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“Viajeros que huyen”: sobre el mejor y el peor de los tiempos

Después de “Tempestad y asalto”, centrada en el nacimiento de una nación y el Mayo revolucionario, su nueva novela se ocupa de aquella metrópolis sofisticada, utópica y “joven por obligación” de los años del pop, la publicidad y la “revolución”, en pugna con el paisaje mental de los fundadores.

A siete años de la aparición de "Tempestad y asalto", el crítico, teórico, poeta y cuentista Ángel Faretta publica "Viajeros que huyen" (La Bestia Equilátera), su segunda novela, ambientada en la Buenos Aires sofisticada y "joven por obligación" de fines de los 60 y principios de los 70, en torno de personajes que trabajan en uno de los "templos" de esa época, una agencia de publicidad líder. Un tiempo que fue un punto de cruce : aquel en el que los sueños y las utopías parecían desencadenarse y, a la vez, un tiempo donde un proyecto de cultura y de nación quedaban sepultados para siempre. O, como diría Charles Dickens, un tiempo que fue el mejor y el peor de los tiempos. Dialogamos con Faretta:

Periodista: ¿Cómo irrumpió en su producción, después de "Tempestad y asalto" ubicada en el mayo de la Revolución, esta otra tan contemporánea?

Ángel Faretta:
Éste es uno de mis libros que aparecieron súbitamente. En eso tiene algo similar con mi ensayo "La pasión manda". Por el contrario, "Tempestad y asalto" estuvo en estado de animación suspendida desde mi adolescencia, o casi. Me impulsaron a su escritura la narración de la dichosa década del sesenta, que se confunde con los primeros tres años de la siguiente, pero revisitadas en un sentido histórico. Tomar y narrar eso como historia. Además, que sus protagonistas fueran hijos de la segunda corriente inmigratoria europea, de allí que todos descienden de italianos y de judíos, pero que por determinadas circunstancias de aquella época-bisagra comienzan a estar y a sentirse entre dos mundos. Esa es otra de mis obsesiones como narrador: los personajes entre dos mundos. Uno que no termina y otro que aún está por comenzar. Como si dijéramos "el mal del siglo" adecuado a aquellos años y a nuestra ciudad y país.

P.: ¿Reconoce, pese a la distancia en el tiempo, un elemento de unión entre una novela y otra en cuanto a preocupaciones literarias y filosóficas?

A.F.:
Ese elemento es la Argentina como nacimiento mítico en "Tempestad y asalto", y su declive en lo real-histórico en "Viajeros que huyen". En la primera tenemos el fuera de campo del romanticismo alemán, cuyo despliegue es paralelo al nacimiento de nuestra nación, y aquí a esa segunda generación europea afincada entre nosotros, mejor dicho sus primeros descendientes trasegando con un paisaje mental, lingüístico y cultural que está en pugna con aquel primero y temprano.

P.: El título remite a la letra de "Volver". ¿Cómo se articula la novela con la huida y tal vez con la frase que falta, "que tarde o temprano detiene su andar"?

A.F.:
Considero a "Volver" -hablo aquí de la lírica cantable de Alfredo Le Pera- como una de las canciones más extraordinarias jamás compuestas, de la mal llamada música "ligera" o "popular". De todo lo que puede pensarse y meditarse de esta lírica, a la que he dedicado un largo análisis en mi libro, todavía inédito, "La traducción de la melancolía". Creo que la díada "viajeros que huyen" y el "tarde o temprano detiene su andar" es, por decirlo con Leo Spitzer, el etymon espiritual de nuestro país, o en todo caso de Buenos Aires. En "Tempestad y asalto" también hay viaje y huida, pero por un paisaje físico y mental fantástico. En "Viajeros que huyen" lo fantástico se ha vuelto parte de lo cotidiano. El problema era cómo mantener ese equilibrio entre el relato histórico y epos fantástico.

P.: Su lenguaje, tan rico y que tantas veces recurre a expresiones en desuso, da también un vuelco, no en riqueza sino en contemporaneidad. ¿Eso le resultó cómodo?

A.F.:
Aquí hay otro desafío, cómo emplear nuestro coloquialismo sin caer en el agujero negro del costumbrismo, Cómo hacer que esos términos y expresiones tengan su sentido como significado y como dirección. Y, simétricamente, reconfigurar palabras que la marea de las redes digitales abaratan cada vez más. Debemos ser el chamán de la tribu, pero uno que no se agota en su vuelo particular.

P.: Suele considerarse esta época como la de la explosión cultural, la del idealismo utópico y político, aunque su novela no refleja un entusiasmo acorde a ese sentimiento.

A.F.:
Como nación, la Argentina había llegado a su ápice expresivo. Basta ver la extensión que va desde la literatura, la poesía, la música, en parte el cine, y hasta la industria. Digamos una parábola que va desde Piazzolla, pasa por José Bianco y llega hasta el Torino. Se había logrado una modernidad equilibrada o se estaba a punto de lograrla. En su ápice, vino la caída: la historia de las cosas humanas ha narrado y reflexionado desde que se recuerde este tipo de intríngulis. Y allí algo, no solo político, sino anímico, psíquico y espiritual nos llevó a un declive que aún continúa. En vez de cifrarnos en grandes figuras, o las que pasan por tal, ponemos el acento en esa segunda generación europea, sus hijos, frente a ese momento; un punto de ruptura que, me temo, se ha extendido más y más.

P.: En su novela hay una rica galería de personajes reconocibles. ¿Son todos ellos reales?

A.F.:
Hay de todo en la casita. Personajes con sus nombres reales, como el Colorado Ramos, personajes "a clef", pero sobre todo por tomar distancia de los originales y verlos con otra luz, y sombreados particulares.

P.: ¿Es un alter ego suyo el protagonista, Julio?

A.F.:
Trato de seguir lo que enseño teóricamente. Todo personaje muy conocido debe dividirse en dos o tres, y hasta cuatro si es posible. Porque si nos quedamos en el alter ego, el tren de la tres y diez no arranca a Yuma. Así que prefiero los "alteri ego". Hay algo de mí en Julio, como también en Marta, mucho de Laura (es excelente reflejarnos en mujeres) como también en Scheuer.

P.: Usted articula su libro como una novela, aunque los capítulos pueden leerse como cuentos...

A.F.:
Es así, era otra animación suspendida de esta novela. Leí una recopilación de cuentos de un autor norteamericano, flor y nata del peor puritanismo, que intentaba seguir a un matrimonio a lo largo de varios años y con diferentes relatos. El resultado me pareció pobre, y con ese falso cinismo de Martinis secos para ahogar el calvinismo de origen. Así intenté emplear el mismo recurso para hacer otra cosa. ¿No escribimos muchas veces contra relatos anteriores?

P.: ¿Por cuáles otras obras de ficción o ensayo sobre la época siente aprecio o rechazo?

A.F.:
Sólo conozco dos que me siguen pareciendo las más logradas. "El diario de la guerra del cerdo", de Adolfo Bioy Casares, y "Megafón o la guerra", de Leopoldo Marechal. Estas novelas, como sabemos, fueron escritas y editadas en las vísperas del desastre posterior. Las escritas ya en estos años las he evitado. Porque creo que debe evitarse la lectura de ficciones que tratan sobre lo mismo que estamos escribiendo. Si no, se hace un barullo comparativo y entonces se escribe teniendo presente esos ecos que, en mi opinión, son nefastos.

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