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Volver a la razón, la única vía en tiempos de neofanatismos

Es la impulsora del proyecto de pensamiento colectivo "Espai en Blanc".

Frente a los reaparecidos autoritarismos, fanatismos, catastrofismos y una soterrada reacción contra la cultura y la inteligencia, la filósofa catalana Marina Garcés sostiene la necesidad de desplegar una “Nueva Ilustración radical” (Anagrama) que lleve a impulsar un pensamiento crítico que dé sentido a la vida personal, y que se amplíe a lo colectivo. Ofrece, como un modo de trabajo, la visita que hace a su pasado, y el de su generación, en “Ciudad Princesa” (Galaxia Gutemberg). Destacada académica, con decenas de publicaciones, libros de ensayo premiados, impulsora del proyecto de pensamiento colectivo Espai en Blanc, Garcés hizo una breve visita a Buenos Aires, Dialogamos con ella.

Periodista: Hace tres años Klaus Schwab, creador del Foro Económico Mundial, sostuvo que se avanza en la Cuarta Revolución industrial, que fusiona lo físico, lo biológico y lo digital, la de la inteligencia artificial. Yuval Harari dice que ese cambio nos llevará a ser dioses. ¿Usted cree en eso?

Marina Garcés: Se está imponiendo una concepción del cambio social, tecnológico, incluso ontológico, del ser humano, que nadie dice en qué consiste. Se identifica cambio con incertidumbre. Entramos en un futuro del que no sabemos nada. Es una noción de futuro que cuestiono no porque tengamos que saberlo todo del futuro ni mucho menos, sino que el futuro será aquello que derive de nuestras acciones del presente. Se nos está invitando a adaptarnos como individuos y como sociedades a los cambios de nuestro entorno, de nuestra vida, de nuestras ideas, que no se cuestionan ni se dice quién está realizando.

P.: El mercado resulta motor de trasformaciones, nuevas herramientas y saberes.

M.G.: Es un conglomerado de conocimientos, capacidades prácticas, beneficios económicos, absolutamente importantes pero no únicamente determinantes. A mí me importa la pregunta por quién o quiénes hacen eso, porque podrían ser distintos sujetos en disputa. Y eso no aparece. A diferencia de la Revolución Industrial clásica, donde hay una clase que impulsa unos cambios y unos sujetos antagónicos que entran en conflicto, con los beneficios y las consecuencias de eso, aquí se borra el sujeto, no hay quién haga, hay cosas que ocurren. Se habla de tsunami, catástrofe, de nociones que se sacan de la competencia histórica, del terreno de la acción. Nadie actúa, todo pasa. Y hay una constante apelación a la urgencia de subirse a la ola de los cambios.

P.: Se puede aceptar que vamos al mejor de los mundos posibles, o sentir la inquietud de estar en una frágil sociedad líquida sin futuro cierto (Bauman), o una donde domina la transparencia, la vigilancia, el control, la corrupción, la antipolítica (Byung-Chul Han).

M.G.: En medio de un mundo líquido o devastador yo retomo de los pensadores que forjaron la Ilustración, la pregunta por quién y desde dónde decimos las cosas, desde dónde pasan las cosas, y quiénes realizan las acciones que determinan nuestra vida. Se trata del poder, de las condiciones materiales de vida, del imaginario propuesto, de la cultura, de muchas cosas porque no hay una sola causa que lo dicte todo, y menos hoy, cuando las relaciones entre las dimensiones de lo social son tan complejas. Si nos dejamos poner en el papel del espectador que sólo puede reaccionar con cierta capacidad de adaptación a lo nuevo, a los cambios, eso será caer en una servidumbre voluntaria. Será ser espectadores de un mundo que nos amenaza con dejarnos atrás, que destruye los entornos naturales, sociales, políticos y devasta cualquier ecosistema de vida en común. La big data no sirve a la política. Los algoritmos de los robots contienen ideología, emocionalidad, visiones de mundo. Frente a la desproporción de la experiencia humana actual, debemos convertirnos en ciudadanos críticos.

P.: ¿Eso es posible en tempos de crisis?

M.G.: Las situaciones sociales y políticas que llevan a reaccionar permanentemente impiden pensar. El pensamiento no es reacción. Es reflexión, interrogación, desviación. Hay muchas prácticas y estrategias que ayudan a pensar. En la reacción no se piensa y hoy todo es reacción, desde la alta política a la vida social más marginal. La gente se ve inundada de información que la deja anonadada sin más capacidad de respuesta que una reacción al miedo, la amenaza, la posibilidad del descontrol.

P.: ¿Surge ahí la posverdad y la pospolítica?

M.G.: Si algo es la posverdad es que se diga algo que se adecue a aquello que yo quiero escuchar. Y la pospolítica es esa especie de clientelismo en el que el grado de aceptación o frustración de los grupos elegidos van en función de las expectativas. Se defraudan, se satisfacen o se crean simulaciones de satisfacción o de frustración, pero lo que queda siempre neutralizado es el momento colectivo de la decisión. Se deja de lado la deliberación, se deja de lado la política, se convierte en un efecto político de una política despolitizada. En fin, saberes tenemos muchos, verdades las que queramos, mentiras las que queramos, informaciones para regalar, y estamos abocados a una condición permanente de sinsentido que ni siquiera es trágica. Porque es un sinsentido del puro acontecer, que no genera relato, que ni siquiera defrauda porque o es nada. Y sin sentido no hay valor, no hay nada. Entonces se trata de elaborar el sentido de la experiencia de lo vivido de tal manera que abra un campo de encuentro a la libertad y la dignidad. Y de ese modo escapar del encierro en el inconsistente presentismo en que vivimos.

P.: ¿Modelo de eso es su libro “Ciudad Princesa”?

M.G.: Abandoné el ensayo filosófico para ir a un voz personal para revisar y revisitar mi trayectoria y salir de un presente marcado por la desorientación. Cuando no hay rumbo se invalida todo lo vivido, de qué ha servido todo esto? ¿De qué ha servido lo vivido por toda una generación desde el desalojo del mítico Cine Princesa de Barcelona a los feroces comienzos del nuevo siglo? Hubo errores, pero en el balance de pronto hay semillas, riquezas a retomar, mundos inacabados, potencias a desarrollar, lenguajes, vínculos, maneras de estar en el mundo. Lo que hago es rastrillar ese territorio y compartir lo examinado, lo equivocado y lo extraordinario.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.G.: Estoy en transición académica. Dejé la Universidad de Zaragoza y me he ido a la Universidad Abierta de Cataluña. Preparo un ensayo libre a partir de la figura de Diderot, un monstruo alegre, libertino pero amable, que estudia la realidad desde los cuerpos, me servirá para repensar cosas que me bailan en la cabeza.

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