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Viana: "Por la crisis, la gente busca libros nacionales, de bolsillo, en cuotas o usados"

El escritor y librero del Ateneo Grand Splendid explicó los cambios en el consumo de los lectores por la crisis y afirmó que aunque el "panorama es oscuro, el libro resiste, y el ansia por leer no decrece". También habló sobre su novela Deslinde.

El escritor Debret Viana (Buenos Aires, 1981) trabaja como librero en el Ateneo Grand Splendid, recientemente elegida por la revista National Geographic como la más linda del mundo, un lugar que lo enorgullece. Viana dialogó con ámbito.com y dijo que aunque se siguen comprando libros en medio del contexto actual de inflación y ajuste, el comportamiento de los lectores cambió.

"La gente sufre algunos precios atroces, prescinde de ediciones extranjeras, busca editoriales nacionales y ediciones de bolsillo, se aferra a las cuotas o busca usados", explicó, pero también destacó la resistencia del público frente a la crisis: "A pesar de que el sector lleva un puñado de semestres en declive, y de que el panorama es oscuro, el libro resiste, y el ansia por leer no decrece".

El último informe de la Cámara Argentina del Libro (CAL) de octubre pasado puso en evidencia un derrumbe acumulado del sector de 35% desde 2015 y el 2018 fue el peor de todos los años, motivado entre tantas cosas, por la sideral suba de precios producto de un 100% de alza del dólar, valor en el que cotizan los principales insumos. Las expectativas para este año son igual de pesimistas.

Sobre las alternativas del público para seguir consumiendo libros, Viana opina: "Son mecanismos de resistencia que no pueden durar, del mismo modo que no puede hacerse de una trinchera un hogar: quien lee sigue leyendo, pero su espectro se reduce; se venden menos libros mes a mes y el daño es cada vez más profundo".

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<p>El Ateneo Grand Splendid</p>

El Ateneo Grand Splendid

"Convivimos con un empequeñecimiento progresivo y peligroso del sector del libro. La gente lee y busca libros, pero parece que hay quienes en el poder están empeñados por entorpecer el encuentro", sostiene.

Deslinde, una novela de desamor

Debret Viana, además, conduce "Ficticios", un programa de radio sobre literatura. El año pasado tuvo su debut literario como novelista con Deslinde, editada por Hojas del Sur. (Vea también sus consejos para regalar un libro)

Deslinde replica un cuaderno de notas que se construye de a fragmentos, en parte como si fuera autobiográfico, en parte exagerado con cinismo, en el que un hombre escribe sobre su expareja, deformando su recuerdo. La novela revela los pensamientos del narrador sobre esa mujer que ya no está. En ese insistir sobre el objeto de deseo que lo abandonó se la describe a ella y también surge la personalidad de él, dos partes de una relación tóxica. No hay trama, es un monólogo casi por completo (pero que logra igualmente desarrollar un relato) repleto de referencias literarias, fílmicas y musicales. Una historia que habla de las dificultades del afecto en tiempos de Netflix.

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Viana, vía mail, respondió unas preguntas para ámbito.com:

Periodista: En Deslinde, ¿dónde está el límite entre el autor y el narrador? ¿Cuándo se deja de escribir para uno y se empieza a escribir para que lo lean los demás?

Debret Viana: Entrar en la prosa es para mí subir a un escenario. El lenguaje es territorio de la ficción, y no de la confesión. La autobiografía es una coartada de la literatura, al menos de la literatura que a mí me interesa: un recurso de verosimilitud para vehiculizar determinadas problemáticas que pueden conducirse de un modo más efectivo si el lector es atravesado por la duda en suspenso sobre la veracidad de lo narrado. El límite entre el autor y el narrador, por tanto, para mí, es inconmensurable: el narrador es una construcción y el autor queda afuera de la obra, expulsado por ella, dejando en la obra cierto documento borroso e impreciso de sus inquietudes; quizás el autor esté en la obra, pero no está en ninguna de sus páginas. Sin embargo, no es una relación de control la que ejerce el autor sobre el narrador ni sobre la obra: en mi caso, si escribí una novela de más de 300 páginas sobre el amor, o sobre las espectrales maneras de vincularidad en este siglo, es porque no tenía idea de lo que estaba haciendo: era más una interrogación que un conocimiento, y menos una catarsis que una excursión por lo que nunca fui. En cuanto a los demás, creo que no se puede escribir para nadie: apenas si se puede escribir. Que otros lean el texto es un placer extraliterario, pero para que el que texto funcione es necesario someterse a los caprichos y a los goces del texto mismo: oír lo que reclama y dejar que el mundo no exista mientras se escribe.

P.: En la novela el narrador se ocupa tanto de hablar de su expareja que al final se la pasa hablando de sí mismo, ¿cómo se retrata al desamor en tiempos de egocentrismo y redes sociales?

D.V.: Una de las tesis que la novela pone en escena es el amor como una práctica solitaria, como un espacio fértil en delirios, donde el otro es una proyección variable del momento, un fantasma que parasita lo real (un nombre, una apariencia, por ejemplo) para poder representar el propio caos interior, en suma, para poder representarse a sí mismo. Quizás tenga que ver con la concepción de que el amor es un recurso para narrarnos, del mismo modo que Troya pudo ser la excusa para narrar a Aquiles. Sea como fuese, en el texto pareciera que amar es la epopeya de uno, donde el otro, el amado, queda por completo afuera: como si fuese algo que nace en nosotros, con el nombre de otro, y nos fuerza a experimentarnos a nosotros mismos fuera de los dominios en los que no estamos en riesgo. Entonces sí, hablar del otro es hablar de uno mismo, porque después de todo la experiencia de la otredad no ocurre sino más acá de nuestras fronteras. El personaje de la novela comprende que él es su propia cárcel, y lejos de intentar salir, prefiere expandir la prisión, estirarla lo más que puede dentro de la realidad, como quien desiste de salir del laberinto, y se consuela con decorarlo. En este sentido, las redes sociales colaboran con la espectralidad de los vínculos, y con la infinita mediación del otro. Fuimos reemplazados, en las redes sociales, por nuestros espectros, y parece arduo que la máscara que la distancia con el otro genera sea alguna vez redimida. La infinita presencia en ninguna parte que propone la virtualidad, donde estamos sin estar, guarda alguna semejanza oscura con la obsesión del enamorado, que acarrea la intangible figura de su amor a donde sea que vaya, y experimenta esa ausencia como una forma de compañía.

P.: La música, las series y el cine son fuentes que nutren la novela, ¿cómo ves esas influencias en la literatura actual?

D.V.: Creo que la literatura es esa fuerza que puede hacerse cargo de todo: no existe lo que no entra dentro de una novela. Mi generación logra, en ocasiones dichosas, captar lo literario más allá del soporte del libro, e integra como ninguna otra antes diversos fenómenos en la novela. No sería imposible que esto se tratase de una patología muy mía, que me fuerza a ver literatura en todas partes, y que me impide distinguir una serie de una novela, una película de un cuento y una canción de poema. Pero en todo caso, es poco lo que me interesa del mundo: escribo atento a las ficciones, que son mi corpus, y lo más lejos que puedo de lo real, que solo me genera interrupciones.

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