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Zeffirelli: Florencia hoy despide a su hijo dilecto

Su "Romeo y Julieta" con adolescentes, en 1968, cambió la forma de representar el clásico. Sus puestas de ópera, tan amadas como criticadas, dominaron el mundo lírico durante décadas.

En el Salón del 1500 del Palazzo Vecchio tendrá lugar hoy el velatorio con que la ciudad de Florencia despide a su hijo, el director y escenógrafo de ópera, teatro y cine Franco Zeffirelli. Luego será enterrado en el cementerio de la basílica de San Miniato al Monte, el mismo donde reposan Collodi, Vasco Pratolini y Giovanni Papini. Todas las figuras de la península, desde el presidente de Italia y las autoridades vaticanas para abajo, enviaron sus pésames.

El artista de 96 años “se apagó serenamente”, dijeron el sábado sus dos hijos adoptivos, a través de la Fundación municipal que lleva su nombre, abierta gracias a su donación de 4.000 fotos de puestas en escena, 10.000 libros, y los diseños de todas sus obras a lo largo de casi 70 años en el espectáculo. Aunque enfermo y en silla de ruedas, seguía trabajando. Este viernes se estrena en la Arena de Verona su nueva puesta de “La Traviata” (la anterior se conoció en el Teatro Colón en 2017), y deja en carpeta un “Rigoletto” para el año próximo en Omán, y un film sobre el histórico encuentro de Francisco de Asís con el sultán Al Malik en Egipto, intentando frenar las Cruzadas.

Nacido en 1923, fruto del amor entre un comerciante textil, casado, y una famosa modista, mujer de un abogado, las leyes de entonces impedían ponerle el apellido de ninguno de los amantes. Ella recordó entonces un aria de Mozart, “Zeffiretti lusinghieri” (vientecillos halagadores), un empleado del Registro equivocó las letras, y así nació el apellido, que no quiso cambiar cuando el padre pudo reconocerlo legalmente.

Temprano huérfano de madre, criado por una tía paterna (infancia que se refleja en su film “Té con Musolini”), colaborador de los partisanos durante la guerra, salvado del fusilamiento gracias a que el oficial encargado también era hijo natural del mismo comerciante, Zeffirelli se formó en Arquitectura y Bellas Artes, se inició como actor de teatro y cine, y por fortuna se convirtió en asistente de Luchino Visconti, su maestro. Terminaron peleados, pero lo siguió admirando. Empezó a dirigir en los 50, no sólo en Italia. En 1966 revolucionó el Old Vic de Londres con una puesta de “Romeo y Julieta” interpretada por adolescentes con la misma edad de los personajes de Shakespeare, algo hasta entonces nunca visto (ella era Judy Dench, casi niña). Llevó eso al cine con la anglo-rosarina Olivia Hussey, de 15 años, y música de Nino Rota, filmó en estado de gracia y así se hizo mundialmente famoso y millonario.

Antes hizo una comedia juvenil de la que renegaba, y “La fierecilla domada”, con Liz Taylor y Richard Burton, nada menos. Después, “Hermano sol, hermana luna”, biopic algo “flower power” de Francisco de Asís, “Jesús de Nazareth”, cinco horas para cine y televisión, con Robert Powell (ambos vinieron a presentarla en la Argentina en 1978), “El campeón”, eficaz melodrama de amor filial, “La Traviata”, con Plácido Domingo y Teresa Stratas, todos éxitos. También algunos fracasos, como “Amor eterno” (con el que volvió a visitarnos), adaptaciones brillantes, biopics de Callas y Toscanini, abundantes registros de grandes óperas, y documentales sobre Roma y Florencia (“Per Firenze”, narrado por Richard Burton, a beneficio de los inundados). Su trabajo en las tablas fue todavía mayor, aunque de éste sólo tenemos los ecos.

Caballero del Imperio Británico (el único italiano con ese título), Gran Oficial de la Orden al Mérito de la República, un Nastro d’Argento, dos candidaturas al Oscar (y 12 para sus películas), 5 premios David di Donatello, Zeffirelli fue además senador nacional, maestro de un estilo exquisito, culto y exigente al máximo, que al parecer no tiene discípulos, famoso hincha de la Fiorentina, homosexual declarado pero jamás militante (despreciaba además la palabra “gay”, “porque parece referirse a payasitos”), y autor de una autobiografía llena de reflexiones, palabras de amor, anécdotas regocijantes y odios recalcitrantes, a los Onassis que se aprovecharon de María Callas, a los comunistas que coparon el velatorio de Visconti, y a cuatro fastidiosos que lo declararon “un artista acabado y sin mérito” hace ya más de 30 años.

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