En la lista de los grandes millonarios que construyeron su fortuna desde cero en México, hay historias que combinan migración, disciplina y una visión empresarial adelantada a su época. Una de ellas es la de Braulio Iriarte, joven europeo que llegó sin estudios formales, sin capital y con la única herramienta de su voluntad para trabajar.
Llegó pobre a México, consiguió trabajo en una panadería y 25 años después era dueño de un imperio panadero con más de 80 sucursales
De migrante sin recursos a líder industrial en México: la historia de un pionero del pan y fundador de un imperio con más de 80 panaderías.
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Llegó pobre a México, consiguió trabajo en una panadería y 25 años después era dueño de un imperio panadero con más de 80 sucursales
Su primer empleo fue modesto: ayudante en una panadería. Sin embargo, ese pequeño punto de partida se transformó, con el paso de los años, en un entramado de negocios que impactó de manera directa en la industria alimentaria del país. Veinticinco años después de haber cruzado el océano, ya controlaba más de 80 sucursales panaderas y comenzaba a diversificar sus inversiones.
Este caso no solo ilustra la movilidad social que ofrecía México a finales del siglo XIX y principios del XX, sino también la capacidad de algunos empresarios para anticipar oportunidades en sectores estratégicos como la harina, la levadura y, más adelante, la cerveza. Así se forjó el legado de Braulio Iriarte, un nombre clave en la historia empresarial mexicana.
La historia de Braulio Iriarte
Braulio Iriarte Goyeneche nació en 1860 en Elizondo, una pequeña localidad del Valle de Baztán, en Navarra, España, dentro de una familia dedicada a la agricultura. A los 17 años tomó una decisión que cambiaría su destino: emigrar a México sin respaldo económico ni preparación académica, impulsado por la búsqueda de mejores oportunidades.
Sus primeros pasos en el país estuvieron ligados al trabajo artesanal. Ingresó a una panadería donde aprendió desde la base los procesos productivos, la administración del negocio y la relación con proveedores y clientes. Esa experiencia práctica fue determinante. Con el tiempo, comenzó a invertir en pequeños establecimientos hasta consolidar una red que, un cuarto de siglo después, superaba las 80 panaderías, una cifra extraordinaria para la época.
El crecimiento no se detuvo ahí. Iriarte entendió que controlar la cadena de suministro era clave para asegurar calidad y rentabilidad. Por ello, incursionó en el sector harinero, impulsando molinos junto a socios de origen navarro, como el molino Euskaro y posteriormente el Beti-Ona. Estas inversiones le permitieron reducir costos, garantizar materia prima y fortalecer su posición en el mercado.
Durante la Revolución Mexicana, identificó otra área con alto potencial: la producción de levadura. Hasta entonces, ese insumo debía importarse desde Estados Unidos, lo que encarecía y complicaba la operación de las panaderías. En 1913 participó en la creación de una empresa dedicada a la fabricación de levadura comprimida, convirtiéndose en un pionero en esta rama industrial dentro del país. Este movimiento estratégico no solo estabilizó su negocio principal, sino que abrió una nueva fuente de ingresos.
Con el capital acumulado, dio un paso decisivo en 1922 al participar en la fundación de una cervecería que más tarde se transformaría en una de las marcas más influyentes de México. Iriarte fue pieza central en la organización, aportando recursos, terreno para la planta y liderazgo directivo. Los primeros años no estuvieron exentos de crisis financieras y reestructuraciones internas, pero la persistencia y el respaldo de empresarios aliados permitieron consolidar la operación.
Para 1925, la fábrica ya operaba de forma estable y comenzaba la producción de etiquetas que con el tiempo se volverían emblemáticas en el mercado nacional e internacional. Iriarte presidió el consejo de administración hasta su fallecimiento en 1932, dejando una estructura sólida que permitió la continuidad del proyecto empresarial.
Más allá de los negocios, mantuvo un fuerte vínculo con su tierra natal. Destinó recursos para obras comunitarias, infraestructura deportiva y aportaciones religiosas, consolidando una imagen de benefactor y promotor del desarrollo local.
La historia de Braulio Iriarte demuestra que la combinación de trabajo constante, visión estratégica y capacidad de adaptación puede transformar una oportunidad mínima en un imperio empresarial que deja huella durante generaciones.
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