Cuando pensamos en Sigmund Freud, el indiscutible padre del psicoanálisis, solemos imaginar un diván, puros habanos y teorías complejas sobre los sueños, pero a menudo olvidamos su profunda y directa comprensión de los afectos humanos. Existe una frase demoledora y profundamente cierta que resuena en consultorios hasta el día de hoy: "En último término, hemos de comenzar a amar para no enfermar, y enfermaremos inevitablemente si, por frustración, no podemos amar". Una cita que la cultura popular ha resumido en la famosa máxima: "Si amas, sufres; pero si no amas, enfermas). Esta joya del pensamiento clínico fue plasmada por el genio vienés en su fundamental ensayo de 1914 titulado "Introducción al narcisismo".
Sigmund Freud, padre del psicoanálisis: "Si amas, sufres; pero si no amas, enfermas"
Cerrar el corazón para evitar el dolor no evita el sufrimiento, solo garantiza la enfermedad. Entiende por qué, según Freud, amar es vital para tu mente
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Freud, el padre del psicoanálisis.
En ese texto histórico, Freud nos plantea una encrucijada existencial y psicológica de la que nadie escapa. Nos dice, palabras más, palabras menos, que el amor no es un simple adorno romántico en nuestra vida, sino una necesidad estructural para sostener nuestra salud mental. Como psicólogos, vemos a diario en la clínica cómo esta dinámica dicta el bienestar de muchos pacientes en México: el corazón que se cierra y se aísla para evitar el dolor termina ahogándose en su propio estancamiento, generando síntomas que el cuerpo y la mente, tarde o temprano, ya no pueden soportar.
La economía del afecto y el riesgo de guardarlo todo
Para entender qué quiso decir Freud exactamente, debemos imaginar nuestra energía emocional —a la que él llamó libido— como si fuera un caudal constante que necesita movimiento. Al principio de nuestra vida, toda esa energía está concentrada en nosotros mismos; es una etapa normal y necesaria que el psicoanálisis denomina "narcisismo primario". El bebé se siente el centro del universo, y toda su energía vital está destinada única y exclusivamente a su propia supervivencia y satisfacción.
Sin embargo, conforme crecemos, la salud mental exige que empecemos a invertir esa energía en el mundo exterior, es decir, en otras personas, proyectos, aficiones o ideales. Esto es lo que Freud entendía como "amor de objeto". Si nos negamos a hacer esta inversión por miedo a que nos lastimen o nos traicionen, la libido no desaparece mágicamente de nuestro interior. Al contrario, se estanca, pierde su flujo natural y se vuelca de regreso hacia nuestro propio Yo en proporciones que resultan tóxicas.
Es justo aquí donde cobra pleno sentido la advertencia de que "si no amas, enfermas". Cuando una persona, golpeada por el trauma de una decepción, decide blindarse emocionalmente y retirar todo su interés del mundo exterior, se produce una sobrecarga psíquica interna. Esa energía reprimida busca desesperadamente una salida y, al no encontrarla en los vínculos humanos genuinos, se manifiesta en forma de neurosis, episodios severos de ansiedad, hipocondría o depresiones profundas.
Por lo tanto, el amor actúa como una válvula de escape vital para nuestro aparato psíquico. Invertir nuestro cariño en los demás nos permite vaciar un poco ese exceso de energía interna, manteniendo un equilibrio mental sostenible. Bloquear esa salida es el equivalente psicológico a tapar una olla de presión que sigue al fuego: en algún punto la estructura colapsa, y surge la enfermedad como un grito de auxilio de nuestro inconsciente pidiendo reconectar con el mundo.
El coraje de vulnerarnos frente a la neurosis
Ahora bien, amar tampoco es un camino exento de espinas, y Freud era demasiado analítico y realista para pintarnos un cuento de hadas. Al colocar nuestra libido en otra persona, quedamos inmediatamente expuestos a la pérdida, al rechazo y a la frustración. De hecho, en su célebre y pesimista obra "El malestar en la cultura" (1930), el psicoanalista nos dejó otra reflexión que complementa a la perfección esta idea: "Nunca estamos tan indefensos contra el sufrimiento como cuando amamos, nunca somos tan desdichadamente infelices como cuando hemos perdido nuestro objeto amado o su amor".
Este es el verdadero e inevitable dilema del que nos habla la teoría psicoanalítica: amar implica aceptar la garantía del sufrimiento eventual, ya sea por el final de una relación, la mutación de los sentimientos o, en última instancia, la muerte. Muchos, aterrados ante este panorama, eligen la retirada táctica y se refugian en un caparazón de apatía afectiva. Creen ingenuamente que, al dejar de sentir, han logrado burlar al dolor, pero en realidad solo han firmado un contrato a largo plazo con la neurosis.
El sufrimiento derivado del amor, como es el caso del duelo, es un proceso doloroso pero completamente sano y humano que nos permite, con el tiempo y el trabajo psicológico adecuado, sanar y volver a investir nuestra energía en nuevos horizontes. En cambio, la enfermedad derivada de no amar es un sufrimiento completamente estéril, un encierro silencioso que marchita el alma y desconecta al individuo de la realidad, atrapándolo en bucles de fantasía o en un malestar físico constante que ninguna prueba médica logra explicar.
Al final del día, el mensaje que Sigmund Freud nos regala desde hace más de un siglo es un llamado contundente a la valentía emocional. En nuestra cultura mexicana, tan cálida y caracterizada por los fuertes apegos familiares y sociales, es vital recordar que nuestra capacidad de afecto se hizo para usarse, desgastarse y regenerarse. Amar es un riesgo monumental, sí, pero es el único antídoto verdadero contra la enfermedad del aislamiento; es la receta indispensable para mantenernos psicológicamente vivos.
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