24 de enero 2024 - 09:28

2024: menos inflación, más crecimiento ¿es posible?

El Banco Central del Uruguay plantea una mejora en el escenario macroeconómico, aunque abre la puerta a dos focos que generan incertidumbre.

El Banco Central del Uruguay proyecta un mejor escenario macroeconómico para 2024, aunque asoman dos focos de incertidumbre.

El Banco Central del Uruguay proyecta un mejor escenario macroeconómico para 2024, aunque asoman dos focos de incertidumbre.

El Banco Central del Uruguay (BCU) divulgó en los últimos días importante información para configurar el escenario macroeconómico en este 2024 que está comenzando. Por un lado, la Encuesta de Expectativas Económicas muestra que la mayoría de los analistas esperan una recuperación de la economía luego de un año 2023 de escaso crecimiento. La mediana de las respuestas en la proyección de PBI lo ubican con un aumento de 3,2%. A su vez, la Encuesta de Expectativas de Inflación marcó una baja importante en la proyección para este año, ubicándose la respuesta mediana en 6,05% (cuatro décimas menos que en el mes anterior).

En ambos indicadores el equipo económico -y especialmente el Banco Central-, son más optimistas. En cuanto al crecimiento, la autoridad monetaria plantea una proyección de 4% promedio para 2024 y 2025. Así surge del Informe de Política Monetaria (IPOM) que se divulgó en las últimas horas, otro documento muy relevante para no solo incorporar los datos que maneja y proyecta el BCU, sino para conocer cuál es el contexto que fundamenta las proyecciones. Para definir dicha tasa de crecimiento, el central plantea que la economía uruguaya mejorará luego del deslucido año 2023, con una recuperación del agro y el sector energético (afectados por la sequía) y tendrá un impulso importante por la expansión del consumo interno, mientras la demanda externa aumenta de manera más moderada.

En cuanto a la inflación, señala que la misma permanecerá dentro del Rango Meta del 3 a 6% en el lapso que determina el Horizonte de Política Monetaria (HPM), esto es 24 meses hacia adelante (años 2024 y 2025). Días atrás en la reunión del Comité de Coordinación Macroeconómica el equipo económico planteó una proyección de inflación de 4,9% para este año, lo que marcaría un nuevo mínimo en casi 20 años.

Este escenario mejorado para 2024 tiene 2 incertidumbres, Por un lado la situación fiscal: el déficit consolidado del Estado está en 4,2% y dado que el 2024 es año electoral, hay dudas fundamentadas de que tenga una corrección sustantiva. Desde el gobierno se argumenta que era esperable un aumento del déficit por los efectos negativos que se dieron en 2023 (sequía, crisis argentina) pero que este año la economía mejorará y el déficit bajará. Pero más allá de una recuperación de los ingresos, el gasto ha tenido un fuerte aumento real (en especial por el aumento en el gasto salarial) y parece difícil que eso se corrija, en especial en un año de elecciones.

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¿Qué pasará con la competitividad?

El otro punto de incertidumbre es la competitividad. El propio IPOM establece que hay una brecha cambiaria del 13%, entre el tipo de cambio actual (efectivo) y el de fundamentos (el nivel en el que debería estar de acuerdo a los fundamentos actuales de la economía), lo que habitualmente se alude como “atraso cambiario”. Y es posible que dicho atraso también esté entre las causas del pobre desempeño de 2023. Parece claro que el aumento del poder adquisitivo en dólares de los uruguayos fue una de las causas del aluvión de gasto que desplegaron los orientales en el exterior (principalmente en Argentina), con el consiguiente impacto negativo en el consumo local y en la actividad comercial.

Y como en macroeconomía todas las variables están atadas, este efecto cambiario seguramente está incidiendo en el déficit, pues el menor consumo local genera menos recaudación; más allá de este “desvío” de gasto hacia el exterior, la propensión a consumir bienes importados en el mercado local no disminuye, pero la recaudación asociada al consumo de esos artículos (en su mayoría nominados en dólares) no avanza en términos reales, como sí lo ha hecho el gasto. A modo de ejemplo, las ventas de vehículos 0 km marcaron un máximo histórico, pero la recaudación del IMESI de automóviles se mantuvo en pesos corrientes, es decir, bajó 4,9% en valor real.

Con salarios reales al alza y atraso cambiario, el gasto público sube por encima de los ingresos del Estado y el déficit aumenta. Por supuesto, el asunto quedó exacerbado por la crisis argentina y -lógicamente- Uruguay no puede definir su política económica (en especial la monetaria) en base a los bamboleos del vecino. Pero hay consecuencias locales de los desmadres al otro lado del charco, que no pueden soslayarse. Estamos mucho mejor… pero estamos cerca.

Atraso cambiario e inflación

Ahora bien: sin el referido atraso cambiario ¿habría bajado la inflación de manera tan contundente en 2023? Seguramente no tanto. Y en consecuencia: ¿puede reducirse ese desfasaje cambiario manteniendo el objetivo de retener la inflación en el rango meta este año? El desafío es difícil, aunque no imposible. Seguramente habrá menos presión de los precios de alimentos en el IPC: las frutas y verduras deberían normalizar sus valores y varios commodities están bajando (incluyendo el petróleo, aunque con volatilidad e incertidumbre). Sin embargo, el resto del mundo también está bajando la inflación rápidamente, de manera que el atraso cambiario es más difícil de corregir.

Los problemas de competitividad-precio -si permanecen durante mucho tiempo-, pueden resultar cada vez más difíciles de resolver; y dado que 2024 es año electoral, hay altas probabilidades de que el problema persista. Pero a la larga ajusta, por las buenas o por las malas.

Aun con estas consideraciones, Uruguay mantiene un perfil institucional robusto y con un consenso bastante amplio de que los déficits fiscales no pueden permanecer altos, a pesar de que el aumento del endeudamiento que eso conlleva puede sostenerse (con límites) por el buen crédito externo del país. A la larga, Uruguay tiene que mejorar su competitividad, mantener y aumentar la inversión (y con ella la productividad) y seguir adelante con reformas que aporten en consonancia. No son asuntos fáciles de consensuar y ejecutar.

Este año, seguramente la economía crecerá más y mantendrá baja la inflación. A largo plazo, el desafío es mayor.

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