La presidenta del Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet), Madeleine Renom, confirmó que "2026 va a ser un año Niño a nivel global" y que sus efectos se extenderán hasta mediados de 2027 con un invierno más cálido que lo normal y un régimen de lluvias marcadamente asimétrico entre el norte y el sur del país.
El Niño llegó para quedarse hasta 2027: qué implica para el campo, la energía y las cuentas públicas
El norte recibirá abundantes lluvias y el sur podría enfrentar sequías y advierten por pérdidas si las precipitaciones caen en pocos días.
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Las inundaciones de 2024 en Río Grande do Sul sirven como advertencia regional sobre el impacto que El Niño puede tener en combinación con el cambio climático.
La confirmación llega en simultáneo con una alerta de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), que estimó en 80% la probabilidad de que el fenómeno se desarrolle entre junio y agosto, y en 90% la probabilidad de que se prolongue al menos hasta noviembre, la señal más categórica emitida hasta el momento por el organismo internacional. Según explicó Renom, durante junio, julio y agosto las temperaturas medias se ubicarán "siempre por encima de lo normal", lo que implicará menos heladas y noches menos extremas que en años neutros o Niña.
El patrón de lluvias, en cambio, golpeará con más fuerza entre setiembre y enero, concentrado principalmente al norte del Río Negro, la zona arrocera, ganadera y sojera por excelencia del país, mientras que el sur y suroeste, la región con mayor actividad tambera y hortifrutícola, podría enfrentar un comportamiento inverso: "Llueve menos en un año Niño en el sur del país que en un año neutro", advirtió la jerarca. Ese patrón lluvioso en el norte podría repetirse en abril de 2027, según los modelos que maneja el instituto.
La magnitud del fenómeno todavía tiene margen de incertidumbre: mientras un evento se considera "Niño" cuando la temperatura superficial del mar en el Pacífico tropical supera los 0,5 grados sobre lo normal, recién a partir de los 2 grados se habla de "superniño".
La OMM no descarta que 2026 alcance la categoría de "Niño fuerte", definida en 1,5 grados por encima del promedio, un nivel de intensidad que en el pasado solo se registró en los eventos de 1982-83, 1997-98, 2015-16 y 2023-24. El factor que preocupa a los especialistas es que este ciclo se monta sobre una base de temperatura global ya elevada por el cambio climático, cercana a 1,3°C por encima de la era preindustrial.
"Cuando se produce un fenómeno de El Niño, debido al cambio climático subyacente, estos fenómenos se intensifican y tienen un mayor impacto", advirtió Piers Forster, profesor de Cambio Climático Físico en la Universidad de Leeds, en una lectura que la propia OMM extendió al proyectar que 2027 podría convertirse en el año más caluroso jamás registrado, superando el récord actual de 2024.
Un antecedente regional que preocupa: las inundaciones de Río Grande do Sul
El precedente que más pesa en la región es el de Río Grande do Sul, donde entre abril y mayo de 2024 las inundaciones dejaron más de 180 muertos y 600.000 desplazados, un desastre que científicos climáticos atribuyeron a la combinación de El Niño y el cambio climático. Francisco Aquino, director del centro climático de la Universidad de Río Grande do Sul, advirtió que un fenómeno fuerte este año "puede conducir al mismo escenario que vimos entonces". Para Uruguay, el riesgo se traduce en un cuadro complejo: el sector agropecuario representa más del 70% de las exportaciones del país, y la evidencia meteorológica sugiere efectos opuestos según la región.
En el norte, con exceso hídrico probable durante el segundo semestre, las lluvias podrían beneficiar pastizales y reservas de agua para riego, pero también generar anegamientos, complicar la cosecha de soja de segunda y condicionar el estado de los campos ganaderos. El sector energético, en cambio, aparece como uno de los posibles beneficiados: más lluvias en la cuenca del río Negro implican mayores niveles en los embalses de UTE, Baygorria, Bonete y Palmar, lo que en episodios Niño anteriores permitió incrementar la generación hidroeléctrica y reducir la dependencia del viento y el sol en los picos de demanda invernal.
A nivel técnico, un informe de la firma brasileña Hedgepoint Global Markets ubica a Uruguay, Argentina, Paraguay y el sur de Brasil entre las zonas donde El Niño tiende a aumentar las precipitaciones durante primavera y verano, un patrón que favorece el desarrollo de soja y maíz. Guadalupe Tiscornia, investigadora del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), coincidió en que la señal local implica "probabilidades más altas de que se den lluvias por encima de lo normal", sobre todo en el norte, durante primavera y comienzos del verano, y que en ganadería "tener una primavera más lluviosa es bueno" porque implica más pasto y permite guardar forraje.
