- ámbito
- Edición Impresa
Sóla, de Casilda a la pesca en el Mediterráneo
Martín Solá filmó diez noches de trabajo de pescadores árabes y africanos, y necesitó un año de posproducción «para llevar al espectador esa sensación emocional-sensorial de estar arriba del barco».
Periodista: ¿Cómo se embarcó en esa aventura?
Martín Solá: Ya hacía cuatro años que estaba trabajando y estudiando en Barcelona, frente al mar. Nunca fui un gran navegante, ni pescador, mi mayor relación hasta entonces había sido en la infancia, cuando mis padres nos llevaban a la costa de vacaciones. Internarse es otra cosa, sobre todo de noche. Ese no ver nada, que al mismo tiempo ves la inmensidad, ¿cómo pintar el vacío?, y por ahí una línea que se va difuminando, o la luz de la luna, es algo hipnótico. De regreso, cuesta readaptarte. Pero hay otro tema: el trabajo de los pescadores cada jornada, deshumanizante, alienante, repetitivo. Quise hacer con todo esto una metáfora más amplia. Por eso los protagonistas de la narración son, sucesivamente, la red, luego los peces que agonizan sobre las cajas en que serán llevados (hay uno que llaman burra, «el problema con este pescado es que no le gusta morir», dicen los pescadores), y al fin los hombres.
P.: ¿Cómo se ganó la confianza de ellos?
M.S.: Primero debí ganarme la del capitán. Durante meses recorrí los puertos, en busca de un barco y una tripulación ideales a mi propósito. Me decían que el patrón de la nave no está, que vuelva más tarde, etcétera. Un día conocí a Mohamed, un pescador ya grande, muy culto, que ha viajado mucho, y habla varios idiomas, incluso griego. Mientras tomábamos un café, pasó su capitán y me lo presentó. El también ya era un hombre grande.
P.: ¿Y cómo lo convenció?
M.S.: Le expliqué que quería hacer un documental sobre el proceso de pesca. Como pago por las molestias, le haría un documental sobre su barco, porque lo pensaba vender. Ambos cumplimos, y quedamos conformes. Luego fueron los trámites de permisos, seguros de vida, etcétera, porque si Gendarmería te agarra en alta mar sin ellos, las multas son cuatro veces superiores que en tierra. Y por último, Lili Marsans, que para mí era imprescindible. Ella es como un soldado que te acompaña en todo: cámara, montaje, asistente de dirección, lo que le pidas.
P.: ¿Y no querían que se embarcara una mujer?
M.S.: Algunos españoles todavía dicen que eso trae mala suerte. Pero me puse firme. Luego le dieron un trato excelente, quizá, entre otras cosas, porque fue la única persona del equipo que no necesitaba tomar la pastilla contra el mareo. Ellos valoran mucho esa resistencia. Incluso hay pescadores que se marean. Y el capitán ya nos había advertido, «yo nunca en mi vida volví al puerto porque alguno se haya sentido mal». Pero los tripulantes marroquíes y senegaleses fueron muy amables, educados, tremendamente amables. Además conmigo hallaron una coincidencia: «tú también eres de afuera». Y también sé lo que es hacer trabajos duros. Yo no empecé haciendo cine. Con el jefe, en cambio, tenían una relación tensa. Les prohíbe hablar árabe, porque él no lo sabe, y los obliga a descansar catorce en un camarote para ocho, cerrado, con un olor fuertísimo. Ahí, tras algunos días entrando en confianza, filmé sus conversaciones.
P.: ¿Usted sabe árabe?
M.S.: Tampoco, pero nos entendíamos. Les pedí que le hicieran contar a Mohamed cómo era antes Casablanca, por ejemplo, ellos escuchan respetuosamente a sus mayores, y luego, cuando tuve la traducción, quedé muy satisfecho. Fueron diez noches embarcados, y luego casi un año de postproducción, estudiando cómo llevar al espectador esa sensación emocional-sensorial de estar arriba del barco, para lo cual hubo que hacer algunos reemplazos sonoros. Por ejemplo, cuando la red sale corriendo, lo que se oye es la cadena de un taller mecánico. El chillido de los peces, es el ruido de una polea, todo generado en postproducción por el sonidista Lucas Peñafort, un trabajo excelente.
P.: ¿Y el ruido de los aleteos, y de los golpes que se dan, mientras agonizan?
M.S.: Eso es verdadero, sin reemplazo. Estás deseando que paren, que dejen de sacar pescados. No descansaban, y yo tampoco. La cámara siempre prendida.
P.: Perdón, ¿dijo que algunos pescadores se marean?
M.S.: Muy pocos piensan jubilarse como pescadores. Tomaron ese trabajo, porque era lo que había. Y no ganan más de 600 euros mensuales.
P.: Ultima pregunta: ¿usted dónde se formó?
M.S.: Pasé por Cievyc, donde tuve la suerte de encontrar a Gustavo Fontán, Felix-Didier y otros buenos docentes, pero estudié sobre todo en el Observatorio del Cine, de Cataluña, con José Iscart. Ahí profundicé en tres grandes maestros del cine documental: John Grierson, Robert Flaherty, Joris Ives, maestros no solo en el registro, sino sobre todo en el respeto y el trato personal con las personas registradas. Eso para mí es lo más importante.
Entrevista de
Paraná Sendrós


Dejá tu comentario