiempos”, acrílico s/plomo; son en realidad agendas que coleccionó durante 15 años y que aparecen clausuradas, atornilladas, como si quisiera evitar su destrucción por el paso del tiempo.

De 2008 está “Erratum”, un políptico de fotos de sillones desvencijados sobre adoquines, tomas de botes, una atmósfera de abandono. Sobre cada una, un verso Hugo Mujica: “Y la casa se va/la casa insomne que se levanta y anda entre ruinas/se va yendo contigo. ¿Quién me oirá si no me oyes?/ ¿quién interrogará por el miserable misterio de mis huesos/ y nadie me responde?” . “Perpetual Motion” (2003) son instalaciones de pared, mecanismos en los que persiste la presencia de la energía del movimiento, fotos de reflectores. “Queen Size” es una serie realizada en 2003, estructuras metálicas con negativos fotográficos, resortes, semillas.

No está en la muestra pero sí en un video una instalación de 1993 en el Museo de Arte moderno y que hoy debería haber quedado como espacio de meditación. En ese entonces, las paredes sin revocar oficiaban de marco a dos muros cubiertos de nombres que se entrecruzaban sobre un espejo de agua. Durante el recorrido de la muestra cuya curaduría estuvo a cargo de Mercedes Casanegra, hay un espacio para sentarse y ver un video de ese otro mundo compartido en la vida y en el arte con Mauricio Wainrot, con quien comenzó a trabajar en instalaciones de escenas y vestuarios para el Ballet del Teatro San Martín, “Carmina Burana”, “La Sinfonía de los Salmos”, “Janis for Joplin”, “Consagración de la Primavera”, “La Tempestad”, “El Mesías”, entre tantos otros espectáculos.

Están también los afiches realizados a partir de 1983 cuando fue convocado por Kive Staiff para ocupar el puesto de director de arte de la institución, entre ellos, el de la obra “Galileo Galilei”. Y en el centro de la sala, un gran “Finale” (2003), 12 atriles como los utilizados por los músicos o directores de orquesta. En lugar de pentagramas, cartas cubiertas con una gelatina transparente, caligrafía borroneada, de los que emana cierta tristeza, recuerdos, cosas no dichas o difíciles de descifrar. (Clausura el 27 de abril. Suipacha 658).

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