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Cuando ciertas cosas ocurren, como, por ejemplo, una emisión monetaria descomunal para una dada demanda de dinero estable, es inevitable que exista inflación. Si la demanda se pulveriza por sustitución de monedas (uso del dólar), peor todavía. En este punto, es decir después que la emisión sucedió, parar a preguntarse «cómo evitar o hacer que no ocurra» es ir contra las predicciones del mismo modo que en otras ciencias.
Siguiendo este razonamiento, resulta casi irritante que Domingo Cavallo continúe creyendo en la sostenibilidad del «corralito» impuesto en diciembre para enfrentar una fuga masiva de depósitos del sistema financiero.
En un sentido inmediato, la génesis de la inflación que la Argentina va a soportar en 2002 está en la propia crisis de diciembre y en el conjunto de errores de política económica que a lo largo de 2001 llevaron a esa situación. Pero en un horizonte temporal más amplio, la génesis está en un conjunto de vacíos institucionales predominantemente en lo fiscal. La velocidad de los argentinos en reaccionar frente a los aumentos de precios y a la expectativa de pérdida de poder de compra del dinero tuvo su esplendor durante los años '80. En esa década, el descontrol fiscal y la sustitución de monedas llevaron a una lección que se podría resumir exageradamente en una frase:
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