Empleos “de calidad” y productividad

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Una economía que crea empleos «de calidad» debería experimentar aumentos de productividad en algún momento. Es decir, cuando se agrega trabajo asociado a más capital -humano o físico- aumenta el crecimiento potencial y ello se lo podemos imputar a una mayor productividad del trabajo o del capital, o a un aumento de la productividad total de los factores (residuo). Aunque el concepto de «empleo de calidad» puede ser objeto de debate, se suele interpretar que los empleos formales son de mayor «calidad» que los informales, en parte por el hecho empíricamente observado de que están asociados a un mayor stock de capital.

Ahora bien, en los últimos 5 años el empleo asalariado formal creció por sobre el empleo agregado, lo que se explica por una caída del número de asalariados informales desde 4,8 millones en 2006 a 4,1 millones en 2011 y el virtual estancamiento del número de autónomos. Es decir, si bien el empleo total (la suma de formal e informal, privado y público) creció en las últimas dos décadas a tasas estables -entre el 1,5% y el 1,7% anual promedio-, el empleo formal creció a un ritmo mayor. Asumiendo «todo lo demás constante» deberíamos esperar un verdadero salto de productividad en estos años.

¿Qué dicen los indicadores agregados de productividad laboral? El valor agregado por ocupado (productividad laboral o productividad media del empleo) creció a una tasa del 2,6% anual entre 1993 y 1998, cayó con la crisis, para luego recuperarse al nivel del 98 hacia 2006 (es decir 8 años más tarde), y a partir de allí creció a una tasa anual del 3,6% (algo más si se utilizan los datos de valor agregado de INDEC). Es decir, el crecimiento de la productividad se aceleró un punto por año respecto de la década previa.

Si la medición es de pico del ciclo (año 98) al último pico (2011), la productividad en cambio creció bastante menos, de hecho a la mitad de la tasa de la década previa (entre el 1 y el 1,3% anual). Este crecimiento modesto de la productividad es consistente con el freno de la inversión en infraestructura, compensado por el agregado de capital en otros sectores, y con más empleo. Pero ahora esta estrategia parece haber encontrado un límite.

En efecto, el aumento del valor agregado por asalariado formal (a diferencia del valor agregado por total de ocupados) dejó de crecer (última línea del segundo cuadro). De hecho el PBI por ocupado formal es hoy igual al de 1998, ya que tanto el PBI como la formalización de asalariados creció en forma pareja (el 49% y el 48.4%, respectivamente). ¿Implica ello estancamiento de productividad? No en principio, ya que es muy probable que el PBI del sector formal haya crecido a un ritmo mayor que el del sector informal (de otra forma, estaríamos asumiendo que los informales adaptaron una tecnología ahorradora de mano de obra). Por lo tanto la medición de PBI por ocupado formal seguramente subestima la variación de la productividad en estos años. Sin embargo, algo nos dice.

En primer lugar, la formalización puede tener rendimientos decrecientes si es sólo una respuesta a elevadas penalidades por «estar en negro». En ese caso formalizar empleados puede llevar a un aumento de costos sin beneficios que lo compensen (más allá del transitorio beneficio para el asalariado). Para resultar sostenible en el tiempo el proceso de formalizar debe plantearse en términos de formalización empresaria (es decir en el plano regulatorio, tributario, financiero, de la seguridad social, etc.) y no sólo desde lo laboral.

En segundo lugar una parte importante de la «formalización» que observamos es por incorporación de empleados públicos, de dudosa o nula contribución a la productividad. En realidad el sector privado tiene por estos años un creciente «lastre» de empleo público, por lo que cualquier cómputo de productividad por ocupado formal subestima el verdadero esfuerzo del sector privado. Una muestra de ello: si el empleo público en lugar de explotar en este período (2003/11) hubiera crecido al ritmo de la población -todo lo demás constante- el número de asalariados formales habría crecido el 33% desde 1998, en lugar del citado 48,4%, y la productividad por ocupado formal sería el 12% mayor.

En tercer lugar, cuando los resultados se abren por sector de actividad no sólo observamos la presencia de fuerte heterogeneidad, sino que las «fuentes» del crecimiento han estado bastante limitadas. Más precisamente, el crecimiento de la productividad se circunscribe a dos sectores: el financiero y el de transporte, almacenamiento y comunicaciones. El resto muestra un estancamiento (industria y construcción) o una franca declinación (servicios, electricidad, gas y agua, sector primario, comercio). La industria es un caso interesante: no hay mejoras de productividad si se considera la evolución del valor agregado total y del empleo formal, pero hay un aumento exactamente igual al registrado en los 90 si se limita el análisis a las empresas formales (Indicadores Industriales, INDEC).

Esto podría sugerir que estamos frente a un escenario en el cual muchas de las empresas formales mantuvieron su ritmo histórico de expansión de la productividad laboral, mientras que para el resto las mejoras pasaron de lado, y para la economía en su conjunto la productividad laboral se frenó. Todo indica que en el escenario de política económica (NEP) iniciado en noviembre de 2011 se van a profundizar las tendencias al estancamiento de la productividad, y por tanto del crecimiento.

(*) Economista jefe de FIEL

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