Espectáculos

Valioso libro sobre los niños que sobrevivieron a la Shoa

La autora, francesa, encontró refugio en el país. Sostiene que en los estudios sobre el Holocausto suele ignorarse a los menores que escaparon.

La orfandad impuesta por la guerra, la deportación, el arresto que lleva a los campos de concentración a los padres surgen de forma conmovedora en “Querido país de mi infancia” (Libros del Zorzal) de Héléne Gutkowsi, una “memoria entrelazada de niños que sobrevivieron en la Francia ocupada y emigraron a la Argentina”. Socióloga, profesora en la Alianza Francesa, miembro fundador de la Asociación Generaciones de la Shoa en la Argentina, Gutkowski es autora de “Vidas”, “Vidas en las colonias” y “Érase una vez… Sefarad”. Dialogamos con ella sobre los testimonios que ha salvado del olvido.

Periodista: ¿Cómo surgió en Buenos Aires la Asociación de Niños Escondidos para escapar de los nazis de la Francia ocupada?

Héléne Gutkowski: En 1997 nos encontramos en una asociación filantrópica, donde había ido a dar una charla, tres mujeres que habíamos sido niñas escondidas. Una de Hungría, otra de Holanda, yo de Francia. El año anterior, en los Estados Unidos, había empezado una movida sobre los niños escondidos, porque allí habían emigrado con sus padres la mayoría de los sobrevivientes de esa categoría. Hasta ese momento se hablaba de la Shoa, de los sobrevivientes, de la guerra, de las deportaciones, de todos los sufrimientos, pero no se tenía en cuenta a los niños. No eran considerados sobrevivientes. Se pensaba que no habíamos sufrido: sobreviviente era el adulto que había sufrido. Los que habían estado en un campo de concentración, en guetos, lo que habían tenido múltiples episodios traumáticos. Entre los sobrevivientes de los campos de concentración y los comunes había una competencia a ver quién había sufrido más. Los niños estábamos en el escalón más bajo. En Estados Unidos se realizó un encuentro de niños escondidos en Alemania, Austria, Bélgica, Holanda, Grecia, Hungría, Polonia y en Francia, que creo que fue donde hubo la mayor cantidad. Se reunieron mil personas que empezaron a darse cuenta de que ellos también tenían algo para decir. Así se formó en Estados Unidos una institución de chicos escondidos en Europa durante el nazismo. Las mujeres del encuentro de 1997, Katy, Frida y yo, decidimos seguir ese ejemplo. Así surgió la asociación Los Niños Escondidos. Siete años después, a pedido de otros sobrevivientes, se amplió y se convirtió en Generaciones de la Shoa en la Argentina, que hoy cuenta con unos cien miembros. Ahí conocí unos doce niños que provenían de Francia como yo. Y fue magnífico darme cuenta de que no era la única, que no estaba sola.

P.: Había otros chicos judíos franceses que fueron perseguidos por franceses y protegidos por franceses…

  • G.: Hubo franceses que hicieron chanchadas, y muchas. Hubo muchos colaboradores de los nazis. Pero hubo muchísimos franceses que ayudaron de mil maneras distintas. Francia tuvo sus sombras y fulgores. Si no hubiera sido por esos salvadores o, en el escalafón más alto, esos justos, ¡cuántos de nosotros no estaríamos! No es sólo el salvar, dar un pedazo de pan, un techo, un abrigo, es también dar cariño. Boris Cyrulnik dice que un chico que ha carecido del afecto de sus padres, porque fueron deportados, acaso se habría anulado como persona o tomado un mal camino si no hubiese encontrado tutores afectivos, gente que lo pudo entender y darle cariño. El cariño permite restablecer circuitos cerebrales que han sido traumatizados.

P.: Su libro “Querido país de mi infancia” surge de una reunión que hace la embajada de Francia para homenajear a judíos del país sobrevivientes del Holocausto en Francia y a sus salvadores. Ahí usted descubre treinta historias que deben documentarse...

  • G.: Hijos de padres perseguidos que escaparon de las garras nazis gracias a la solidaridad. De los 45 sobrevivientes que asistieron a la embajada, personas de más de 70 años, 29 decidieron acompañarme en la aventura de reconstruir las condiciones en que vivieron los judíos en Francia bajo la Ocupación. Surgieron historias dramáticas, maravillosas. Nueve aparecen en este libro. Por caso la de Maurice, que tuvo, como yo, padres sustitutos católicos. Su padre era francés hasta la médula, no quería ver el peligro. No aceptaba irse a España con sus hijos, “nosotros somos franceses”, decía. Estaban en Seda, en la frontera con Alemania. Una noche la Gestapo los fue a buscar. La madre grita desesperada. Vienen los vecinos. ¿Pueden ocuparse de mis hijos? Vengan, les dicen a los chicos. El padre le da una bolsa con joyas. A partir de ahí esos vecinos serán el padre y la madre de los chicos. El padre de Maurice es deportado y la madre enloquece cuando le entregan la orden de arresto y nunca más recobra la razón. Maurice dice que, aunque parezca cruel, habría preferido que la deportaran a que viviera muerta en vida. Al fin de la guerra, cuando mi padre volvió, los padres sustitutos le devolvieron sus hijos y la bolsa con joyas que ni habían tocado.

P.: ¿Por qué después de tantos libros sobre la Shoa, uno más?

  • G.: Uno se pregunta, ¿vale la pena? Sí, vale la pena porque cada una de esas historias queda. Y porque la historia de la Shoa es algo que no termina nunca de contarse, de investigarse. Nunca vamos a saber todo lo que pasó. Y cada pequeña historia es una parte de la gran historia, y una confirmación de la tragedia. Lo que se pretende 70 años después de la guerra no es describir el horror ni el dolor de algo tan inhumano sino buscar por qué sucedió lo que ocurrió, cómo se pudo dar en un mundo moderno, en un país como Alemania, el más culto del mundo, un líder seguido por todo un pueblo y llegue a tal barbarie, a la industrialización de la muerte. Buscamos adelantarnos a los hechos que pueden preanunciar algo semejante y desmontar los mecanismos a tiempo.

P.: ¿En qué está ahora?

  • G.: Escribiendo mi propio testimonio como niña escondida durante la Ocupación. Sería el capítulo final de la segunda parte de esta obra, que primero se edita en Francia y luego se tradujo en la Argentina con el apoyo del Programa de ayuda a la publicación Victoria Ocampo.

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