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Viaje a la esencia del arte prehispánico en el Museo de Bellas Artes

La reciente donación de 1583 piezas de la colección Matteo Goretti se añade a las pocas obras preexistentes de dicho período.

El Museo Nacional de Bellas Artes cambió el diseño de sus salas de ingreso. Un nuevo guión cuenta la historia del arte argentino y comienza por donde se debe: en nuestra tierra y con un arte del período prehispánico. La reciente donación de 1583 piezas arqueológicas de la colección Matteo Goretti abre camino hacia otros reinos olvidados. El propio coleccionista explica que la muestra de una selección de alrededor de 200 piezas del Noroeste argentino en las vitrinas dramáticamente iluminadas, persigue el fin de “volver accesibles las culturas prehispánicas, dar a conocer y difundir su cosmovisión y su legado, tanto al público general como a los especialistas”.

Hasta ayer no más, las colecciones del MNBA reflejaban el gusto argentino y su fascinación por el arte de Europa. De hecho, las piezas de nuestras culturas originarias presentes en las colecciones del Bella Artes, resultaban insuficientes para dedicarles una sala permanente. Pero allí están. El MNBA sumó a la exposición sus escasas pero bellas piezas, provenientes de una compra del año 1988 a Guido Di Tella. Y se agregaron, además, las obras que en calidad de préstamo llegaron desde la Cancillería Argentina, adquiridas a la colección Hirsch por Di Tella en la década del 90.

En un país que, como observó Martínez Estrada, se ha arrancado lo propio para plantar lo ajeno, el gusto por el arte argentino demoró en llegar. No obstante, y si bien el aprecio de lo nuestro fue tardío, hoy mueve a los espectadores un impulso poderoso. La donación tiene un volumen comparable al de las fundacionales. El coleccionismo de arte prehispánico tiene largo arraigo en la Argentina, se consolidó a fines del Siglo XIX y principios del XX, pero lejos de incorporarlo a las exhibiciones artísticas, se expone en museos especializados. El público masivo tuvo escasas oportunidades de disfrutarlo y, sencillamente, el propio Goretti, consciente de la complejidad de la muestra, suele hacerse cargo de las visitas guiadas. “Me siento muy feliz por esta donación al saber que millones de personas podrán a partir de ahora acceder y disfrutar del patrimonio que con tanta pasión reuní, estudié y publiqué”, sostiene.

El acento de la exhibición está puesto en el simbolismo de los objetos y, para descubrirlo, hay que aprender a mirar un arte muy diferente del que puebla el MNBA. Más allá de su valor estético, funcional o utilitario, las piezas revelan un modo de habitar el cosmos, se perciben como señales ancestrales. Los destinatarios de estos mensajes que durante milenios estuvieron ocultos, somos finalmente nosotros. Hay un sentimiento que quiebra la tradicional frialdad del espectador frente a los enigmáticos y silenciosos restos precolombinos. El hombre no estaba sólo en el universo, era él pero también era el otro, el felino, la serpiente, las aves. La dualidad es la clave filosófica que permite entender la compleja historia del arte de un pasado ya remoto. Condición que se vuelve visible en las simbióticas figuras antropomórficas y zoomórficas diseñadas en los vasos, morteros y discos de metal. La relación entre el hombre y los animales sagrados es estrecha y la domina, sobre todo, la exaltación de la ferocidad.

Hay un hombre que representa el transitorio paso por la tierra. Un rostro modelado en una vasija del período Condorhuasi 500 a.C. 500 d.C., cierra sus ojos, abre su boca, guarda el aliento y así se prepara para la muerte y la eternidad. Frente a esta cerámica, se advierte la presencia de la vida en la expresiva figura de un “Suplicante” de piedra, o en el refinamiento de los cuencos y vasijas, en el color, las formas decorativas y el uso de diversos materiales: cerámica, oro, plata y bronce; piedras, jade, madera; textiles, hueso y conchas marinas.

En este escenario, cada objeto de rito y de culto, desde las plantas sagradas psicoactivas que permitían arribar al estado de trance, hasta las hachas y discos realizados con la técnica de la cera perdida, iluminan el sentido de una cultura trascendente.

Durante 30 años, Goretti, nacido en Italia, coleccionó el arte que existió en América antes de la conquista y le dedicó varios libros a través de la Fundación CEPPA. Finalmente, con la incorporación del arte argentino originario que celebra el bien entendido nacionalismo, el Museo comienza a recuperar el tiempo perdido.

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