En México, hablar de grandes fortunas empresariales es referirse a historias que combinan visión, trabajo constante y una lectura precisa del mercado. Muchos millonarios del país no heredaron imperios ya consolidados, sino que los construyeron desde proyectos modestos, con una idea clara y una enorme disciplina. Uno de los ejemplos más representativos surge en el norte del país, donde una familia convirtió la harina de maíz en un motor de crecimiento económico.
Padre e hijo de Nuevo León iniciaron un pequeño negocio de harina de maíz y lo transformaron en un poderoso imperio mexicano: aseguraron la riqueza de todas las generaciones de la familia
Padre e hijo de Nuevo León crearon una marca emblema y levantaron un imperio mexicano. Conoce cómo nació y por qué domina el mercado del maíz.
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La harina de maíz, un producto estrella en México.
La historia comienza en Nuevo León, una región con tradición industrial y espíritu emprendedor. Ahí, un padre y su hijo identificaron una oportunidad en un producto cotidiano que estaba presente en casi todos los hogares: la tortilla. Lo que parecía un negocio pequeño y local terminó convirtiéndose en una marca con presencia internacional, capaz de competir en mercados de América, Europa, Asia y Oceanía.
Con el paso de las décadas, esa apuesta estratégica derivó en un conglomerado que no solo domina el segmento de la harina de maíz nixtamalizado, sino que también garantizó estabilidad financiera para varias generaciones de la familia. Hoy, su marca insignia es sinónimo de practicidad, estandarización de calidad y expansión global.
Esta es la historia de Maseca
La empresa que dio origen a este imperio es Gruma, fundada en 1949 en Cerralvo, Nuevo León, por Roberto M. González Gutiérrez junto con su hijo, Roberto González Barrera. En ese mismo año se instaló la primera planta productora de harina de maíz nixtamalizado. El producto recibió el nombre de Maseca, una combinación de las palabras “masa” y “seca”, en referencia al proceso de deshidratación que permite conservar las propiedades del maíz.
Maseca se consolidó como una solución práctica: basta agregar agua para obtener masa lista para elaborar tortillas, sopes, tlacoyos, tostadas, enchiladas y una amplia variedad de platillos tradicionales. Esta simplicidad facilitó su adopción en millones de hogares y pequeños negocios de alimentos, acelerando su penetración en el mercado nacional.
La expansión internacional llegó impulsada por la migración mexicana hacia Estados Unidos y por la apertura de operaciones en Centroamérica desde finales de los años ochenta, con presencia en países como Costa Rica, Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Con el tiempo, la marca también logró posicionarse en otros continentes, ampliando su red de distribución.
El corazón del producto es el proceso de nixtamalización, una técnica ancestral que consiste en cocer el maíz con agua y cal a temperaturas controladas, dejarlo reposar y obtener el nixtamal, base de la masa. Este método mejora la digestibilidad y el valor nutricional del grano, además de aportar la textura característica para la elaboración de tortillas.
En México, el consumo de tortilla sigue dependiendo mayoritariamente del nixtamal tradicional, que representa cerca del 65% de la producción. El 35% restante corresponde a harinas industriales, donde Maseca concentra aproximadamente el 25% del mercado. Otras marcas participan con porcentajes menores, como Minsa (8%), Harimasa (1%), Cargill (0.50%), Macsa (0.40%) y Blancas (0.20%). Este liderazgo explica la enorme influencia económica de la empresa dentro del sector alimentario.
Como ocurre con muchas compañías de gran escala, la marca también ha enfrentado controversias. En años recientes surgieron señalamientos sobre la presencia de residuos de herbicidas en algunas muestras. La empresa respondió que los niveles detectados se encontraban por debajo de los límites permitidos por organismos internacionales y que las autoridades sanitarias mantienen una supervisión constante sobre la calidad del producto.
Más allá de los debates, el caso de Maseca ilustra cómo una idea sencilla, respaldada por innovación industrial y expansión estratégica, puede transformarse en un imperio empresarial. La visión de aquel padre e hijo de Nuevo León no solo creó una marca líder, sino que aseguró la prosperidad de toda una dinastía empresarial mexicana.
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