El matiz que preocupa a los técnicos: cómo llegan las lluvias, no solo cuánto
Tiscornia remarcó que el impacto no depende solo del volumen de agua, sino de su distribución. "No es lo mismo que llueva un poquito todos los días" que recibir en una sola jornada el agua prevista para un mes, explicó: en el primer caso la lluvia funciona casi como riego, mientras que en el segundo puede generar escorrentía, saturación de suelos, anegamientos y pérdidas. "Las lluvias abundantes en poco tiempo nunca son buenas", advirtió.
Entre los riesgos concretos que identificó figuran el barro en los sistemas lecheros, plagas y enfermedades por exceso de humedad, la micotoxina DON en trigo, hongos en frutales y dificultades en horticultura.
El punto de partida, de todos modos, ofrece cierto margen: según la investigadora, junio cerró con contenidos de agua en el suelo superiores al 60% en todo el país, por encima del nivel a partir del cual la vegetación empieza a sentir estrés, lo que permite que los suelos todavía tengan capacidad de absorber agua si las lluvias llegan de forma gradual. El sur, de todos modos, viene mostrando un comportamiento "más anómalo" que arrastra los déficits hídricos previos.
Ni siquiera un escenario de lluvias favorables garantiza un resultado económico positivo. Si Uruguay, Argentina, Paraguay y el sur de Brasil logran buenas cosechas de manera simultánea, la mayor oferta regional de soja y maíz podría presionar los precios a la baja: Uruguay exportaría más toneladas, pero no necesariamente más dólares en la misma proporción.
El propio Hedgepoint advierte que el fenómeno puede generar efectos opuestos dentro de Sudamérica, productividad al alza en el sur, caídas en el norte, particularmente en estados brasileños como Mato Grosso, Goiás y Bahía, mientras que Citibank, en sus proyecciones de commodities, elevó 33% su previsión para el trigo del segundo semestre de 2026 frente a febrero y 9% la del maíz, aunque mantuvo sin cambios la de la soja. En un informe reciente, el banco advirtió además que El Niño puede convertirse en "el próximo shock de oferta" para las economías emergentes, con impacto sobre la producción agropecuaria, los precios de los alimentos, la generación hidroeléctrica y la logística.
El gobierno ya incorporó el clima a sus modelos económicos y al presupuesto
El Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) dio un paso inédito en el proyecto de Rendición de Cuentas que ingresó al Parlamento en julio: informó que "recientemente se incorporaron variables climáticas, específicamente de precipitaciones, a los modelos de proyección" del Producto Interno Bruto (PIB). Es un cambio de enfoque respecto a años anteriores, cuando el clima aparecía en los informes económicos sobre todo después de ocurrido el daño, como explicación de una caída de actividad o de un desvío en las exportaciones.
Del lado del gasto, el antecedente inmediato fue la emergencia agropecuaria declarada el 24 de febrero por déficit hídrico, que activó créditos subsidiados, corrimientos de vencimientos, fondos para alimentación animal, líneas de capital de trabajo, garantías bonificadas y postergaciones de obligaciones ante organismos públicos.
La Rendición de Cuentas incluyó, además, el primer ejercicio de clasificación del gasto público con incidencia climática positiva: en 2025 identificó 2.603 millones de pesos destinados a este fin, equivalentes al 0,07% del PIB y al 0,26% de la ejecución presupuestal total, un 1,29% más en términos reales que en 2024. De ese monto, la mitad correspondió a mitigación de emisiones, 20% a emergencias por eventos climáticos y 19% a adaptación y gestión del riesgo de desastres.
El documento también puso cifras al potencial del riego como herramienta de estabilización: entre las zafras 2017-2018 y 2024-2025, los rendimientos de los cultivos con riego fueron 59% superiores en soja y 82% mayores en maíz frente a los cultivos de secano.
El límite, según Tiscornia, es financiero: "muchas de esas cosas implican gastos que los productores muchas veces no pueden afrontar", explicó, por lo que desde el INIA también se promueven medidas de manejo que no requieren inversión, como ajustar fechas de siembra o cambiar variedades.
La Rendición de Cuentas también avanzó en instrumentos de transferencia de riesgo, capacitación, apoyo financiero para contratar seguros granjeros, indemnizaciones y cofinanciamiento para emergencias no cubiertas, aunque la propia investigadora reconoció que ese mercado de seguros agropecuarios todavía enfrenta límites, tanto por los costos que representan para los productores como por las dificultades que encuentran las aseguradoras para conseguir reaseguro.

