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Vanoli: "La idea de vanguardia es hoy ingenua, conservadora"

Sociólogo y novelista, sostiene en su trabajo que la lectura de un libro es una forma de resistencia, porque "suspende el multitasking" digital.

La irrupción de las redes sociales y el acceso a plataformas para leer, escribir y publicar han modificado radicalmente el mundo de la cultura y el espectáculo. ¿Qué pasa con la literatura en un mundo hegemonizado por corporaciones de extracción de datos? ¿En cuánto se han transformado las relaciones comerciales ligadas al arte, la reflexión y la ficción, y qué futuro se proyecta? Hernán Vanoli ofrece en “El amor por la literatura en tiempos de algoritmos” (Siglo XXI) once hipótesis “para discutir con escritores, editores, gestores y lectores”. Vanoli ha publicado las novelas “Cataratas”, “Pinamar” y “Las mellizas de bardo”, los libros de cuentos “Pyingyang”, “Varadero y Habana maravillosa”. Dialogamos con él:

Periodista: ¿El amor por la literatura ha entrado en vías de desaparición?

Hernán Vanoli: No, permanece. La literatura es uno de los pocos espacios que queda para pensar las cosas de un modo más libre. Es un estado que está en tensión. La literatura siempre busca conectar con la vida. Más allá de las teorías estructuralistas y pos estructuralistas de los años 60 y 70, que buscaron autonomizar el texto y pensarlo como un sistema de relaciones complejas. Hoy la literatura tiene nuevos desafíos, y eso hace que sobreviva. Cuando se está leyendo se suspende el multitasking. No se puede estar respondiendo un WhatsApp, mirando un video, mandando un mail, la literatura pide atención full time, una atención no productiva en términos capitalistas clásicos. Y eso hace que la sigamos amando, la vuelve resistente, porque hoy la atención es una de las cosas que más valen. Todo el tiempo se nos reclama nuestra atención. Cuando se ve una publicidad en Facebook o YouTube esos segundos de atención valen. Los está pagando alguien. En literatura no pasa eso. Eso la hace atractiva. Una de sus funciones es ir contra los sentidos comunes de lo que es una ciudadanía de consumo, y las formas de organización de los ciudadanos en tanto consumidores, no solo en tanto productores. ¿Cómo un conjunto de consumidores pueden organizarse, desarrollarse, proyectar, articularse con otras fuerzas?, ¿qué utopías pueden proponer? Esas preguntas si no las indaga la literatura quedan vacantes. Imaginar los horizontes de lo decible es una actividad ficcional. Borges construyó desde ahí, y Piglia señaló que la literatura tiene que ser un laboratorio de ideas, de la sociedad, y hoy esa función es más fuerte que nunca.

P.: Usted dice que “la literatura nos hace más pobres en lo material, más conservadores en lo político y un poco más mezquinos en lo espiritual”.

H.V.: Hay aún visiones románticas sobre la literatura que proviene de la figura del artista moderno que en el romanticismo adquiere todos los tics que se irán desplegando durante la modernidad. Si se compra el combo de la literatura tal como la venden, que es liberal, esteticista, se termina siendo una persona más mezquina y conservadora. Pero la literatura tiene una ambivalencia que lleva a cuestionar esas ideas, y eso la hace interesante.

P.: ¿El mundo digital ha descolocado y recolocado al autor?

H.V.: Lo típico era muchos canales basados en el star system de la cultura entendida como una industria. Con la masificación de internet y las redes sociales eso se descentra. Se esfuma el poder de un canal de televisión, de un diario o de una figura determinada. Surgen empresas más grandes que se dedican a más cosas y trabajan la publicidad de manera diferente de la tradicional. Antes se buscaba contar una idea en el lugar de mayor audiencia, hoy se busca hacer un producto en la medida de lo que se va eligiendo. Es la idea del On Demand, ya no hay que ponerse a mirar un programa en un horario determinado. Eso modifica la arquitectura del negocio porque la plata que tienen las empresas para dividir en anuncios es constante, y hoy hay maneras más directas y estratégicas de llegar a un segmento de personas cada vez más pequeño. La industria cultural de la modernidad con grandes canales ya no existe más. Hoy estamos en segmentos muy chiquitos de personas dominadas por corporaciones inmensas. La competencia ya no se da entre grandes diarios, canales o editoriales sino entre grandes plataformas de extracción de datos. En Estados Unidos el Washington Post pertenece a Amazon, una de las plataformas principales de la extracción de datos.

P.: ¿Han desaparecido las vanguardias?

H.V.: La idea de vanguardia quedó fuera de época. Las obras de Erlich en el Malba eran Disneylandia. Seguir manejando la idea de que una revolución en las formas puede acercar la vida al arte y producir un hecho de vanguardia es terriblemente ingenuo, anacrónico, conservador. En el caso del libro pasa lo mismo. Además, hoy escritores somos todos. No niego que publicar un libro en papel añada protocolos a la lectura de una obra, pero hoy todos somos escritores, editores y publicadores. La distinción entre editor y publisher es artificial, sobre todo por lo que puede pasar en un muro de Facebook, en una cuenta de Twitter, en un mensaje de WhatsApp. Algunas distopías en el siglo XX planteaban el fin de la palabra escrita y ha ocurrido todo lo contrario, cada vez tiene más importancia; como la lectura, vivimos leyendo. A la vez las editoriales tienen cada vez negocios más chicos. Si bien son mistificadas como lugares de mucho poder en realidad son una sección marginal de corporaciones de entretenimiento e información. El poder de las editoriales ya o es el de antes, y a eso se suma que todo el mundo publica todo el tiempo. La tecnología produce el casting de lo que las editoriales tienen que ir a buscar. La vieja idea de ir con un manuscrito trabajado durante cinco, diez años, a un editorial puede seguir pasando pero está siendo complementado por lo que la gente escribe en las redes con una lógica de folletín y donde interesa la cantidad de seguidores. Desde hace rato las editoriales publican obras salidas de blogs según la cantidad de likes.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

H.V.: Tengo una novela que sale el año que viene. Estuve en Iowa, en EE.UU., haciendo la carrera de taxidermia, aprendí a embalsamar animales. Mis compañeros eran veteranos de guerra, soldados que habían estado en Afganistán, jubilados de 40 años con estrés postraumático. Mi novela es como un documental de mi convivencia con ellos.

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