Vitch: retrato de un “Mefisto” de la comedia
• LA DOCUMENTALISTA SIGAL BUJMAN, NACIDA EN ISRAEL DE PADRES ARGENTINOS, PRESENTÓ SINGULAR FILM
Uno de los films más destacados del 14° Festival de Cine Judío que se desarrolla en el Cinemark Palermo.
ño pero verdadero: noche tras noche, en plena guerra, los nazis se agolpaban en el mayor teatro de Berlín para aplaudir a un artista judío. Así lo recuerda "Vitch", uno de los títulos más interesantes del 14° Festival de Cine Judío que se viene desarrollando en el Cinemark Palermo. Dialogamos con su autora, la documentalista Sigal Bujman.

Periodista: Usted habla español casi perfectamente, ¿dónde lo aprendió?

Sigal Bujman: Nací en un kibbutz de Israel, pero mis padres son argentinos. Descendemos de aquellos colonos que vinieron con el barón Hirsh a fines del siglo XIX. Y viví cuatro años aquí, cuando era chica.

P.: Después alzó vuelo.

S.B.: Sí, me fui a estudiar actuación en EE.UU, donde vivo, y cine en Israel. Luego, durante tres años recorrí varios países haciendo la serie cultural "Fantastic Festivals of the World", que mostraba costumbres singulares y a veces similares, como la celebración de los muertos en Japón y en México. También durante tres años hice cortos para una asociación de padres que perdieron sus hijos por el conflicto palestino-israelí, pero padres de ambos lados, unidos en el dolor. Con ellos entrevisté a Ehud Barak y a Yasser Arafat.

P.: Cuéntenos quién era Vitch.

S.B.: Ignace Levkovitch, mimo y caricaturista. Desde chico quiso distinguirse, soñaba con abandonar su pueblito polaco y brillar en Hollywood y París. En Hollywood tuvo su fama, se codeaba con las estrellas, hablaban del "toque Chaplin", pero lo expulsaron por indocumentado. Luego se impuso en el Follies Bergère, donde Maurice Chevalier era la estrella máxima. Cuando llegaron los nazis, Chevalier se fue y él aprovechó a ser primera figura. Una noche lo vieron Goebbels y Göring, y lo invitaron a actuar en el Scala de Berlín, el mayor teatro de varieté de la época. Imposible rehusarse. Ahí siguió, alternando con diversas giras, hasta que en 1943 mandaron a los artistas a trabajar en las fábricas de armas. Entonces escapó a pie rumbo a la frontera, donde lo apresó la Resistencia. No lo fusilaron porque reveló que era judío.

P.: ¿Los alemanes nunca se dieron cuenta?

S.B.: Es una incógnita. ¿Alguien lo protegía? ¿Supo disimular admirablemente? ¡Y lo veían todas las noches en el escenario! Lo notable es que después pasó a actuar para los soldados americanos, y con ellos llegó hasta Nuremberg. Ahí vio a Göring por última vez, sentado en el banquillo. Luego se reinventó en Londres, y formó familia con una bailarina inglesa.

P.: Da para una formidable comedia dramática.

S.B.: Ya estoy escribiendo el guión. Pero lo que ahora traigo enfoca otra cosa: la vergüenza de sus hijas.

P.: ¿Cómo es eso?

S.B.: Ellas lo sienten culpable de sobrevivir. No es ni héroe clásico ni víctima, no escondió a nadie, como Chevalier, Josephine Baker o Edith Piaf que ni siquiera eran judíos. Les molesta que pensara solo en sí mismo. El tuvo dos mujeres anteriores, también bailarinas: una franco-judía en París, con la que tuvo un hijo, pero el matrimonio duró poco, y una alemana, que se negó a casarse con él pero le dio una hija, a la que vio contadas veces.

P.: ¿Qué fue de esas mujeres?

S.B.: La alemana se ubicó en el Scala de Barcelona, dejando a la nena con su abuela en Breslau, que parecía seguro hasta que avanzaron los soviéticos y la vieja y la niña debieron escapar bajo la nieve. La otra, dedicada al mercado negro, puso al chico en un internado católico y lo visitaba una vez al mes. Una tarde no vino. El hijo escapó del internado, fue al hogar y lo encontró clausurado. Ahí entendió que no tenía más mamá. Entró, se llevó los recuerdos que pudo, y después de la guerra se reencontró con el padre, lo saludó, y se fue a vivir a Israel. Investigando, encontramos la fecha y el número de tren en que se llevaron a la madre a Auschwitz. Algo que también les molesta a las hijas es que el padre nunca les transmitió lo que sabía del Holocausto. Pareciera que su lucha fue solo por mantener el arte del varieté, ese era su orgullo.

P.: Quizás alguien tenía que hacerlo.

S.B: Conocí a un sobreviviente que al comienzo de la Ocupación se ganaba la plata llevando a los nazis por bares y burdeles. Así evitó usar la estrella amarilla. El me dijo "me sentía mal, pero tenía que vivir". Luego entró en la Resistencia, lo capturaron, y estuvo en un campo hasta la Liberación. Le mostré la foto de Vitch actuando con la bandera nazi de fondo. La miró y me dijo "No lo juzgo. Era un artista e hizo lo que tenía que hacer". Creo que las cosas nunca son blanco o negro. Y que Vitch era una suma de grises, como la mayor parte de las personas.