La semana pasada el gobierno argentino volvió a «acusar» a los fondos de inversión de que «vendían títulos y compraban dólares», y que otros dos de ellos «pretendían manipular el INDEC» para «elevar la inflación» y realizar más ganancias. Sin embargo, la primera acusación carece de sentido, porque el Banco Central es el que justamente alentaba y prohibía la operación inversa, es decir, vender dólares para comprar títulos, salvo que se dejara un « encaje» de 30% sin intereses en un banco argentino.
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Este es sólo uno de los casos en los cuales las normas conspiran contra la economía, aunque no se pueda inferir mala intención de quienes la redactaron. Como lo señala Milton Friedman, «cuanto más entregado está un burócrata a su función, más seguro se siente de hacer algo importante para el país».
Todas las decisiones de tarifas, inversiones y precios han quedado relegadas para después del 28 de octubre. Tal vez olvidan que hace millones de años el primer dinosaurio que llegó a un acantilado siguió su marcha porque ignoraba la energía potencial, por lo que se estrelló contra el piso. Es así como dejar toda decisión para después de las elecciones crea en el mercado un cúmulo de tensiones que asusta a cualquiera.
La estrategia legal del «corralito» no fue una ocurrencia del 29 de noviembre de 2001 ni se compuso en dos semanas como El Mesías, de George Handel. Ya existía guardada en una carpeta, pero nadie quería saber nada hasta después de las elecciones. Cuando el mercado observó que el gobierno perdía poder, reaccionó de la misma manera que la semana pasada: vendió sus bonos y compró dólares.
Reacciones
Otra cuestión es la acusación de «manipular el INDEC». Cuando es el gobierno el que «mete las manos» en los índices, parece que el delito no existe. Pero cuando el sector privado desconfía -que por otra parte se encuentran bajo investigación por un juez federal-, reacciona como una vestal mancillada simplemente por la falacia de sus propios argumentos y deja para después de las elecciones cualquier remedio de fondo.
Al asumir el nuevo ministro de Economía, sus primeras declaraciones señalaron que los aumentos salariales «son un factor central para el crecimiento» y que la inflación surge «de las inconsistencias y no de la política salarial». Sin embargo, la principal inconsistencia básica del modelo actual es pretender una economía cerrada para las importaciones y, a la par, abierta para las exportaciones.
La política cambiaria deteriora el salario real, porque la estructura del consumo de los asalariados se circunscribe a productos que conforman el núcleo de la exportación agropecuaria (carne vacuna, cereales y lácteos). El gobierno cree que puede superar esta antinomia aislando el mercado interno del externo y fijando precios máximos, prohibiendo exportaciones o subiendo retenciones. Mientras tanto, utiliza cualquier ardid para esconder la emisión que infla el consumo. La teoría cuantitativa del dinero data de 1526. En un opúsculo en latín titulado «Monete Cudende Ratio», Nicolás Copérnico argumenta que «la moneda pierde su valor especialmente cuando se la multiplica en exceso», y que éste se encuentra en razón inversa de su cantidad. Como tenía bastantes complicaciones con su teoría del sistema heliocéntrico que casi lo lleva a Galileo a la hoguera, pasó inadvertido para el Tribunal del Santo Oficio, porque era canónigo y no clérigo. Además, Clemente III estaba ocupado con Lutero y no con la inflación.
En su «Lezione delle Monete» de 1588, Davanzatti, buscando la ecuación de Fisher, decía que sólo Dios podía desde el cielo descubrir la regla de las proporciones matemáticas que las cosas guardan entre sí y con el oro, ya que hay sobre la tierra tantas cosas, tantos hombres, tantas necesidades y tanto oro.
Por su parte, el Abad Ferdinando Galiani en 1750 llega a indicar que no es el costo del trabajo lo que determina el valor, sino a la inversa. Pero como Marx odiaba a cualquiera que se relacionara con los curas, ignoró todas las obras -además de la Summa de Aritmética, Proportioni y Proportionalitá del fraile Lucca Paccioli de 1497- y subyugó a varias generaciones con la plusvalía.
Cuando algunos gobiernos creyeron esto último, llegó la inflación: Irving Fisher no tuvo la culpa, sólo se le ocurrió medirla y transformarla en un índice, que es el que tanto preocupa al gobierno. Fue entonces cuando, para evitarle preocupaciones al Presidente, a Guillermo Moreno se le ocurrió actuar sobre el índice, debido a que no tenía voz ni voto en la política salarial ni en la monetaria, ni en los precios internacionales.
Protección
Como también cayó en la trampa de la plusvalía, fue él quien manipuló los métodos tradicionales de fijación de precios y después del INDEC.
Lo que cualquier observador pretende es contar con su propia estimación acerca de lo que sucederá después de las elecciones, para proteger su activo. Como decía Maquiavelo, a la gente no le importa tanto la pérdida de su padre como la de su patrimonio.
Y si el ministro de Economía hace tamañas declaraciones, el Banco Central se «autosuscribe» sus propias obligaciones (lo cual, efectuado por un emisor privado, originaría un sumario de la CNV), y el gobierno pone el grito en el cielo porque tiene que vender menos de 1% de las reservas (como si no se acumularan para regular la liquidez), el pánico de cualquier observador es qué harán después del 28 de octubre con las tarifas, los precios, los salarios, la tasa de interés y, por supuesto, el índice de precios.
Nadie puede «manipular» el índice ya manipulado para tener mayores ganancias, porque ni siquiera las podría reflejar en su contabilidad, habida cuenta de las normas internacionales sobre volatilidad de activos. Pensar en buscar una solución para todo en un mes, pegado a la asunción de un nuevo gobierno, es no aprender la lección de los dinosaurios y pensar que la plusvalía de Marx existe. Sólo la vigencia de la seriedad puede evitar un colapso. Como bien decía Einstein, si buscan resultados distintos, no hagan siempre lo mismo.
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