28 de enero 2026 - 10:23

Los mexicanos que crecieron en los '80 y 90 fueron afectados por los finales felices de las películas, según Harvard: creen que ser feliz es un destino

La "Generación VHS" y los Millennials tempranos fuimos educados bajo una promesa falsa. Un experto de Harvard explica por qué la búsqueda del "y vivieron felices para siempre" se ha convertido en la mayor fuente de infelicidad y ansiedad para los adultos de hoy.

Cuando Harry conoció a Sally, película icónica de los 80.

"Cuando Harry conoció a Sally", película icónica de los '80.

Si creciste rebobinando cintas VHS, viendo los clásicos del renacimiento de Disney o consumiendo las comedias románticas (y telenovelas) que definieron las décadas de 1980 y 1990, es probable que tu cerebro haya sido "programado" con un error de software fundamental. La idea del "final feliz" no se quedó solo en la pantalla; se infiltró en nuestra psique como una hoja de ruta obligatoria para la vida, creando una generación de adultos crónicamente insatisfechos.

El doctor Tal Ben-Shahar, profesor de la Universidad de Harvard y una de las voces más autorizadas en psicología positiva, ha puesto nombre a este fenómeno que afecta a millones de mexicanos: la "Falacia de la Llegada". Según el experto, esos clímax emocionales del cine nos enseñaron que la felicidad es un lugar al que se llega, un destino estático, en lugar de un estado transitorio.

La Falacia de la Llegada: el veneno cultural

La premisa con la que crecimos era simple: sufres durante la trama (la escuela, el inicio de la carrera laboral, la soltería) y al final obtienes la recompensa eterna.

Ben-Shahar explica que la Falacia de la Llegada es la creencia errónea de que alcanzar una meta específica nos proporcionará una felicidad duradera y perpetua.

  • "Cuando me case con la persona ideal, seré feliz".
  • "Cuando consiga la gerencia, mi vida estará resuelta".
  • "Cuando logre comprar mi casa propia, ya no tendré preocupaciones".

El problema, advierte Harvard, es que esta filosofía convierte a la felicidad en una meta final. Sin embargo, la neurociencia dicta lo contrario: el bienestar es un estado fluido regido por la química cerebral, no un trofeo que se coloca en una repisa para siempre.

Sleepless in Seattle

El cerebro se aburre del éxito: la adaptación hedónica

Para entender por qué nos sentimos vacíos poco después de lograr un gran éxito, la psicología utiliza el concepto de adaptación hedónica.

El mejor ejemplo financiero y social reside en los ganadores de la lotería. Los estudios citados por Ben-Shahar demuestran que, unos meses después de cobrar el premio gordo, la mayoría de los ganadores reportan niveles de felicidad equivalentes a los que tenían antes de ser millonarios. No es que su vida haya empeorado, es que su cerebro se "acostumbró" a la nueva normalidad.

La trampa de los años 80 y 90 fue hacernos creer que el crédito final de la película duraba para siempre. En la vida real, después del beso final o del ascenso laboral, la película sigue, y la rutina vuelve a instaurarse. De hecho, a menudo somos más felices en la "sala de espera de la felicidad" (la anticipación del logro) que en el logro mismo.

Lo que la Generación Z entendió antes

Curiosamente, el antídoto contra esta frustración parece estar siendo adoptado por los más jóvenes. Mientras que las generaciones X y Millennial siguen sufriendo por no alcanzar el estatus de "final de cuento de hadas", la Generación Z está abrazando una tendencia más saludable: valorar el proceso.

La recomendación clínica es clara: abandonar las expectativas irreales de un destino perfecto. Dejar de medir la vida por hitos (boda, casa, puesto directivo) y empezar a verla como un proceso continuo de cambios. Alejarse del "y fueron felices para siempre" no significa renunciar a la alegría, sino entender que el vacío posterior a un logro no es fracaso, es simplemente la señal de que es hora de buscar un nuevo desafío, disfrutando, esta vez, del camino y no solo de la meta.

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