Hay nombres que necesitan nombre y apellido. Y hay otros que alcanzan con una palabra. El Negro. Así, simplemente. Con cariño, con familiaridad, con ese modo tan uruguayo de nombrar a alguien que ya no necesita presentación. Rubén Rada fue El Negro Rada mucho antes de convertirse en leyenda. Y él lo sabía, lo asumía y lo llevaba con orgullo. De hecho, alguna vez contó que le daba una alegría enorme que le dijeran “Negro” Rada.
Quizás porque en ese apodo estaban también sus raíces. El barrio, los tambores, Ansina, el candombe, la cultura afro-uruguaya y una historia que Rada no solamente reivindicó: convirtió en música. Pero decir que Rada fue un gran músico uruguayo es quedarse muy corto. El Negro fue uno de esos artistas que el mundo quiso conocer.
No solamente porque había creado una manera nueva de hacer sonar el candombe, mezclándolo con rock, jazz, funk y otros lenguajes, sino porque tenía algo que no se aprende en ninguna escuela: carisma. Una personalidad capaz de atravesar fronteras.
Por eso no sorprende que músicos de distintas generaciones y geografías se acercaran a él. Mercedes Sosa quiso conocerlo. Fito Páez compartió música con él. Y tantos otros artistas encontraron en Rada a un músico al que había que escuchar, pero también a una persona a la que había que conocer. Fito, de hecho, participó como invitado en canciones de Rada, entre ellas “El mundo entero” y “Existe”.
Ruben Rada compartió momentos y escenarios con Fito Páez.
Pero si hubiera que elegir una escena para explicar lo que significó Rada para la música uruguaya, probablemente habría que viajar a febrero de 2016. Los Rolling Stones habían llegado a Montevideo. Mick Jagger estaba en Uruguay y, como suele ocurrir con los grandes artistas cuando llegan a un lugar nuevo, quería conocer aquello que no podía encontrar en ninguna otra parte. Quería conocer el candombe.
La noche terminó en la casa del percusionista Fernando “Lobo” Núñez, en Barrio Sur. Era su cumpleaños. Allí estaba Rada, junto a otros músicos. Jagger apareció cerca de la medianoche. Y entonces ocurrió algo que parece escrito por un guionista uruguayo con demasiado sentido del humor: Mick Jagger, una de las mayores figuras de la historia del rock, terminó entre tambores, bailando candombe con El Negro Rada. No hubo escenario. No hubo protocolo. No hubo distancia entre la estrella mundial y los músicos uruguayos. Hubo tambores.
Jagger escuchó, bailó y terminó cantando junto a Rada una versión candombera de “(I Can’t Get No) Satisfaction”. Y Rada, fiel a sí mismo, convirtió incluso aquella situación extraordinaria en una anécdota llena de humor. Contó que estaba nervioso y que, cuando quiso explicarle a Jagger que ambos habían comenzado sus carreras aproximadamente en la misma época, terminó diciéndole: “I am the same época you”. El inglés podía fallar. El candombe, jamás.
Años después, Rada convirtió aquella noche en canción. En “Lobo y Miguel”, incluida en su disco Negro Rock, volvió sobre aquel encuentro y resumió en una frase lo que había ocurrido: el rock and roll se había encontrado con el candombe. Y quizá ahí esté la mejor manera de explicar a Rada: el Negro fue un puente. Entre Uruguay y el mundo. Entre el candombe y el rock. Entre la tradición y la modernidad. Entre el humor y la emoción. Entre generaciones que encontraron en su música una forma de reconocerse. Pero sobre todo fue un puente entre el artista y la gente.
Porque Rada podía compartir escenario con músicos gigantes y, al mismo tiempo, seguir siendo ese Negro que parecía salir del barrio, ponerse frente a un micrófono y empezar a cantar como si estuviera hablando con los amigos de toda la vida. Por eso su muerte duele de una manera particular. No se va solamente un músico, se va alguien que durante décadas estuvo ahí.
Con la muerte de Ruben Rada se va una voz imposible de confundir.
En las radios. En los escenarios. En la televisión. En los discos de nuestros padres. En las canciones que aprendimos de memoria. En las reuniones familiares. En las fiestas. En los carnavales. En los tambores que atraviesan Montevideo cuando cae la tarde.
Se va una voz que parecía imposible de confundir. Una sonrisa. Un humor. Un ritmo. Se va El Negro. Y queda Rada.
Queda su música, que es mucho más fuerte que cualquier despedida. Quedan sus canciones, sus hijos, sus amigos, sus discípulos y todos aquellos músicos que encontraron en él una puerta hacia el candombe.
Queda también aquella imagen imposible de olvidar: Mick Jagger, en una casa de Barrio Sur, descubriendo que para conocer Uruguay no hacía falta un gran escenario. Alcanzaban unos tambores. Y estaba El Negro Rada. Porque hubo un momento en que el mundo vino a buscarlo. Y él, como siempre, estaba en casa.
Gracias, Negro. Por las canciones. Por las risas. Por los tambores. Por haber llevado al mundo una parte de nosotros. Y, sobre todo, por habernos enseñado que el candombe podía sonar en cualquier lugar sin dejar nunca de ser uruguayo.